LOS ÚLTIMOS AÑOS DE LA INFANCIA DE JESÚS
AUNQUE JESÚS podría haberse beneficiado en Alejandría de
mejores oportunidades para instruirse que en Galilea, no hubiera tenido un
entorno tan espléndido para resolver los problemas de su propia vida con un
mínimo de guía educativa, disfrutando al mismo tiempo de la gran ventaja de un
contacto permanente con una cantidad tan grande de hombres y mujeres de todas
clases, procedentes de todos los lugares del mundo civilizado. Si hubiera
permanecido en Alejandría, su educación hubiera sido dirigida por judíos y
según principios exclusivamente judíos. En Nazaret
consiguió una educación y recibió una instrucción que lo prepararon mucho mejor
para comprender a los gentiles, y le proporcionaron una idea mejor y más
equilibrada de los méritos respectivos de los puntos de vista de la teología
hebrea oriental (babilónica) y occidental (helénica).
1. EL NOVENO AÑO DE JESÚS (AÑO 3 d. de J.C.)
Aunque no se
puede decir que Jesús estuviera nunca gravemente enfermo, este año sufrió
algunas enfermedades menores de la infancia junto con sus hermanos y su
hermanita.
En la escuela
continuaban las clases, y seguía siendo un estudiante favorecido, con una
semana libre cada mes; continuaba dividiendo su tiempo en partes más o menos
iguales entre los viajes con su padre a las ciudades vecinas, las estancias en
la granja de su tío al sur de Nazaret y las
excursiones de pesca fuera de Magdala.
El incidente más
grave ocurrido hasta entonces en la escuela se produjo a finales del invierno,
cuando Jesús se atrevió a desafiar la enseñanza del chazán
de que todas las imágenes, pinturas y dibujos eran de naturaleza idólatra. A
Jesús le encantaba dibujar paisajes y modelar una gran variedad de objetos con
arcilla de alfarero. Todo este tipo de cosas estaba estrictamente prohibido por
la ley judía, pero hasta ese momento se las había arreglado para calmar las
objeciones de sus padres, hasta tal punto que le habían permitido continuar con
estas actividades.
Pero un nuevo
alboroto se produjo en la escuela cuando uno de los alumnos más retrasados
descubrió a Jesús haciendo, al carbón, un retrato del profesor en el suelo de
la clase. El retrato estaba allí, tan claro como la luz del día, y muchos de
los ancianos lo pudieron contemplar antes de que el comité se presentara ante
José para exigirle que hiciera algo para reprimir la desobediencia a la ley de
su hijo mayor. Aunque no era la primera vez que José y María recibían quejas
sobre las actividades de su hábil y dinámico hijo, ésta era la acusación más
seria de todas las que hasta el momento habían presentado contra él. Sentado en
una gran piedra junto a la puerta trasera, Jesús escuchó durante un rato cómo
condenaban sus esfuerzos artísticos. Le irritó que culparan a su padre de sus
pretendidas fechorías; entonces entró en la casa, enfrentándose sin temor a sus
acusadores. Los ancianos se quedaron desconcertados. Algunos tendieron a
considerar el incidente con humor, mientras que uno o dos parecían pensar que
el chico era sacrílego, si no blasfemo. José estaba perplejo y María indignada,
pero Jesús insistió para que se le escuchara. Lo dejaron hablar, defendió
valientemente su punto de vista y anunció con un completo dominio de sí mismo
que acataría la decisión de su padre, tanto en este asunto como en cualquier
otra controversia. Y el comité de ancianos partió en silencio.
María intentó
convencer a José para que permitiera a Jesús modelar la arcilla en casa,
siempre que prometiera no realizar en la escuela ninguna de estas actividades
problemáticas, pero José se vio obligado a ordenar que la interpretación
rabínica del segundo mandamiento tenía que prevalecer.
Así pues, desde ese día, Jesús no volvió a dibujar ni a modelar una forma
cualquiera mientras vivió en la casa de su padre. Sin embargo, no estaba
convencido de que lo que había hecho estuviera mal, y abandonar su pasatiempo
favorito constituyó una de las grandes pruebas de su joven vida.
A finales de
junio, Jesús subió por primera vez a la cima del Monte Tabor en compañía de su
padre. Era un día claro y la vista era magnífica. Este chico de nueve años tuvo
la impresión de que había contemplado realmente el mundo entero, a excepción de
la India, África y Roma.
Marta, la
segunda hermana de Jesús, nació el jueves 13 de septiembre por la noche. Tres
semanas después del nacimiento de Marta, José, que se encontraba en casa por
algún tiempo, empezó la construcción de una ampliación de su casa, una
habitación que serviría como taller y dormitorio. Se construyó un pequeño banco
de trabajo para Jesús, y por primera vez pudo disponer de sus propias
herramientas. Durante muchos años trabajó en este banco en sus ratos libres y
se volvió muy experto en la fabricación de yugos.
Este invierno y
el siguiente fueron los más fríos en Nazaret desde
hacía varias décadas. Jesús había visto la nieve en las montañas y varias veces
había nevado en Nazaret, aunque sin permanecer mucho
tiempo en el suelo; pero hasta este invierno no había visto el hielo. El hecho
de que el agua pudiera ser sólida, líquida y gaseosa -había meditado largamente
sobre el vapor que se escapaba del agua hirviendo- dio al joven mucho que
pensar sobre el mundo físico y su constitución; y sin embargo, la personalidad
encarnada en este niño en pleno crecimiento era al mismo tiempo la verdadera
creadora y organizadora de todas estas cosas a lo largo y a lo ancho de un
vasto universo.
El clima de Nazaret no era riguroso. Enero era el mes más frío, con una
temperatura media alrededor de los 10° C. En julio y agosto, los meses más
calurosos, la temperatura variaba entre 24° y 32° C. Desde las montañas hasta
el Jordán y el valle del Mar Muerto, el clima de Palestina variaba entre el
frío y el tórrido. Así pues, en cierto sentido, los judíos estaban preparados
para vivir prácticamente en cualquiera de los climas variables del mundo.
Incluso durante
los meses más calurosos del verano, una brisa fresca del mar soplaba
generalmente del oeste desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche. Pero
de vez en cuando, los temibles vientos cálidos procedentes del desierto
oriental soplaban en toda Palestina. Estas ráfagas calientes aparecían por lo
general en febrero y marzo, hacia el final de la temporada de las lluvias. En
esos momentos, la lluvia caía en chaparrones refrescantes desde noviembre hasta
abril, pero no llovía de manera continuada. En Palestina sólo había dos
estaciones: el verano y el invierno, la temporada seca y la temporada lluviosa.
Las flores empezaban a abrir en enero, y a finales de abril todo el país era un
vergel florido.
En mayo de este
año, Jesús ayudó por primera vez a cosechar los cereales en la granja de su
tío. Antes de cumplir los trece años, se las había arreglado para saber algo de
casi todos los trabajos que realizaban los hombres y las mujeres alrededor de Nazaret, a excepción del trabajo de los metales; cuando fue
mayor, después de la muerte de su padre, pasó varios meses en el taller de un
herrero.
Cuando disminuía
el trabajo y el tránsito de las caravanas, Jesús hacía con su padre muchos
viajes de placer o de negocios a las ciudades cercanas de Caná,
Endor y Naín. Incluso
siendo joven había visitado con frecuencia Séforis,
situada sólo a cinco kilómetros al noroeste de Nazaret;
desde el año 4 a. de J.C. hasta el año 25 d. de J.C. aproximadamente, esta
ciudad fue la capital de Galilea y una de las residencias de Herodes Antipas.
Jesús continuaba
su crecimiento físico, intelectual, social y espiritual. Sus viajes fuera del
hogar contribuyeron mucho a proporcionarle una comprensión mejor y más generosa
de su propia familia; en esta época, sus mismos padres empezaron a aprender de
él al mismo tiempo que le enseñaban. Incluso en su juventud, Jesús era un
pensador original y un hábil educador. Se encontraba en un conflicto permanente
con la llamada "ley oral", pero siempre trataba de adaptarse a las
prácticas de su familia. Se llevaba muy bien con los niños de su edad, pero a
menudo se desalentaba por su lentitud mental. Antes de cumplir los diez años,
se había convertido en el jefe de un grupo de siete muchachos que formaron una
sociedad para adquirir los talentos de la edad adulta -físicos, intelectuales y
religiosos. Jesús logró introducir entre estos chicos muchos juegos nuevos y
diversos métodos mejorados de entretenimiento físico.
2. EL DÉCIMO AÑO (AÑO 4 d. de J.C.)
El cinco de
julio, el primer sábado del mes, mientras Jesús se paseaba por el campo con su
padre, expresó por primera vez unos sentimientos y unas ideas que indicaban que
estaba empezando a tomar conciencia de la naturaleza excepcional de su misión
en la vida. José escuchó atentamente las importantes palabras de su hijo, pero
hizo pocos comentarios y no dio ninguna información. Al día siguiente, Jesús
tuvo una conversación similar con su madre, pero más larga. María escuchó
igualmente las declaraciones del muchacho, pero ella tampoco proporcionó
ninguna información. Pasaron casi dos años antes de que Jesús hablara
nuevamente a sus padres de esta revelación creciente, dentro de su propia
conciencia, sobre la naturaleza de su personalidad y el carácter de su misión
en la tierra.
En agosto
ingresó en la escuela superior de la sinagoga. En la escuela, causaba contínuas perturbaciones con las preguntas que persistía en
hacer. Cada vez tenía más a todo Nazaret en un
alboroto más o menos contínuo. A sus padres les
disgustaba prohibirle que hiciera esas preguntas inquietantes, y su profesor
principal estaba muy intrigado por la curiosidad del muchacho, su perspicacia y
su sed de conocimientos.
Los compañeros
de juego de Jesús no veían nada sobrenatural en su conducta; en la mayoría de
los aspectos era totalmente como ellos. Su interés por el estudio era un poco
superior a la media, pero no tan excepcional. Es verdad que en la escuela hacía
más preguntas que los demás niños de su clase.
Quizás su característica más excepcional y
sobresaliente era su repugnancia a luchar por sus derechos. Aunque era un
muchacho bien desarrollado para su edad, a sus compañeros de juego les
resultaba extraño que tuviera aversión por defenderse incluso de las
injusticias o cuando era sometido a abusos personales. A pesar de todo, no
sufrió mucho por culpa de esta tendencia gracias a la amistad de Jacobo, el
muchacho vecino, que era un año mayor. Se trataba del hijo del albañil asociado
con José en los negocios. Jacobo admiraba mucho a Jesús y se encargaba de estar
pendiente para que nadie se le impusiera, aprovechándose de su aversión por las
peleas físicas. Varias veces atacaron a Jesús unos jóvenes mayores y violentos,
contando con su notoria docilidad, pero siempre recibieron un castigo rápido y
seguro de manos de Jacobo, el hijo del albañil, su campeón voluntario y
defensor siempre dispuesto.
Jesús era el
jefe comúnmente aceptado por los muchachos de Nazaret
que tenían los ideales más elevados de su tiempo y de su generación. Sus
jóvenes amigos lo amaban realmente, no sólo porque era justo, sino también
porque poseía una simpatía rara y comprensiva que revelaba el amor y se
acercaba a la compasión discreta.
Este año empezó
a mostrar una marcada preferencia por la compañía de las personas mayores. Le
encantaba hablar de temas culturales, educativos, sociales, económicos,
políticos y religiosos con pensadores de más edad; la profundidad de sus
razonamientos y la fineza de sus observaciones gustaban tanto a sus amigos
adultos que siempre estaban más que dispuestos para conversar con él. Hasta que
tuvo que hacerse cargo de mantener a la familia, sus padres trataron
constantemente de inducirlo a que se asociara con los chicos de su misma edad,
o más cercanos a ella, en lugar de personas mayores mejor informadas, por
quienes mostraba tanta preferencia.
A finales de
este año tuvo con su tío una experiencia de dos meses de pesca en el Mar de
Galilea, y se le dio muy bien. Antes de llegar a la edad adulta, se había
convertido en un experto pescador.
Su desarrollo
físico continuaba; en la escuela era un alumno avanzado y privilegiado; en el
hogar se llevaba francamente bien con sus hermanos y hermanas más jóvenes,
contando con la ventaja de tener más de tres años y medio que el mayor de los
otros niños. En Nazaret tenían una buena opinión de
él, a excepción de los padres de algunos de los niños más torpes, que a menudo
calificaban a Jesús de demasiado engreído, de que carecía de la humildad y de la
reserva propias de la juventud. Manifestaba una
tendencia creciente a orientar las actividades recreativas de sus jóvenes
amigos hacia terrenos más serios y reflexivos. Era un instructor nato y
sencillamente no podía dejar de actuar como tal, incluso cuando se suponía que
estaba jugando.
José empezó muy
pronto a enseñar a Jesús las diversas maneras de ganarse la vida, explicándole
las ventajas de la agricultura sobre la industria y el comercio. Galilea era
una comarca más hermosa y próspera que Judea, y vivir allí apenas costaba la
cuarta parte de lo que costaba en Jerusalén y Judea. Era una provincia de
pueblos agrícolas y de ciudades industriales florecientes, con más de
doscientas ciudades por encima de los cinco mil habitantes y treinta con más de
quince mil.
Durante su
primer viaje con su padre para observar la industria pesquera en el lago de
Galilea, Jesús casi había decidido hacerse pescador; pero la estrecha relación
con el oficio de su padre le impulsó más adelante a hacerse carpintero,
mientras que más tarde aún, una combinación de influencias le llevó a escoger
definitivamente la carrera de educador religioso de un orden nuevo.
3. EL UNDÉCIMO AÑO (AÑO 5 d. de
J.C.)
Durante todo
este año, el muchacho continuó haciendo viajes con su padre fuera del hogar,
pero también visitaba con frecuencia la granja de su tío, y en ocasiones iba a Magdala para pescar con el tío que se había instalado cerca
de aquella ciudad.
José y María a
veces estuvieron tentados de mostrar algún tipo de favoritismo especial por
Jesús, o de revelar de alguna otra manera su conocimiento de que era un niño de
la promesa, un hijo del destino. Pero sus padres eran, los dos,
extraordinariamente sabios y sagaces en todos estos asuntos. Las pocas veces
que mostraron de alguna manera una preferencia cualquiera por él, incluso en el
más ínfimo grado, el muchacho rechazó de inmediato toda consideración especial.
Jesús pasaba
bastante tiempo en la tienda de abastecimiento de las caravanas; como
conversaba con los viajeros de todas las partes del mundo, adquirió una
cantidad de información sobre los asuntos internacionales sorprendente para su
edad. Éste fue el último año en que pudo disfrutar mucho de los juegos y de la
alegría juvenil; a partir de este momento, las dificultades y las responsibilidades se multiplicaron rápidamente en la vida
de este joven.
Judá nació al anochecer del miércoles 24 de junio del año 5
d. de J.C. El alumbramiento de este séptimo hijo estuvo acompañado de
complicaciones. María estuvo tan enferma durante varias semanas que José se
quedó en la casa. Jesús estuvo muy ocupado haciendo recados para su padre y
realizando múltiples tareas ocasionadas por la grave enfermedad de su madre. A
este joven no le fue posible nunca más volver al comportamiento infantil de sus
primeros años. A partir de la enfermedad de su madre -poco antes de cumplir los
once años- se vió obligado a asumir las
responsabilidades de hijo mayor, y a hacer todo esto uno o dos años antes de la
fecha en que esta carga hubiera recaído normalmente sobre sus hombros.
El chazán pasaba una tarde por semana con Jesús ayudándole a
estudiar en profundidad las escrituras hebreas. Le interesaba mucho el progreso
de su prometedor alumno, y por eso estaba dispuesto a ayudarlo de muchas
maneras. Este pedagogo judío ejerció una gran influencia sobre esta mente en
crecimiento, pero nunca pudo comprender por qué Jesús era tan indiferente a
todas sus sugerencias sobre la perspectiva de ir a Jerusalén para continuar su
educación con los rabinos eruditos.
Hacia mediados
de mayo, el joven acompañó a su padre en un viaje de negocios a Escitópolis, la principal ciudad griega de la Decápolis, la antigua ciudad hebrea de Bet-seán. Por el camino, José le contó muchas cosas de la
antigua historia del rey Saúl, los filisteos y los acontecimientos posteriores
de la turbulenta historia de Israel. Jesús se quedó enormemente impresionado
por la limpieza y el orden que reinaban en esta ciudad llamada pagana. Se
maravilló del teatro al aire libre y admiró el hermoso templo de mármol
consagrado a la adoración de los dioses "paganos". A José le inquietó
mucho el entusiasmo del joven y trató de contrarrestar estas impresiones
favorables alabando la belleza y la grandeza del templo judío de Jerusalén.
Desde la colina de Nazaret, Jesús había contemplado a
menudo con curiosidad esta magnífica ciudad griega, y había preguntado muchas
veces por sus amplias obras públicas y sus edificios adornados, pero su padre
siempre había tratado de eludir estas preguntas. Ahora se encontraban cara a
cara con las bellezas de esta ciudad gentil, y José ya no podía fingir que
ignoraba las preguntas de Jesús.
Se dio la
circunstancia de que precísamente en aquel momento se
estaban celebrando, en el anfiteatro de Escitópolis,
los juegos competitivos anuales y las demostraciones públicas de proezas
físicas entre las ciudades griegas de la Decápolis.
Jesús insistió para que su padre lo llevara a ver los juegos, e insistió tanto
que José no se atrevió a negárselo. El joven estaba entusiasmado con los juegos
y entró de todo corazón en el espíritu de aquellas demostraciones de desarrollo
físico y de habilidad atlética. José se escandalizó indeciblemente al observar
el entusiasmo de su hijo mientras contemplaba aquellas exhibiciones de
vanagloria "pagana". Después de terminar los juegos, José recibió la
mayor sorpresa de su vida cuando oyó a Jesús expresar su aprobación y sugerir
que sería bueno que los jóvenes de Nazaret pudieran
beneficiarse así de unas sanas actividades físicas al aire libre. José tuvo una
larga y seria conversación con Jesús respecto a la naturaleza perversa de tales
prácticas, pero supo muy bien que el joven no estaba convencido.
La única vez que
Jesús vio a su padre enfadado con él fue aquella noche en su habitación de la
posada cuando, en el transcurso de su discusión, el chico olvidó los principios
del pensamiento judío hasta el punto de sugerir que volvieran a casa y
trabajaran a favor de la construcción de un anfiteatro en Nazaret.
Cuando José escuchó a su primogénito expresar unos sentimientos tan poco
judíos, perdió su calma habitual y, cogiéndolo por los hombros, exclamó
encolerizado: "Hijo mío, que no te oiga nunca más expresar un pensamiento
tan perverso en toda tu vida". Jesús se quedó sobrecogido ante la
manifestación emocional de su padre; nunca había sentido anteriormente el
impacto personal de la indignación de su padre, y se quedó pasmado y
conmocionado de manera indecible. Se limitó a contestar: "Muy bien, padre,
así lo haré". Y mientras vivió su padre, el muchacho no hizo nunca más la
más pequeña alusión a los juegos y a las otras actividades atléticas de los
griegos.
Más tarde, Jesús
vió el anfiteatro griego en Jerusalén y comprendió
cuán odiosas eran estas cosas desde el punto de vista judío. Sin embargo,
durante toda su vida se esforzó por introducir la idea de un esparcimiento sano
en sus planes personales y, en la medida en que lo permitían las costumbres
judías, también en el programa posterior de las actividades regulares de sus
doce apóstoles.
Al final de este
undécimo año, Jesús era un joven vigoroso, bien desarrollado, con un moderado
sentido del humor, y bastante alegre, pero a partir de este año empezó a pasar
cada vez con más frecuencia por períodos peculiares de profunda meditación y de
seria contemplación. Se dedicaba mucho a meditar sobre la manera en que iba a
cumplir con sus obligaciones familiares y obedecer al mismo tiempo la llamada
de su misión para con el mundo; ya había comprendido que su ministerio no debía
limitarse a mejorar al pueblo judío.
4. EL DUODÉCIMO AÑO (AÑO 6 d. de
J.C.)
Éste fue un año
memorable en la vida de Jesús. Continuó haciendo progresos en la escuela y
nunca se cansaba de estudiar la naturaleza; al mismo tiempo, se dedicaba cada
vez más a estudiar los métodos que la gente utilizaba para ganarse la vida.
Empezó a trabajar regularmente en el taller familiar de carpintería y se le
autorizó para que gestionara su propio salario, un arreglo bastante excepcional
en una familia judía. Este año aprendió también la conveniencia de guardar en
familia el secreto de estas cosas. Se iba haciendo consciente de la manera en
que había causado perturbación en el pueblo, y en adelante se volvió cada vez
más discreto, ocultando todo lo que contribuyera a mostrarlo como diferente a
sus compañeros.
Durante todo
este año experimentó numerosos períodos de incertidumbre, si no de verdadera duda,
en cuanto a la naturaleza de su misión. Su mente humana, que se desarrollaba de
manera natural, aún no captaba por completo la realidad de su doble naturaleza.
El hecho de tener una sola personalidad hacía difícil que su conciencia
reconociera el origen doble de los factores que componían la naturaleza
asociada con esta misma personalidad.
A partir de este
momento logró entenderse mejor con sus hermanos y hermanas. Tenía cada vez más
tacto, se mostraba siempre compasivo y considerado por su bienestar y
felicidad, y mantuvo buenas relaciones con ellos hasta el principio de su
ministerio público. Para ser más explícito, se llevó muy bien con Santiago,
Miriam y los dos niños más pequeños, Amós y Rut (que aún no habían nacido).
Siempre se llevó bastante bien con Marta. Los disgustos que tuvo en el hogar
surgieron principalmente de las fricciones con José y Judá,
en particular con éste último.
Para José y
María fue una experiencia difícil encargarse de criar a un ser que reunía esta
combinación sin precedentes de divinidad y de humanidad; merecen admiración por
haber cumplido con tanta fidelidad y con tanto éxito sus deberes paternos. Los
padres de Jesús comprendieron cada vez más que había algo sobrehumano en su
hijo mayor, pero jamás pudieron soñar ni siquiera un
instante que este hijo de la promesa fuera en verdad el creador efectivo de
este universo local de cosas y de seres. José y María vivieron y murieron sin
enterarse nunca de que su hijo Jesús era realmente el Creador del Universo,
encarnado en la carne mortal.
Este año, Jesús
se interesó más que nunca por la música, y continuó enseñando a sus hermanos y
hermanas en el hogar. Aproximadamente por esta época, el muchacho se volvió
intensamente consciente de la diferencia de puntos de vista entre José y María
respecto a la naturaleza de su misión. Meditó mucho sobre la diferencia de
opinión de sus padres, y a menudo escuchó sus discusiones cuando ellos creían
que estaba profundamente dormido. Se inclinaba cada vez más por el punto de vista
de su padre, de manera que su madre estaba destinada a sentirse herida al darse
cuenta de que su hijo rechazaba poco a poco sus directrices en las cuestiones
relacionadas con la carrera de su vida. A medida que pasaban los años, esta
brecha de incomprensión fue incrementándose. María comprendía cada vez menos el
significado de la misión de Jesús, y esta madre buena se sintió cada vez más
herida porque su hijo favorito no llevaba a cabo sus esperanzas más
acariciadas.
José creía cada
vez más en la naturaleza espiritual de la misión de Jesús; y si no fuera por
otras razones más importantes, de hecho es una pena que no viviera lo
suficiente como para ver realizarse su concepto de la donación de Jesús en la
tierra.
Durante su
último año en la escuela, cuando tenía doce años, Jesús manifestó a su padre su
protesta por la costumbre hebrea de tocar el trozo de pergamino clavado en el
marco de la puerta, cada vez que entraban o salían de la casa, y besar después
el dedo que lo había tocado. Como parte de este rito, era costumbre decir:
"El Señor protegerá nuestra entrada y nuestra salida, de ahora en adelante
y para siempre." José y María habían enseñado repetidas veces a Jesús las
razones por las cuales estaba prohibido hacer retratos o dibujar cuadros,
explicando que estas creaciones se podían utilizar con fines idólatras. Aunque
Jesús no llegaba a comprender por completo la prohibición de hacer retratos y
dibujos, poseía una lógica superior, y por eso señaló a su padre la naturaleza
esencialmente idólatra de esta reverencia habitual al pergamino de la puerta.
Después de estas objeciones de Jesús, José retiró el pergamino.
Con el paso del
tiempo, Jesús contribuyó mucho a modificar las prácticas religiosas de los
suyos, tales como las oraciones familiares y otras costumbres. Muchas de estas
cosas se podían hacer en Nazaret porque su sinagoga
estaba bajo la influencia de una escuela liberal de rabinos, representada por
José, el famoso maestro de Nazaret.
Durante este año
y los dos siguientes, Jesús sufrió una gran aflicción mental como resultado de
sus constantes esfuerzos por conciliar sus opiniones personales sobre las
prácticas religiosas y las diversiones sociales, con las creencias enraizadas
de sus padres. Estaba angustiado por el conflicto entre la necesidad de ser
fiel a sus propias convicciones, y la exhortación de su conciencia a someterse
obedientemente a sus padres; su conflicto supremo se encontraba entre dos
grandes mandamientos que predominaban en su mente juvenil. El primero era:
"Sé fiel a los dictámenes de tus convicciones más elevadas de la verdad y
de la rectitud." El otro era: "Honra a tu padre y a tu madre, porque
ellos te han dado la vida y la nutrición de la vida". Sin embargo, nunca
eludió la responsabilidad de hacer cada día los ajustes necesarios entre la
lealtad a sus convicciones personales y el deber hacia su familia. Consiguió la
satisfacción de fundir cada vez más armoniosamente sus convicciones personales
con las obligaciones familiares, en un concepto magistral de solidaridad
colectiva basada en la lealtad, la justicia, la tolerancia y el amor.
5. SU DECIMOTERCER AÑO (AÑO 7 d. de J.C.)
En este año, el
muchacho de Nazaret pasó de la infancia a la
adolescencia; su voz empezó a cambiar, y otros rasgos de la mente y del cuerpo
revelaron la llegada de la virilidad.
Su hermanito
Amós nació la noche del domingo 9 de enero del año 7 d. de J.C. Judá no tenía todavía dos años, y su hermanita Rut aún no
había nacido. Se puede ver pues que Jesús tenía una numerosa familia de niños
pequeños que se quedó a su cuidado cuando su padre encontró la muerte al año
siguiente en un accidente.
Hacia mediados
de febrero, Jesús adquirió humanamente la seguridad de que estaba destinado a
efectuar una misión en la tierra para iluminar al hombre y revelar a Dios. En
la mente de este joven se estaban formando importantes decisiones, junto con
planes de gran envergadura, mientras que su apariencia exterior era la de un
muchacho judío corriente de Nazaret. La vida
inteligente de todo Nebadon observaba con fascinación
y asombro cómo todo ésto empezaba a desarrollarse en
el pensamiento y en los actos del hijo, ahora adolescente, del carpintero.
El primer día de
la semana, el 20 de marzo del año 7, Jesús se graduó en los cursos de enseñanza
de la escuela local asociada con la sinagoga de Nazaret.
Era un gran día en la vida de cualquier familia judía ambiciosa, el día en que
el hijo primogénito era nombrado "hijo del mandamiento" y el
primogénito rescatado del Señor Dios de Israel, un "hijo del
Altísimo" y servidor del Señor de toda la tierra.
El viernes de la
semana anterior, José había regresado de Séforis,
donde estaba encargado de construir un nuevo edificio público, para estar
presente en esta feliz ocasión. El profesor de Jesús creía firmemente que su
alumno alerta y aplicado estaba destinado a alguna carrera eminente, a alguna
misión importante. Los ancianos, a pesar de todos sus disgustos con las
tendencias no conformistas de Jesús, estaban muy orgullosos del muchacho y ya
habían empezado a hacer planes para que pudiera ir a Jerusalén a continuar su
educación en las famosas academias hebreas.
A medida que
Jesús oía de vez en cuando discutir estos planes, estaba cada vez más seguro de
que nunca iría a Jerusalén para estudiar con los rabinos. Sin embargo, poco
podía imaginar la tragedia tan próxima que aseguraría el abandono de todos
estos proyectos, obligándole a asumir la responsabilidad de mantener y dirigir
una familia numerosa que pronto iba a estar compuesta de cinco hermanos y tres
hermanas, además de su madre y él mismo. Al tener que criar esta familia, Jesús
pasó por una experiencia más extensa y prolongada que la que tuvo José, su
padre; y se mantuvo a la altura del modelo que más tarde estableció para sí
mismo: ser un educador y hermano mayor sabio, paciente, comprensivo y eficaz
para esta familia -su familia-, tan repentinamente afligida por el dolor y tan
inesperadamente acongojada.
6. EL VIAJE A JERUSALÉN
Como Jesús había
llegado ahora al umbral de la vida adulta y se había graduado oficialmente en
las escuelas de la sinagoga, reunía las condiciones necesarias para ir a
Jerusalén con sus padres y participar con ellos en la celebración de su primera
Pascua. La fiesta de la Pascua de este año caía el sábado 9 de abril del año 7.
Un grupo numeroso (103 personas) se preparó para salir de Nazaret
hacia Jerusalén el lunes 4 de abril por la mañana temprano. Viajaron hacia el
sur en dirección a Samaria, pero al llegar a Jezreel
se desviaron hacia el este, rodeando el Monte Gilboa
por el valle del Jordán para evitar tener que cruzar Samaria. A José y a su
familia les hubiera gustado atravesar Samaria por la ruta del pozo de Jacob y
de Betel, pero como los judíos no querían mezclarse con los samaritanos, decidieron
continuar con sus vecinos por el valle del Jordán.
El temible Arquelao había sido depuesto, y existía poco peligro en
llevar a Jesús a Jerusalén. Habían pasado doce años desde que el primer Herodes
había tratado de destruir al niño de Belén, y nadie pensaría ahora en asociar
aquel asunto con este muchacho desconocido de Nazaret.
Antes de llegar
al cruce de Jezreel, prosiguiendo su viaje, muy
pronto dejaron a la izquierda el antiguo pueblo de Sunem,
y Jesús escuchó de nuevo la historia de la doncella más hermosa de todo Israel
que vivió allí en otro tiempo, y también las obras maravillosas que Eliseo
había realizado en aquel lugar. Al pasar por Jezreel,
los padres de Jesús contaron las acciones de Acab y Jezabel y las hazañas de Jehú. Al
pasar cerca del Monte Gilboa, hablaron mucho de Saúl
que se suicidó en las vertientes de esta montaña, del rey David, y de los
acontecimientos asociados con este lugar histórico.
Al rodear la
base del Gilboa, los peregrinos podían ver a la
derecha la ciudad griega de Escitópolis. Admiraron
desde lejos los edificios de mármol, pero no se acercaron a la ciudad gentil
por temor a profanarse, lo que les impediría participar en las ceremonias
solemnes y sagradas de la Pascua en Jerusalén. María no comprendía por qué ni
José ni Jesús querían hablar de Escitópolis. No sabía
nada de su controversia del año anterior, porque nunca le habían contado el
incidente.
Ahora la
carretera descendía rápidamente hacia el valle tropical del Jordán, y Jesús
pudo pronto contemplar admirado el serpenteante y tortuoso río Jordán, con sus
aguas resplandecientes y ondulantes fluyendo hacia el Mar Muerto. Se quitaron
los abrigos mientras viajaban hacia el sur por este valle tropical, disfrutando
de los fértiles campos de cereales y de las hermosas adelfas cargadas de flores
rosadas, mientras que hacia el norte el macizo del Monte Hermón
cubierto de nieve se perfilaba a lo lejos, dominando majestuosamente el
histórico valle. Poco más de tres horas después de haber pasado Escitópolis, llegaron a una fuente
burbujeante y acamparon allí durante la noche bajo el cielo estrellado.
En su segundo
día de viaje pasaron por el lugar donde el Jaboc,
procedente del este, desemboca en el Jordán; al contemplar este valle hacia el
este, recordaron los tiempos de Gedeón, cuando los
medianitas se extendieron por esta región para invadir el país. Hacia el final
del segundo día de viaje, acamparon cerca de la base de la montaña más alta que
domina el valle del Jordán, el Monte Sartaba, cuya
cima estaba ocupada por la fortaleza alejandrina donde Herodes había
encarcelado a una de sus esposas y enterrado a sus dos hijos estrangulados.
Al tercer día
pasaron por dos pueblos que habían sido construidos recientemente por Herodes y
observaron su magnífica arquitectura y sus hermosos jardines de palmeras. Al
anochecer llegaron a Jericó, donde permanecieron hasta el día siguiente.
Aquella noche, José, María y Jesús caminaron unos dos kilómetros y medio hasta
el emplazamiento del antiguo Jericó, donde según la tradición judía, Josué, de
quien Jesús había tomado el nombre, había realizado sus famosas hazañas.
Durante el
cuarto y último día de viaje, la carretera era una procesión contínua de peregrinos. Ahora empezaron a subir las colinas
que conducían a Jerusalén. Al acercarse a la cumbre, pudieron ver las montañas
al otro lado del Jordán, y hacia el sur, las aguas perezosas del Mar Muerto.
Aproximadamente a mitad de camino de Jerusalén, Jesús vio por primera vez el
Monte de los Olivos (la región que jugaría un papel tan importante en su vida
futura). José le indicó que la Ciudad Santa estaba situada justo detrás de
aquellas lomas, y el corazón del muchacho se aceleró ante la feliz expectativa
de contemplar pronto la ciudad y la casa de su Padre celestial.
Se detuvieron
para descansar en las pendientes orientales del Olivete,
junto a un pueblecito llamado Betania. Los lugareños
hospitalarios salieron enseguida para atender a los peregrinos, y dio la
casualidad de que José y su familia se habían detenido cerca de la casa de un
tal Simón, que tenía tres hijos casi de la misma edad que Jesús -María, Marta y
Lázaro. Éstos invitaron a la familia de Nazaret a que
entraran a descansar, y entre las dos familias nació una amistad que duró toda
la vida. Más adelante, en el transcurso de su vida llena de acontecimientos,
Jesús se detuvo muchas veces en esta casa.
Se apresuraron
en continuar su camino, y pronto llegaron al borde del Olivete;
Jesús vio por primera vez (en su memoria) la Ciudad Santa, los palacios
pretenciosos y el templo inspirador de su Padre. Jesús no experimentó nunca más
en su vida un estremecimiento puramente humano comparable al que le embargó por
completo esta tarde de abril, en el Monte de los Olivos, mientras estaba allí
de pie bebiendo con su primera mirada a Jerusalén. Unos años más tarde estuvo
en este mismo lugar, y lloró por la ciudad que estaba a punto de rechazar a
otro profeta, al último y al más grande de sus educadores celestiales.
Se dieron prisa
por llegar a Jerusalén. Ahora era jueves por la tarde. Al llegar a la ciudad
pasaron por delante del templo, y Jesús no había visto nunca una multitud así
de seres humanos. Meditó profundamente sobre cómo estos judíos se habían
reunido aquí desde los lugares más distantes del mundo conocido.
Poco después
llegaron al lugar previsto donde se alojarían durante la semana pascual, la
amplia casa de un pariente rico de María, que sabía por Zacarías algo de la
historia anterior de Juan y de Jesús. Al día siguiente, el día de la
preparación, se dispusieron a celebrar convenientemente el sábado de la Pascua.
Aunque todo
Jerusalén estaba ocupado con las preparaciones de la Pascua, José encontró
tiempo para llevar a su hijo a visitar la academia donde se había convenido que
proseguiría su educación dos años más tarde, en cuanto cumpliera la edad
requerida de quince años. José estaba realmente perplejo al observar el poco
interés de Jesús por todos estos planes cuidadosamente elaborados.
Jesús estaba
profundamente impresionado por el templo y todos sus servicios y demás
actividades asociadas. Por primera vez desde la edad de cuatro años, estaba
demasiado preocupado por sus propias meditaciones como para hacer muchas
preguntas. Sin embargo, hizo varias preguntas embarazosas a su padre (como ya
había hecho en otras ocasiones) sobre por qué razón el Padre celestial exigía
la carnicería de tantos animales inocentes e indefensos. Por la expresión del
rostro del muchacho, su padre sabía bien que sus respuestas y sus tentativas de
explicación no eran satisfactorias para la profundidad de pensamiento y la
viveza de razonamiento de su hijo.
El día anterior
al sábado de la Pascua, una oleada de iluminación espiritual atravesó la mente
mortal de Jesús e inundó su corazón humano de piedad afectuosa por las
multitudes espiritualmente ciegas y moralmente ignorantes, reunidas para
celebrar la antigua conmemoración de la Pascua. Éste fue uno de los días más
extraordinarios que el Hijo de Dios vivió en la carne; y durante la noche, por
primera vez en su carrera terrestre, un mensajero especial de Salvington, enviado por Manuel, apareció ante él y le dijo:
"Ha llegado la hora. Ya es tiempo de que empieces a ocuparte de los
asuntos de tu Padre."
Y así, incluso
antes de que las pesadas responsabilidades de la familia de Nazaret
recayeran sobre sus hombros juveniles, llegaba el mensajero celestial para
recordar a este muchacho menor de trece años que había llegado la hora de
reasumir las responsabilidades de un universo. Éste fue el primer acto de una
larga serie de acontecimientos que culminaron finalmente en la terminación de
la donación del Hijo en Urantia y en la restitución
del "gobierno de un universo sobre sus hombros humano-divinos".
A medida que
pasaba el tiempo, el misterio de la encarnación se volvía cada vez más
insondable para todos nosotros. Apenas podíamos comprender que este muchacho de
Nazaret fuera el creador de todo Nebadon.
Y tampoco entendemos en la actualidad cómo están asociados el espíritu de este
mismo Hijo Creador y el espíritu de su Padre Paradisiaco
con las almas de la humanidad. Con el paso del tiempo, podíamos observar que su
mente humana discernía cada vez mejor que, mientras estaba viviendo su vida en
la carne, la responsabilidad de un universo reposaba en espíritu sobre sus
hombros.
Así termina la
carrera del muchacho de Nazaret y comienza el relato
del joven adolescente -el hombre divino cada vez más consciente de sí mismo-
que empieza ahora a considerar su carrera en el mundo, mientras se esfuerza por
integrar su proyecto de vida en desarrollo con los deseos de sus padres y las
obligaciones hacia su familia y la sociedad de su tiempo.