EL NACIMIENTO Y LA INFANCIA DE JESÚS
SERÍA CASI IMPOSIBLE explicar plenamente las numerosas
razones que llevaron a escoger Palestina como país para la donación de Miguel,
y en especial por qué exactamente se escogió a la familia de José y María como
marco inmediato para la aparición de este Hijo de Dios en Urantia.
Después de
estudiar un informe especial sobre el estado de los mundos aislados, preparado
por los Melquisedecs con el asesoramiento de Gabriel,
Miguel escogió finalmente Urantia como planeta para
efectuar su última donación. Después de esta decision,
Gabriel visitó personalmente Urantia, y como
resultado de su estudio de los grupos humanos y de su examen de las
características espirituales, intelectuales, raciales y geográficas del mundo y
de sus pueblos, decidió que los hebreos poseían aquellas ventajas relativas que
justificaban su selección como raza para la donación. Cuando Miguel aprobó esta
decisión, Gabriel nombró y envió a Urantia la
Comisión Familiar de los Doce -escogida entre las órdenes más elevadas de
personalidades del universo- con el encargo específico de investigar la vida
familiar judía. Cuando esta comisión finalizó su tarea, Gabriel se encontraba
en Urantia y recibió el informe que designaba a tres
posibles parejas que, en opinión de la comisión, eran igualmente favorables
como familias de la donación para la encarnación proyectada de Miguel.
De las tres
parejas designadas, Gabriel escogió personalmente a José y María;
posteriormente se apareció en persona a María y le dió
la grata noticia de que había sido elegida para ser la madre terrestre del niño
de la donación.
1. JOSÉ Y MARÍA
José, el padre
humano de Jesús (Josué ben José) era un hebreo entre
los hebreos, aunque poseía muchos rasgos raciales no judíos que, de vez en
cuando, se habían añadido a su árbol genealógico a través de las líneas
femeninas de sus progenitores. Los antepasados del padre de Jesús se remontaban
a los tiempos de Abraham, y por medio de este venerable patriarca, a linajes
más antiguos que llegaban hasta los sumerios y los noditas
y, a través de las tribus meridionales del antiguo hombre azul, hasta Andón y Fonta. David y Salomón no eran antecesores en línea directa
de José, cuyo linaje tampoco se remontaba directamente hasta Adán. Los
ascendientes próximos de José eran artesanos: constructores, carpinteros,
albañiles y herreros. El mismo José era carpintero, y más tarde fue
contratista. Su familia pertenecía a una larga e ilustre línea de notables del
pueblo, realzada de vez en cuando por la aparición de personalidades excepcionales
que se habían distinguido en el ámbito de la evolución de la religión en Urantia.
María, la madre
terrestre de Jesús, descendía de una larga estirpe de antepasados
extraordinarios que comprendía muchas mujeres entre las más notables de la historia
racial de Urantia. Aunque María era una mujer típica
de su tiempo y de su generación, con un temperamento bastante normal, contaba
entre sus antecesores a mujeres tan ilustres como Annón,
Támar, Rut, Betsabé, Ansie, Cloa, Eva, Enta y Ratta. Ninguna mujer judía
de la época poseía un linaje que tuviera en común a unos progenitores más
ilustres, o que se remontara a unos orígenes más prometedores. Los antepasados
de María, como los de José, estaban caracterizados por el predominio de
individuos fuertes pero corrientes, resaltando de vez en cuando numerosas
personalidades sobresalientes en la marcha de la civilización y en la evolución
progresiva de la religión. Desde un punto de vista racial, no es muy apropiado
considerar a María como una judía. Por su cultura y sus creencias era judía,
pero por sus dones hereditarios era más bien una combinación de estirpes siria, hitita, fenicia, griega y egipcia; su herencia
racial era más heterogénea que la de José.
De todas las
parejas que vivían en Palestina en la época para la que se había proyectado la
donación de Miguel, José y María poseían la combinación más ideal de vastos
vínculos raciales y de dotaciones de personalidad superiores a la media. El
plan de Miguel era aparecer en la tierra como un hombre ordinario, para que la
gente común pudiera comprenderlo y recibirlo; por eso Gabriel eligió a unas
personas como José y María para ser los padres de la donación.
2. GABRIEL SE APARECE A ISABEL
El trabajo que
Jesús realizó durante su vida en Urantia fue
empezado, de hecho, por Juan Bautista. Zacarías, el padre de Juan, pertenecía
al clero judío, mientras que su madre, Isabel, era miembro de la rama más
próspera del mismo gran grupo familiar al que también pertenecía María, la
madre de Jesús. Zacarías e Isabel, aunque estaban casados desde hacía muchos
años, no tenían hijos.
A finales del
mes de junio del año 8 a. de J.C., unos tres meses después de que se casaran
José y María, Gabriel se apareció a Isabel, un día al mediodía, de la misma
forma que más tarde hizo conocer su presencia a María. Gabriel dijo:
"Mientras
tu marido Zacarías oficia ante el altar en Jerusalén, y mientras el pueblo
reunido ruega por la llegada de un libertador, yo, Gabriel, he venido para
anunciarte que pronto darás a luz un hijo que será el precursor de este maestro
divino; llamarás a tu hijo Juan. Crecerá consagrado al Señor tu Dios, y cuando
llegue a la madurez, alegrará tu corazón porque llevará muchas almas hacia
Dios, y proclamará también la venida del sanador de almas de tu pueblo y
libertador espiritual de toda la humanidad. Tu pariente María será la madre de
este hijo de la promesa, y también me apareceré a ella."
Esta visión
asustó mucho a Isabel. Después de la partida de Gabriel, le dio muchas vueltas
a esta experiencia en su cabeza, reflexionando largamente en las palabras del
majestuoso visitante, pero no habló de esta revelación a nadie salvo a su
marido, hasta que visitó posteriormente a María a principios de febrero del año
siguiente.
Sin embargo,
Isabel guardó durante cinco meses su secreto incluso a su marido. Cuando le
contó la historia de la visita de Gabriel, Zacarías permaneció muy escéptico y
dudó de toda la experiencia durante semanas, consintiendo solamente en creer a
medias en la visita de Gabriel a su esposa, hasta que ya no pudo dudar de que estaba embarazada. Zacarías estaba absolutamente perplejo
ante la próxima maternidad de Isabel, pero no puso en duda la integridad de su
mujer, a pesar de su propia edad avanzada. Hasta unas seis semanas antes del
nacimiento de Juan, y a consecuencia de un sueño impresionante, Zacarías no se
convenció por completo de que Isabel iba a ser la madre de un hijo del destino,
el encargado de preparar el camino para la venida del Mesías.
Gabriel se
apareció a María hacia mediados de noviembre del año 8 a. de J.C., mientras
ella estaba trabajando en su casa de Nazaret. Más
adelante, cuando María supo sin lugar a dudas que iba a ser madre, persuadió a
José para que la dejara ir a la Ciudad de Judá, a
siete kilómetros en las colinas al oeste de Jerusalén, para visitar a Isabel.
Gabriel había informado a cada una de estas futuras madres de su aparición a la
otra. Naturalmente estaban impacientes por encontrarse, comparar sus
experiencias y hablar del futuro probable de sus hijos. María permaneció tres
semanas con su prima lejana. Isabel contribuyó mucho a fortalecer la fe de
María en la visión de Gabriel, de manera que ésta regresó a su hogar más
plenamente dedicada a la misión de ser la madre del hijo del destino, a quien
muy pronto debería presentar al mundo como un bebé indefenso, como un niño
normal y común del planeta.
Juan nació en la
Ciudad de Judá, el 25 de marzo del año 7 a. de J.C.
Zacarías e Isabel sintieron una gran alegría con la llegada de su hijo, como
Gabriel había prometido. Al octavo día, cuando presentaron al niño para la
circuncisión, lo llamaron oficialmente Juan como les había ordenado
anteriormente. Un sobrino de Zacarías ya había partido para Nazaret
llevando el mensaje de Isabel a María de que su hijo había nacido y que se
llamaría Juan.
Desde la más
tierna infancia de Juan, sus padres le inculcaron juiciosamente la idea de que
cuando creciera se convertiría en un dirigente espiritual y en un instructor
religioso. Y el corazón de Juan siempre fue un terreno favorable para sembrar
estas semillas sugerentes. Incluso siendo niño, se le encontraba con frecuencia
en el templo durante los períodos de servicio de su padre, y estaba
profundamente impresionado con el significado de todo lo que veía.
3. LA ANUNCIACIÓN DE GABRIEL A MARÍA
Cierta tarde al
ponerse el sol, antes de que José hubiera regresado al hogar, Gabriel se
apareció a María al lado de una mesa baja de piedra; después de que ella
recobrara la serenidad, le dijo: "Vengo por orden de aquel que es mi
Maestro, a quien tú amarás y alimentarás. A ti, María, te traigo gratas
noticias al anunciarte que tu concepción está ordenada por el cielo, y que
cuando llegue el momento serás la madre de un hijo; lo llamarás Josué, y él
inaugurará el reino de los cielos en la tierra y entre los hombres. No
menciones esto a nadie salvo a José y a Isabel, tu pariente, a quien también he
aparecido, y que pronto dará también a luz un hijo cuyo nombre será Juan. Éste
preparará el camino para el mensaje de liberación que tu hijo proclamará con
gran fuerza y profunda convicción a los hombres. No dudes de mi palabra, María,
pues este hogar ha sido escogido como morada humana del hijo del destino. Mi
bendición te acompaña, el poder de los Altísimos te fortalecerá y el Señor de
toda la tierra te protegerá."
Durante varias
semanas, María reflexionó sobre esta visita de manera secreta en su corazón.
Cuando estuvo segura de que esperaba un hijo, se atrevió por fin a revelar a su
marido estos acontecimientos inusitados. Cuando José escuchó toda la historia,
y aunque confiaba plenamente en María, se quedó muy preocupado y perdió el
sueño durante varias noches. Primero José tuvo dudas sobre la visita de
Gabriel. Luego, cuando se persuadió casi por completo de que María había oído
realmente la voz y había contemplado la forma del mensajero divino, se torturó
la mente preguntándose cómo podían suceder tales cosas. ¿Cómo era posible que
un descendiente de seres humanos pudiera ser un hijo con destino divino? José
no podía conciliar estas ideas contradictorias hasta que, después de varias
semanas de reflexión, tanto él como María llegaron a la conclusión de que
habían sido elegidos como padres del Mesías, aunque los judíos casi no tenían
el concepto de que el liberador esperado tuviera que ser de naturaleza divina.
Una vez que llegaron a esta conclusión trascendental, María se apresuró a
partir para visitar a Isabel.
A su regreso,
María fue a visitar a sus padres, Joaquín y Ana. Sus dos hermanos, sus dos
hermanas, así como sus padres, fueron siempre muy escépticos respecto a la
misión divina de Jesús, aunque por aquel entonces no sabían nada, por supuesto,
de la visita de Gabriel. Pero María sí le confió a su hermana Salomé que creía
que su hijo estaba destinado a ser un gran maestro.
La anunciación
de Gabriel a María tuvo lugar al día siguiente de la concepción de Jesús, y fue
el único acontecimiento de naturaleza sobrenatural que se produjo en toda su
experiencia de gestar y dar a luz al hijo de la promesa.
4. EL SUEÑO DE JOSÉ
José no aceptó
la idea de que María iba a ser la madre de un hijo extraordinario hasta después
de haber experimentado un sueño bastante impresionante. En este sueño, se le
apareció un brillante mensajero celestial que le dijo, entre otras cosas:
"José, aparezco ante ti por orden de Aquel que ahora reina en las alturas;
he recibido el mandato de informarte acerca del hijo que María va a tener, y
que llegará a ser una gran luz en el mundo. En él estará la vida, y su vida se
convertirá en la luz de la humanidad. Vendrá primero hacia su propio pueblo,
pero ellos casi no lo recibirán; pero a todos los que lo reciban, les revelará
que son hijos de Dios." Después de esta experiencia, José no volvió a
dudar nunca más de la historia de María sobre la visita de Gabriel, ni de la
promesa de que el niño por nacer sería un mensajero divino para el mundo.
En todas estas
visitas no se había dicho nada sobre la casa de David. Nunca se había insinuado
nada de que Jesús fuera a convertirse en el "liberador de los
judíos", ni tampoco que debiera ser el tan esperado Mesías. Jesús no era
el tipo de Mesías que los judíos esperaban, pero sí era el libertador del
mundo. Su misión era para todas las razas y para todos los pueblos, no para un
grupo en particular.
José no
descendía del linaje del rey David. María tenía más antepasados que José en la
rama de David. Es verdad que José fue a Belén, la ciudad de David, para
registrarse en el censo romano, pero esto se debió al hecho de que, seis
generaciones antes, el antepasado paterno de José de aquella generación, como
era huérfano, había sido adoptado por un tal Zadoc,
que era descendiente directo de David; por eso José también contaba como
perteneciente a la "casa de David".
La mayoría de
las llamadas profecías mesiánicas del Antiguo Testamento, fueron redactadas
para acomodarlas a Jesús mucho tiempo después de su vida en la tierra. Durante
siglos, los profetas hebreos habían proclamado la venida de un libertador, y
estas promesas habían sido interpretadas por las generaciones sucesivas como
que se referían a un nuevo gobernante judío que se sentaría en el trono de
David, y que mediante los célebres métodos milagrosos de Moisés, establecería a
los judíos en Palestina como una nación poderosa, libre de toda dominación
extranjera. Además, muchos pasajes metafóricos que se encontraban por todas
partes en las escrituras hebreas fueron, con posterioridad, aplicados
erróneamente a la misión de la vida de Jesús. Muchos textos del Antiguo
Testamento fueron tergiversados para que parecieran cuadrar con algunos
episodios de la vida terrestre del Maestro. Jesús mismo negó una vez,
públicamente, toda conexión con la casa real de David. Incluso el pasaje
"una joven dará a luz un hijo", se cambió en "una virgen dará a
luz un hijo". Lo mismo sucedió con las numerosas genealogías de José y
María que se compusieron después de la carrera de Miguel en la tierra. Muchos
de estos linajes contienen bastantes antepasados del Maestro, pero en general
no son auténticos y no se puede confiar en su exactitud. Con demasiada
frecuencia, los primeros discípulos de Jesús sucumbieron a la tentación de
presentar todas las antiguas declaraciones proféticas como encontrando su
cumplimiento en la vida de su Señor y Maestro.
5. LOS PADRES TERRESTRES DE JESÚS
José era un
hombre de modales dulces, extremadamente escrupuloso, y fiel en todos los
aspectos a las convenciones y prácticas religiosas de su pueblo. Hablaba poco,
pero pensaba mucho. La penosa condición del pueblo judío entristecía mucho a
José. En su juventud, conviviendo con sus ocho hermanos y hermanas, había sido
más alegre, pero durante los primeros años de su vida matrimonial (durante la
infancia de Jesús) sufrió períodos de ligero desaliento espiritual. Estas
manifestaciones temperamentales se atenuaron considerablemente poco antes de su
muerte prematura y después de que la situación económica de su familia hubiera
mejorado gracias a su elevación del rango de carpintero a la condición de próspero
contratista.
El temperamento
de María era totalmente opuesto al de su marido. Habitualmente alegre, rara vez
se encontraba abatida, y poseía un natural siempre risueño. María se permitía
expresar libre y frecuentemente sus sentimientos emocionales, y nunca se la vio
afligida hasta después de la muerte súbita de José. Apenas se había recuperado
de este golpe cuando tuvo que enfrentarse con las ansiedades y las dudas que
despertaron en ella la extraordinaria carrera de su hijo mayor, que se desarrollaba
tan rápidamente ante sus ojos asombrados. Pero durante toda esta experiencia
insólita, María se mantuvo serena, animosa y bastante juiciosa en sus
relaciones con su extraño y poco comprensible hijo mayor, y con sus hermanos y
hermanas sobrevivientes.
Jesús poseía de
su padre gran parte de su dulzura excepcional y de su maravillosa comprensión
benevolente de la naturaleza humana; había heredado de su madre su don de gran
educador y su formidable capacidad de justa indignación. En sus reacciones emocionales
hacia su entorno durante su vida adulta, Jesús era a veces como su padre,
meditativo y piadoso, a veces caracterizado por una tristeza aparente; pero la
mayoría de las veces continuaba hacia adelante a la manera optimista y decidida
del carácter de su madre. En conjunto, el temperamento de María tendía a
dominar la carrera del Hijo divino a medida que crecía y avanzaba a grandes
pasos hacia su vida de adulto. En algunos detalles, Jesús era una mezcla de los
rasgos de sus padres; en otros aspectos, los rasgos de uno predominaban sobre
los del otro.
Jesús poseía de
José su estricta educación en los usos de las ceremonias judías y su
conocimiento excepcional de las escrituras hebreas; de María obtuvo un punto de
vista más amplio de la vida religiosa y un concepto más liberal de la libertad
espiritual personal.
Las familias de
José y de María eran muy instruidas para su tiempo. José y María poseían una
educación que estaba muy por encima del promedio de su época y de su posición
social. Él era un pensador; ella sabía planificar, era experta en adaptarse y
práctica en la ejecución de las tareas inmediatas. José era moreno con los ojos
negros; María era casi rubia con los ojos castaños.
Si José hubiera
vivido, se hubiera convertido sin duda alguna en un firme creyente en la misión
divina de su hijo mayor. María alternaba entre la creencia y la duda,
enormemente influída por la postura que tomaron sus
otros hijos y sus amigos y parientes, pero su actitud final siempre estuvo
fortalecida por el recuerdo de la aparición de Gabriel inmediatamente después
de la concepción del niño.
María era una
tejedora experta, con una habilidad por encima de la media en la mayoría de las
artes hogareñas de la época; era una buena ama de casa, con capacidad sobrada
para crear un hogar. Tanto José como María eran buenos educadores, y se
preocuparon por que sus hijos estuvieran bien instruídos
en los conocimientos de su tiempo.
Cuando José era
joven, fue contratado por el padre de María para construir un anexo a su casa;
en el transcurso de una comida al mediodía, María llevó a José un vaso de agua,
y fue en ese momento cuando empezó realmente el cortejo de los dos jóvenes que
estaban destinados a ser los padres de Jesús.
José y María se
casaron, de acuerdo con la costumbre judía, en la casa de María, en las afueras
de Nazaret, cuando José contaba veintiún años de
edad. Esta boda fue la culminación de un noviazgo normal de casi dos años. Poco
después se trasladaron a su nueva casa de Nazaret,
que había sido construida por José con la ayuda de dos de sus hermanos. La casa
estaba situada al pie de una elevación que dominaba de manera muy agradable la
comarca circundante. En esta casa especialmente preparada, los jóvenes esposos
en espera de niño pensaban acoger al hijo de la promesa, sin saber que este
importante acontecimiento del universo iba a suceder en Belén de Judea,
mientras estaban ausentes de su domicilio.
La mayor parte
de la familia de José se hizo creyente en las enseñanzas de Jesús, pero muy
pocos miembros de la familia de María creyeron en él hasta después de su
partida de este mundo. José se inclinaba más hacia el concepto espiritual del
Mesías esperado, pero María y su familia, y sobre todo su padre, mantenían la
idea de un Mesías como liberador temporal y gobernante político. Los
antepasados de María se habían identificado de manera destacada con las
actividades de los Macabeos, en tiempos por aquel
entonces muy recientes.
José sostenía
vigorosamente el punto de vista oriental, o babilonio,
de la religión judía; María tendía fuertemente hacia la interpretación
occidental o helenística de la ley y de los profetas, que era más amplia y
liberal.
6. EL HOGAR DE NAZARET
La casa de Jesús
no estaba lejos de la elevada colina situada en la parte norte de Nazaret, a cierta distancia de la fuente del pueblo, que se
encontraba en la sección oriental de la población. La familia de Jesús vivía en
las afueras de la ciudad, lo que le facilitó posteriormente a Jesús disfrutar
de frecuentes paseos por el campo y subir a la cumbre de esta montaña cercana,
la más alta de todas las colinas del sur de Galilea, a excepción de la cadena
del Monte Tabor al este y de la colina de Naín, que
tenía aproximadamente la misma altura. Su casa estaba situada un poco hacia el
sur y el este del promontorio sur de esta colina, y aproximadamente a mitad de
camino entre la base de esta elevación y la carretera que conducía de Nazaret a Caná. Además de subir a
la colina, el paseo favorito de Jesús era un estrecho sendero que rodeaba la
base de la colina en dirección noreste, hasta el lugar donde se unía con la
carretera de Séforis.
La casa de José
y María era una construcción de piedra compuesta por una habitación con un
techo plano, más un edificio adyacente para alojar a los animales. Los muebles
consistían en una mesa baja de piedra, platos y ollas de barro y de piedra, un
telar, una lámpara, varios taburetes pequeños y alfombras para dormir sobre el
piso de piedra. En el patio trasero, cerca del anexo para los animales, había
un cobijo que protegía el horno y el molino para moler el grano. Se necesitaban
dos personas para utilizar este tipo de molino, una para moler y otra para
echar el grano. Cuando Jesús era pequeño, con frecuencia echaba grano en este
molino mientras que su madre hacía girar la muela.
Años más tarde,
cuando la familia creció, todos se sentaban en cuclillas alrededor de la mesa
de piedra agrandada para disfrutar de sus comidas, y se servían el alimento de
un plato o de una olla común. En invierno, la mesa estaba iluminada durante la
cena por una pequeña lámpara plana de arcilla que llenaban con aceite de oliva.
Después del nacimiento de Marta, José construyó un agregado a esta casa, una
amplia habitación que se utilizaba como taller de carpintería durante el día y
como dormitorio por la noche.
7. EL VIAJE A BELÉN
En el mes de
marzo del año 8 a. de J.C. (el mes en que José y María se casaron) César
Augusto decretó que todos los habitantes del Imperio Romano tenían que ser
contados, que había que hacer un censo para mejorar el sistema de los
impuestos. Los judíos siempre habían estado en contra de todo intento por
"enumerar a la gente"; este hecho, sumado a las graves dificultades
internas de Herodes, rey de Judea, había contribuído
a retrasar un año este empadronamiento en el reino judío. En todo el Imperio
Romano, este censo se llevó a cabo en el año 8 a. de J.C., excepto en el reino
de Herodes en Palestina, donde tuvo lugar un año más tarde, en el año 7 a. de
J.C.
No era necesario
que María fuera a Belén para empadronarse -José estaba autorizado para
registrar a su familia- pero María, que era una persona intrépida y decidida,
insistió en acompañarle. Temía quedarse sola por si el niño nacía durante la
ausencia de José, y puesto que Belén no estaba lejos de la Ciudad de Judá, María preveía la posibilidad de una agradable visita
a su pariente Isabel.
José
prácticamente prohibió a María que lo acompañara, pero no sirvió de nada; en el
momento de empaquetar la comida para el viaje de tres o cuatro días, preparó
raciones para dos personas y se aprestó para partir. Pero antes de ponerse
efectivamente en camino, José ya había consentido en que María lo acompañara, y
dejaron alegremente Nazaret al despuntar el día.
José y María eran pobres, y como sólo tenían
un animal de carga, María, que estaba encinta, montó en el animal con las
provisiones mientras que José caminaba, conduciendo a la bestia. Construir y
amueblar la casa había sido un gran gasto para José, que también tenía que
contribuir al mantenimiento de sus padres, ya que su padre se había quedado
incapacitado hacía poco tiempo. Así es como esta pareja judía partió de su
humilde hogar, por la mañana temprano, el 18 de agosto del año 7 a. de J.C., en
dirección a Belén.
Su primer día de
viaje les llevó cerca de los cerros al pie del Monte Gilboa,
donde acamparon durante la noche junto al río Jordán, e hicieron muchas
especulaciones sobre la naturaleza del hijo que iba a nacer; José se adhería al
concepto de un maestro espiritual y María sostenía la idea de un Mesías judío,
un liberador de la nación hebrea.
A primeras horas
de la radiante mañana del 19 de agosto, José y María se pusieron de nuevo en
camino. Tomaron su comida del mediodía al pie del Monte Sartaba,
que domina el valle del Jordán, y continuaron su viaje, llegando por la noche a
Jericó, donde se alojaron en una posada del camino, en las afueras de la
ciudad. Después de la cena y de mucho discutir sobre la opresión del gobierno
romano, Herodes, la inscripción en el censo y la influencia comparativa de
Jerusalén y Alejandría como centros del saber y de la cultura judíos, los
viajeros de Nazaret se retiraron a dormir. El 20 de
agosto por la mañana temprano reanudaron su viaje, llegando a Jerusalén antes
del mediodía; visitaron el templo y continuaron hacia su destino, llegando a
Belén a media tarde.
La posada estaba
atestada, y en consecuencia José buscó alojamiento en casa de unos parientes
lejanos, pero todas las habitaciones de Belén estaban llenas a rebosar. Al
regresar al patio de la posada, le informaron que los establos para las
caravanas, labrados en los lados de la roca y situados justo por debajo de la
posada, habían sido vaciados de sus animales y limpiados para recibir huéspedes.
Dejando el asno en el patio, José se echó al hombro las bolsas de ropa y de
provisiones, y descendió con María los escalones de piedra hasta su alojamiento
en la parte inferior. Se instalaron en lo que había sido un almacén de grano,
enfrente de los establos y de los pesebres. Habían colgado cortinas de lona, y
se consideraron afortunados por haber conseguido un alojamiento tan cómodo.
José había
pensado ir a inscribirse enseguida, pero María estaba cansada; se sentía
bastante mal y le rogó que permaneciera con ella, lo cual hizo.
8. EL NACIMIENTO DE JESÚS
María estuvo
inquieta durante toda la noche, de manera que ninguno de los dos durmió mucho.
Al amanecer, los dolores del parto empezaron claramente, y a mediodía, el 21 de
agosto del año 7 a. de J.C., con la ayuda y la asistencia generosa de unas
viajeras como ella, María dio a luz un niño varón. Jesús de Nazaret
había nacido en el mundo. Se le envolvió en las ropas que María había traído
por precaución, y se le acostó en un pesebre cercano.
El niño de la
promesa había nacido exactamente de la misma manera que todos los niños que
antes y después de ese día han llegado al mundo. Al octavo día, según la
costumbre judía, fue circuncidado y se le llamó oficialmente Josué (Jesús).
Al día siguiente
del nacimiento de Jesús, José fue a empadronarse. Se encontró con un hombre con
quien habían conversado dos noches antes en Jericó, y éste lo llevó a ver a un
amigo rico que ocupaba una habitación en la posada, el cual dijo que con mucho
gusto intercambiaría su alojamiento con el de la pareja de Nazaret.
Aquella misma tarde se trasladaron a la posada, donde permanecieron cerca de
tres semanas, hasta que encontraron alojamiento en la casa de un pariente
lejano de José.
Al segundo día
del nacimiento de Jesús, María envió un mensaje a Isabel indicándole que su
hijo había nacido, y ésta le respondió invitando a José a que subiera a
Jerusalén para hablar con Zacarías de todos sus asuntos. A la semana siguiente,
José fue a Jerusalén para conversar con Zacarías. Tanto Zacarías como Isabel
habían llegado al sincero convencimiento de que Jesús estaba destinado a ser en
verdad el libertador de los judíos, el Mesías, y que su hijo Juan sería el jefe
de sus ayudantes, el brazo derecho de su destino. Como María compartía las
mismas ideas, no fue difícil convencer a José para que se quedaran en Belén, la
Ciudad de David, con objeto de que cuando Jesús creciera, pudiera ocupar el
trono de todo Israel como sucesor de David. Por consiguiente, permanecieron más
de un año en Belén, y José efectuó mientras tanto
algunos trabajos en su oficio de carpintero.
Aquel mediodía
en que nació Jesús, los serafines de Urantia,
reunidos bajo las órdenes de sus directores, cantaron efectivamente himnos de
gloria por encima del pesebre de Belén, pero estas expresiones de alabanza no
fueron escuchadas por los oídos humanos. Ningún pastor u otra criatura mortal vino a rendir homenaje al niño de Belén, hasta el día en que
llegaron ciertos sacerdotes de Ur, que habían sido
enviados por Zacarías desde Jerusalén.
Hacía algún
tiempo, a estos sacerdotes de Mesopotamia les había
revelado un extraño educador religioso de su país, que había tenido un sueño en
el cual se le informaba que la "luz de la vida" estaba a punto de aparecer
en la tierra, como un niño, y entre los judíos. Y hacia allí se dirigieron
estos tres sacerdotes en busca de esta "luz de la vida". Después de
muchas semanas de búsqueda infructuosa en Jerusalén, estaban a punto de
regresar a Ur cuando Zacarías se encontró con ellos,
y les reveló su creencia de que Jesús era el objeto de su búsqueda; los envió a
Belén, donde encontraron al niño y dejaron sus regalos a María, su madre
terrestre. El niño tenía casi tres semanas en el momento de su visita.
Estos hombres
sabios no vieron ninguna estrella que los guiara hasta Belén. La hermosa
leyenda de la estrella de Belén se originó de la siguiente manera: Jesús había
nacido el 21 de agosto a mediodía del año 7 a. de J.C. El 29 de mayo del mismo
año 7 tuvo lugar una extraordinaria conjunción de Júpiter y de Saturno en la
constelación de Piscis. Es un hecho astronómico notable que se produjeran
conjunciones similares el 29 de septiembre y el 5 de diciembre del mismo año.
Basándose en estos acontecimientos extraordinarios, pero totalmente naturales,
los seguidores bien intencionados de las generaciones siguientes construyeron
la atractiva leyenda de la estrella de Belén, que conducía a los Magos
adoradores hasta el pesebre, donde contemplaron y adoraron al niño recién
nacido. Las mentes de Oriente y del próximo Oriente se deleitan con los cuentos
de hadas y tejen contínuamente hermosos mitos como
éste alrededor de la vida de sus dirigentes religiosos y de sus héroes
políticos. En ausencia de imprenta, cuando la mayoría del conocimiento humano
se trasmitía oralmente de una generación a la siguiente, era muy fácil que los
mitos se transformaran en tradiciones, y que las tradiciones fueran aceptadas
finalmente como hechos.
9. LA PRESENTACIÓN EN EL TEMPLO
Moisés había enseñado a los judíos que cada
hijo primogénito pertenecía al Señor, pero que en lugar de sacrificarlo, como
era costumbre entre las naciones paganas, ese hijo podría vivir siempre que sus
padres lo redimieran mediante el pago de cinco siclos
a cualquier sacerdote autorizado. También existía un mandato mosaico que
ordenaba que después de haber pasado cierto tiempo, una madre tenía que
presentarse en el templo para purificarse (o que alguien hiciera en su lugar el
sacrificio apropiado). Era costumbre realizar ambas ceremonias al mismo tiempo.
En consecuencia, José y María subieron personalmente al templo, en Jerusalén,
para presentar a Jesús ante los sacerdotes, efectuar su redención y hacer al
mismo tiempo el sacrificio apropiado para asegurar la purificación ceremonial
de María de la supuesta impureza del alumbramiento.
Dos personajes
de carácter notable se paseaban constantemente por los patios del templo:
Simeón, un cantor, y Ana, una poetisa. Simeón era de Judea, pero Ana era de
Galilea. Los dos estaban juntos con frecuencia y ambos eran íntimos amigos del
sacerdote Zacarías, que les había confiado el secreto de Juan y de Jesús. Tanto
Simeón como Ana deseaban ardientemente la venida del Mesías, y su confianza en
Zacarías les condujo a creer que Jesús era el libertador esperado por el pueblo
judío.
Zacarías sabía
el día que José y María tenían que venir al templo con Jesús y había convenido
con Simeón y Ana que, en la procesión de los niños primogénitos, haría un
saludo con la mano levantada para indicarles cuál era Jesús.
Para esta
ocasión, Ana había escrito un poema que Simeón se puso a cantar, ante el gran
asombro de José, de María y de todos los que se encontraban reunidos en los
patios del templo. He aquí su himno de redención del hijo primogénito:
Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
Porque nos ha visitado y ha traído la redención a su pueblo;
Ha levantado un ancla de salvación para todos nosotros
En la casa de su siervo David.
Según ha dicho por boca de sus santos profetas
-Nos salva de nuestros enemigos y de la mano de todos los
que nos odian;
Muestra misericordia a nuestros padres y recuerda su santa
alianza-
El juramento por el que prometió a Abraham nuestro padre,
Que nos concedería, después de librarnos de la mano de
nuestros enemigos,
Servirle sin temor,
En santidad y rectitud delante suya, todos los días de
nuestra vida.
Sí, y tú, niño de la promesa, serás llamado el profeta del
Altísimo;
Porque irás delante de la faz del Señor para establecer su
reino,
Para dar conocimiento de la salvación a su pueblo
En la remisión de sus pecados.
Regocijáos en la tierna
misericordia de nuestro Dios, porque desde lo alto el alba nos ha visitado
ahora
Para iluminar a los que habitan en las tinieblas y en la
sombra de la muerte,
Para guiar nuestros pasos por los caminos de la paz.
Y ahora deja a tu siervo partir en paz, Oh,
Señor, según tu palabra,
Porque mis ojos han contemplado tu salvación,
Que has preparado delante de la faz de todos los pueblos;
Una luz para iluminar incluso a los gentiles
Y para la gloria de tu pueblo Israel.
En el camino de
vuelta a Belén, José y María permanecieron silenciosos -confundidos y
sobrecogidos. María estaba muy turbada por el saludo de despedida de Ana, la
anciana poetisa, y José no estaba de acuerdo con este esfuerzo prematuro por
hacer de Jesús el Mesías esperado del pueblo judío.
10. HERODES ACTÚA
Pero los espías
de Herodes no estaban inactivos. Cuando le informaron de la visita de los
sacerdotes de Ur a Belén, Herodes ordenó que estos
caldeos se presentaran ante él. Interrogó cuidadosamente a estos sabios sobre
el nuevo "rey de los judíos", pero le proporcionaron poca
satisfacción, explicando que el niño había nacido de una mujer que había venido
a Belén con su marido para registrarse en el censo. Herodes no estaba
satisfecho con esta respuesta y los despidió con una bolsa de dinero,
ordenándoles que encontraran al niño para que él también pudiera ir a adorarlo,
puesto que habían declarado que su reino sería espiritual, y no temporal. Como
los sabios no regresaban, Herodes empezó a sospechar. Mientras le daba vueltas
a estas cosas en su cabeza, sus espías regresaron y le dieron un informe
completo sobre los recientes incidentes acaecidos en el templo; le trajeron una
copia de algunas partes de la canción de Simeón, que se habían cantado en las
ceremonias de la redención de Jesús. Pero no se les había ocurrido seguir a
José y María, y Herodes se encolerizó mucho con ellos cuando no pudieron
decirle a dónde se había dirigido la pareja con el niño. Envió entonces a unos
indagadores para que localizaran a José y María. Al enterarse que Herodes
perseguía a la familia de Nazaret, Zacarías e Isabel
permanecieron alejados de Belén. El niño fue ocultado en casa de unos parientes
de José.
José tenía miedo
de buscar trabajo, y sus pocos ahorros estaban desapareciendo rápidamente.
Incluso en el momento de las ceremonias de purificación en el templo, José se
consideró lo bastante pobre como para limitar a dos palomas jóvenes la ofrenda
de María, tal como Moisés había ordenado para la purificación de las madres
pobres.
Después de más
de un año de búsqueda, los espías de Herodes aún no habían localizado a Jesús;
y como se sospechaba que el niño estaba todavía oculto en Belén, Herodes
preparó un decreto ordenando que se hiciera una búsqueda sistemática en todas
las casas de Belén, y que mataran a todos los niños varones con menos de dos
años de edad. De esta manera, Herodes pretendía asegurarse de que el niño que
estaba destinado a ser el "rey de los judíos" sería destruído. Y así fue como en un día perecieron dieciséis
niños varones en Belén de Judea. La intriga y el asesinato, incluso dentro de
su propia familia cercana, eran cosa corriente en la corte de Herodes.
La masacre de estos niños tuvo lugar a
mediados de octubre del año 6 a. de J.C., cuando Jesús tenía poco más de un
año. Pero incluso entre los miembros de la corte de Herodes había creyentes en
el Mesías venidero, y uno de ellos, al enterarse de la orden de matar a los
niños de Belén, se puso en contacto con Zacarías, quien a su vez envió un
mensajero a José; la noche antes de la masacre, José y María salieron de Belén
con el niño, camino de Alejandría en Egipto. Para evitar atraer la atención,
viajaron solos con Jesús hasta Egipto. Fueron a Alejandría con los fondos que
les proporcionó Zacarías, y allí José trabajó en su oficio, mientras que María
y Jesús se alojaron con unos parientes acomodados de la familia de José.
Vivieron en Alejandría dos años completos, y no regresaron a Belén hasta
después de la muerte de Herodes.