Dejamos entonces nuestras comodidades, preocupaciones,
disponiéndonos a abrir el corazón, a llenarlo de cada metro recorrido
con las grandezas de la Creación; del color del cielo al amanecer,
del olor a hierba fresca, a bosta de ganado, al heno sin cortar,
a flores y eucaliptus...
Nuestro propio cuerpo tenía un olor distinto producido por el cansancio
y el polvo.
No hacíamos el Camino en vano,
más bien, el Camino nos iba haciendo a nosotros.
Dormíamos en albergues, recibiendo humildemente la hospitalidad
y practicando la gratitud. Compartiendo el pan, el agua, las alegrías
y experiencias del día, el dolor y el cansancio; compartiendo la oración
con la que dimos gracias por algo que no esperábamos.
¿Qué nos hemos traído en la mochila? ¿de qué personas, situaciones
y momentos especiales llenamos nuestro macuto interior,
Aquél que no pesaba, que iba vacío al partir?
Hace falta mucho tiempo para evaluar lo que ha pasado a lo largo
de un mes de intensas vivencias.
Aunque fueron treinta días plenos de contenido y experiencias,
sin embargo quedaron cosas por hacer:
Quedó Pamplona para ver en otra ocasión, la Catedral de Logroño y Molina Seca
porque nos pilló un incendio...
También nos quedaron muchas Iglesias por visitar en el Camino,
que por desgracia permanecen cerradas, excepto los días
de culto obligado. Y es que están cerradas porque las "roban",
nos contaron, o simplemente porque están cerradas sin más.
También quedaron amigos, pero sus palabras y su amistad
permanecerá siempre con nosotros.
Quedaron plasmadas las imágenes de pueblos y paisajes y, como no,
echamos de menos nuestra compañera, la flecha amarilla.
Nuestra única posesión era la mochila y nunca nos sentimos pobres.
Al llegar a Santiago llorábamos desconsoladamente y la gente pensaría
que era por la alegría de terminar, pero no era así:
Sentíamos mucha pena. Una pena inmensa porque aquel mes de ensoñación
se terminaba.
Hoy, además de rememorar tantas vivencias, tenemos clara una cosa:
¡Volveremos! más pronto que tarde volveremos.
El Camino está ahí, es una senda milenaria con unos cuantos siglos de historia y siempre nos espera.
Al rememorar, lo que más echamos de menos es la gente:
Encontramos en la mochila alguna frase que alguien te dijo, acomodando
su paso al tuyo, una frase de ánimo: ¿qué tal vamos?
¡Ya queda menos! ¡Este pie y esta ampolla me está matando!........
No son frases hechas, ni son frases como las "conversaciones de ascensor".
son dichas con afán de ánimo y se nota que salen del corazón.
¿Por qué será que el Camino abre el corazón?
Será porque vamos abiertos a todo y a todos, porque al salir de casa
hemos dejado colgados los carteles al revés. esos carteles de:
cerrado al público, cerrado por vacaciones, cerrado al tráfico
o cerrado hasta nuevo aviso ...
son tantos carteles que nos cerramos a nosotros mismos inevitablemente
y en muchas ocasiones Cerramos nuestros oídos a lo que no nos gusta oír,
nuestros ojos a lo que no queremos ver y a veces también cerramos el corazón.
El Camino es abierto en el tiempo y en el espacio porque el tiempo
es ilimitado para aprender y el horizonte es inmenso y amplio
para seguir caminando y buscando.
La mochila descansa en un maletero junto con el bordón y las botas.
Listo todo para empezar otra vez.
Polvo, barro, sol y lluvia
es Camino de Santiago.
Millares de peregrinos
y más de un millar de años.
Peregrino, ¿Quién te llama?
¿qué fuerza oculta te atrae?
Ni el Campo de las estrellas
ni las grandes catedrales.
No es la bravura navarra
ni el vino de los riojanos
ni los mariscos gallegos
ni los campos castellanos.
Peregrino, ¿Quién te llama?
¿qué fuerza oculta te atrae?
Ni las gentes del camino
ni las costumbres rurales.
No es la historia y la cultura
ni el gallo de la calzada
ni el palacio de Gaudí
ni el castillo Ponferrada.
Todo lo veo al pasar
y es un gozo verlo todo,
mas la voz que a mí me llama
la siento mucho más hondo.
La fuerza que a mí me empuja,
la fuerza que a mí me atrae
no sé explicarla ni yo:
sólo el de Arriba lo sabe.