JESÚS EN JERUSALÉN
DE TODA LA extraordinaria carrera terrestre de Jesús, ningún
acontecimiento fue más atractivo, más humanamente conmovedor, que esta visita a
Jerusalén, la primera que recordaba. La experiencia de asistir solo a las
discusiones del templo le resultó particularmente estimulante, y se grabó
durante mucho tiempo en su memoria como el acontecimiento más importante del
final de su infancia y del principio de su juventud. Ésta fue la primera
oportunidad que tuvo de disfrutar de unos pocos días de vida independiente, de
la alegría de ir y de venir sin sujeción ni restricciones. Este breve período
viviendo a su aire, durante la semana siguiente a la Pascua, fue el primero
totalmente libre de obligaciones que había disfrutado nunca. Pasaron muchos
años antes de que volviera a disponer, aunque fuera por poco tiempo, de un
período semejante libre de todo sentido de la responsabilidad.
Las mujeres
asistían rara vez a la fiesta de la Pascua en Jerusalén, porque no se requería
su presencia. Sin embargo, Jesús se negó prácticamente a partir a menos que su
madre los acompañara. Cuando ella se decidió a ir, muchas mujeres de Nazaret se sintieron motivadas para hacer el viaje, de
manera que la expedición pascual contenía, en proporción con los hombres, el
mayor número de mujeres que había salido nunca de Nazaret
para la Pascua. En el camino de Jerusalén, los viajeros cantaron de vez en
cuando el Salmo ciento treinta.
Desde el momento
en que salieron de Nazaret hasta que llegaron a la
cima del Monte de los Olivos, Jesús experimentó todo el tiempo la tensión de la
expectativa. Durante toda su alegre infancia, había oído hablar con respeto de
Jerusalén y de su templo; ahora iba pronto a contemplarlos en la realidad.
Visto desde el Monte de los Olivos, y al observarlo más de cerca desde el
exterior, el templo había colmado con creces lo que Jesús esperaba; pero una
vez que traspasó las puertas sagradas, la gran desilusión empezó.
En compañía de
sus padres, Jesús atravesó los recintos del templo para reunirse con el grupo
de los nuevos hijos de la ley que estaban a punto de ser consagrados como
ciudadanos de Israel. Se sintió un poco decepcionado por el comportamiento
general de la gente en el templo, pero la primera gran conmoción del día se
produjo cuando su madre los dejó para dirigirse a la galería de las mujeres. A
Jesús nunca se le había ocurrido que su madre no lo acompañaría a las
ceremonias de la consagración, y estaba completamente indignado por que ella
tuviera que soportar una discriminación tan injusta. Estaba enormemente
enfadado por esto, pero aparte de unas palabras de protesta a su padre, no dijo
nada. Sin embargo reflexionó, y reflexionó profundamente, como lo demostraron
sus preguntas a los escribas y educadores una semana después.
Participó en los
rituales de la consagración, pero le decepcionó su naturaleza superficial y
rutinaria. Echaba de menos aquel interés personal que caracterizaba a las
ceremonias de la sinagoga de Nazaret. A continuación
regresó para saludar a su madre, y se preparó para acompañar a su padre en su
primer recorrido por el templo y sus patios, galerías y corredores diversos.
Los recintos del templo podían contener más de doscientos mil creyentes a la
vez, y aunque la enormidad de estos edificios -en comparación con otros que
hubiera visto antes- le causó una gran impresión, estaba más interesado en
meditar sobre el significado espiritual de las ceremonias del templo y del
culto asociado a las mismas.
Aunque muchos
rituales del templo impresionaron vivamente su sentido de la belleza y de lo
simbólico, continuaban decepcionándole las explicaciones que sus padres le
ofrecían sobre el significado real de estas ceremonias, en respuesta a sus
múltiples preguntas penetrantes. Jesús simplemente no podía aceptar unas
explicaciones sobre el culto y la devoción religiosa, basadas en la creencia en
la ira de Dios o en la cólera del Todopoderoso. Después de terminar la visita
del templo, continuaron discutiendo estas cuestiones y su padre le insistía
suavemente para que aceptara las creencias ortodoxas judías; Jesús se volvió
repentinamente hacia sus padres y, mirando a los ojos de su padre de manera
suplicante, le dijo: "Padre, no puede ser verdad -el Padre que está en los
cielos no puede mirar de ese modo a sus hijos desviados de la tierra. El Padre
celestial no puede amar a sus hijos menos de lo que tú me amas. Por muy
imprudentes que sean mis actos, sé muy bien que nunca derramarías tu ira sobre mi, ni descargarías tu cólera contra mi. Si tú, mi padre
terrenal, posees esos reflejos humanos de lo Divino, cuánto más el Padre
celestial deberá estar lleno de bondad y rebosante de misericordia. Me niego a
creer que mi Padre celestial me ame menos que mi padre terrenal."
Cuando José y
María oyeron estas palabras de su hijo primogénito, se quedaron en silencio.
Nunca más trataron de cambiar sus ideas sobre el amor de Dios y la misericordia
del Padre que está en los cielos.
1. JESÚS VISITA EL TEMPLO
A Jesús le
disgustó y le repugnó el espíritu de irreverencia que observó en todos los
patios del templo que recorrió. Estimaba que la conducta de las multitudes en
el templo no era consecuente con el hecho de estar presentes en "la casa
de su Padre". Pero recibió el mayor golpe de su joven vida cuando su padre
lo acompañó al patio de los gentiles, donde la jerga ruidosa, las voces y las
maldiciones se mezclaban indiscriminadamente con el balido de las ovejas y la
cháchara ruidosa que revelaba la presencia de los cambistas y de los vendedores
de animales para los sacrificios y otras mercancías diversas.
Pero por encima
de todo, su sentido de lo adecuado se vió ultrajado
al observar las frívolas cortesanas que se pavoneaban por este recinto del
templo, iguales a las mujeres repintadas que había visto tan recientemente en
una visita a Séforis. Esta profanación del templo
suscitó toda su indignación juvenil y no titubeó en expresárselo claramente a
José.
Jesús admiraba
la atmósfera y el servicio del templo, pero le disgustaba la fealdad espiritual
que observaba en el rostro de tantos adoradores irreflexivos.
A continuación
descendieron al patio de los sacerdotes, bajo el borde rocoso delante del
templo, donde estaba el altar, para observar la matanza de los rebaños de
animales y las abluciones en la fuente de bronce para lavar la sangre de las
manos de los sacerdotes que oficiaban la masacre. El pavimento manchado de
sangre, las manos ensangrentadas de los sacerdotes y el gemido de los animales
agonizantes sobrepasaron lo que podía soportar este muchacho amante de la naturaleza.
El terrible espectáculo descompuso a este joven de Nazaret;
se agarró al brazo de su padre y le rogó que lo sacara de allí. Regresaron
atravesando el patio de los gentiles; incluso las risas groseras y las bromas
profanas que escuchó allí fueron un alivio después de lo que acababa de
presenciar.
José vió cuánto habían afectado a su hijo los ritos del templo y
lo llevó sabiamente a ver "la hermosa puerta", la puerta artística
hecha con bronce corintio. Pero Jesús ya había visto bastante para esta primera
visita al templo. Regresaron al patio superior en busca de María y caminaron
durante una hora al aire libre, lejos del gentío, mirando el palacio Asmoneo, la residencia imponente de Herodes y la torre de
los guardias romanos. Durante este paseo, José explicó a Jesús que sólo los
vecinos de Jerusalén tenían permiso para asistir a los sacrificios diarios del
templo, y que los habitantes de Galilea sólo venían al templo tres veces al año
para participar en el culto: en la Pascua, en la fiesta de Pentecostés (siete
semanas después de la Pascua) y en la fiesta de los tabernáculos en octubre.
Estas fiestas habían sido establecidas por Moisés. Analizaron a continuación
las dos últimas fiestas establecidas, la de la dedicación y la de Purim. Después regresaron a su alojamiento y se prepararon
para celebrar la Pascua.
2. JESÚS Y LA PASCUA
Cinco familias
de Nazaret habían sido invitadas por la familia de
Simón de Betania, o se asociaron a ella, para
celebrar la Pascua. Simón había comprado el cordero pascual para todo el grupo.
La masacre de un número tan enorme de estos corderos es lo que había afectado
tanto a Jesús en su visita al templo. Habían planeado comer la Pascua con los
parientes de María, pero Jesús persuadió a sus padres para que aceptaran la
invitación de ir a Betania.
Aquella noche se
reunieron para los ritos de la Pascua, comiendo la carne asada con el pan ázimo y las hierbas amargas. Como Jesús era un nuevo hijo
de la alianza, se le pidió que relatara el origen de la Pascua, y lo hizo muy
bien, pero desconcertó un poco a sus padres con la inclusión de numerosos
comentarios que reflejaban moderadamente las impresiones que habían hecho en su
mente joven, pero reflexiva, las cosas que había visto y oído tan
recientemente. Éste fue el comienzo de los siete días de ceremonias de la
fiesta pascual.
Incluso en esta
fecha temprana, y aunque no dijo nada a sus padres sobre este asunto, Jesús
había empezado a darle vueltas en la cabeza a la idea de si sería adecuado
celebrar la Pascua sin sacrificar el cordero. Estaba mentalmente seguro de que
este espectáculo de la ofrenda de los sacrificios no complacía al Padre
celestial y, con el paso de los años, estuvo cada vez más resuelto a establecer
algún día la celebración de una Pascua sin derramamiento de sangre.
Jesús durmió muy
poco aquella noche. Su descanso se vio enormemente alterado por pesadillas de
matanzas y sufrimientos. Tenía la mente aturdida y el corazón desgarrado por
las inconsistencias y el carácter absurdo de la teología de todo el sistema
ceremonial judío. Sus padres durmieron poco también. Estaban bastante
desconcertados por los acontecimientos del día que acababa de terminar. Tenían
el corazón completamente trastornado por la actitud del muchacho, que les
parecía extraña y decidida. María estuvo nerviosamente agitada durante la
primera parte de la noche, pero José permaneció tranquilo, aunque también
estaba perplejo. Los dos temían hablar francamente con el joven de estos
problemas, aunque Jesús hubiera conversado gustosamente con sus padres si se
hubieran atrevido a estimularlo.
Los oficios del
día siguiente en el templo fueron más aceptables para Jesús y contribuyeron
mucho a mitigar los recuerdos desagradables del día anterior. A la mañana
siguiente, el joven Lázaro se hizo cargo de Jesús y empezaron a explorar
sistemáticamente Jerusalén y sus alrededores. Antes de terminar el día, Jesús
había descubierto los diversos lugares alrededor del templo donde se daban
conferencias de enseñanza y respondían a las preguntas de los asistentes;
aparte de algunas visitas al santo de los santos, donde se preguntaba
maravillado qué había realmente detrás del velo de separación, la mayor parte
del tiempo la pasó alrededor del templo en las conferencias de enseñanza.
Durante toda la
semana de la Pascua, Jesús ocupó su lugar entre los nuevos hijos del
mandamiento; esto significaba que tenía que sentarse fuera de la barrera que
separaba a todas las personas que no tenían la plena ciudadanía de Israel. Como
se le recordaba de esta manera lo joven que era, se contuvo y no hizo todas las
preguntas que se amontonaron en su mente; al menos se contuvo hasta que terminó
la celebración de la Pascua y se levantaron las restricciones que se habían
impuesto a los jóvenes recién consagrados.
El miércoles de
la semana de la Pascua, Jesús fue autorizado a ir a casa de Lázaro para pasar
la noche en Betania. Aquella noche, Lázaro, Marta y
María escucharon a Jesús disertar sobre las cosas temporales y eternas, humanas
y divinas, y desde aquella noche los tres lo amaron como si hubiera sido su
propio hermano.
Al final de la
semana, Jesús vio menos a Lázaro porque éste ni siquiera podía entrar en el
círculo exterior de las discusiones del templo, aunque asistió a algunos
discursos públicos que se pronunciaron en los patios exteriores. Lázaro tenía
la misma edad que Jesús, pero en Jerusalén, los jóvenes eran admitidos
raramente a la consagración de los hijos de la ley antes de que cumplieran los
trece años de edad.
Durante la
semana de la Pascua, los padres de Jesús encontraron repetidas veces a su hijo
sentado a solas y profundamente pensativo, con su joven cabeza entre las manos.
Nunca lo habían visto comportarse de esta manera y estaban dolorosamente
perplejos, sin saber hasta qué punto la confusión reinaba en su mente y la
perturbación en su espíritu, a causa de la experiencia que estaba atravesando;
no sabían qué hacer. Se alegraban de que terminara la semana de la Pascua y
deseaban ver a su hijo, que actuaba de manera extraña, felizmente de regreso en
Nazaret.
Día tras día,
Jesús volvía a pensar en todos sus problemas. Al final de la semana ya había
efectuado muchos ajustes; pero cuando llegó la hora de regresar a Nazaret, su joven mente aún hervía de perplejidad y estaba
acosada por un montón de preguntas sin respuestas y de problemas sin resolver.
Antes de que
José y María partieran de Jerusalén, tomaron las medidas oportunas, en compañía
del maestro de Jesús en Nazaret, para que Jesús
regresara a Jerusalén cuando cumpliera los quince años, a fin de empezar un
largo ciclo de estudios en una de las academias rabínicas más famosas. Jesús
acompañó a sus padres y a su profesor en sus visitas a la escuela, pero los
tres se entristecieron al observar la indiferencia que aparentaba ante todo lo
que hacían y decían. María estaba profundamente apenada por sus reacciones a la
visita a Jerusalén, y José enormemente perplejo por los extraños comentarios y
la conducta insólita del muchacho.
Después de todo,
la semana de la Pascua había sido un gran acontecimiento en la vida de Jesús.
Había disfrutado de la oportunidad de conocer a decenas de muchachos de su
misma edad, candidatos como él a la consagración, y utilizó estos contactos
como medio para enterarse de cómo vivía la gente en Mesopotamia,
Turquestán y Partia, así
como en las provincias más occidentales de Roma. Ya conocía bastante bien cómo
se desarrollaba la vida de los jóvenes de Egipto y de otras regiones cercanas a
Palestina. En aquel momento había miles de jóvenes en Jerusalén, y el muchacho
de Nazaret conoció personalmente y entrevistó de
manera más o menos extensa a más de ciento cincuenta. Estaba particularmente
interesado por los que venían de Extremo Oriente y de los países lejanos de
Occidente. Como resultado de estos intercambios, el joven empezó a sentir el
deseo de viajar por el mundo con objeto de aprender cómo trabajaban los
diversos grupos de sus contemporáneos para ganarse la vida.
3. LA PARTIDA DE JOSÉ Y MARÍA
El grupo de Nazaret había acordado reunirse cerca del templo, a media
mañana del primer día de la semana después de terminar la fiesta pascual. Así
lo hicieron y emprendieron su viaje de regreso a Nazaret.
Jesús había entrado en el templo para escuchar los debates, mientras sus padres
aguardaban la llegada de sus compañeros de viaje. La compañía se dispuso a
partir enseguida, con los hombres formando un grupo y las mujeres en otro, como
tenían la costumbre de hacer en sus viajes de ida y vuelta a las fiestas de
Jerusalén. Jesús había venido a Jerusalén en compañía de su madre y de las
mujeres. Pero ahora, como era un joven consagrado, se suponía que haría el
viaje de vuelta a Nazaret con su padre y los hombres.
Mientras el grupo de Nazaret partía hacia Betania, Jesús se había quedado en el templo completamente
absorto en una discusión sobre los ángeles, totalmente insconciente
de que había pasado la hora de la partida de sus padres. No se dio cuenta de
que se había quedado atrás hasta el mediodía, hora en que se suspendían las
conferencias del templo.
Los viajeros de Nazaret no se dieron cuenta de la ausencia de Jesús porque
María suponía que viajaba con los hombres, mientras que José pensaba que iba
con las mujeres, puesto que había ido a Jerusalén con las mujeres, conduciendo
el asno de María. No descubrieron su ausencia hasta que llegaron a Jericó y se
prepararon para pasar la noche. Después de preguntar a los rezagados del grupo
que iban llegando a Jericó, y de haberse enterado que ninguno de ellos había
visto a su hijo, pasaron la noche en blanco, haciendo conjeturas sobre qué
podría haberle ocurrido, mencionando muchas de sus reacciones insólitas ante
los acontecimientos de la semana pascual, y regañándose suavemente el uno al
otro por no haberse asegurado de que estaba en el grupo antes de salir de
Jerusalén.
4. EL PRIMER Y SEGUNDO DÍA EN EL TEMPLO
Mientras tanto,
Jesús había permanecido en el templo durante toda la tarde, escuchando las
discusiones y disfrutando de un ambiente más tranquilo y decente, puesto que
las grandes multitudes de la semana pascual casi habían desaparecido. Al
concluir las discusiones de la tarde, en las cuales no participó, Jesús se
dirigió a Betania, donde llegó en el preciso momento
en que la familia de Simón se disponía a cenar. A los tres jóvenes les encantó
acoger a Jesús, que pasó la noche en casa de Simón. Los vió
muy poco durante la velada, pasando la mayor parte del tiempo meditando a solas
en el jardín.
Al día
siguiente, Jesús se levantó temprano y se encaminó hacia el templo. Se detuvo
en la cima del Olivete y lloró por el espectáculo que
contemplaban sus ojos -el de un pueblo espiritualmente empobrecido, encadenado
por las tradiciones y viviendo vigilado por las legiones romanas. Por la mañana
temprano ya se encontraba en el templo, decidido a participar en los debates.
Mientras tanto, José y María también se habían levantado al amanecer con la
intención de desandar el camino hasta Jerusalén. Primero se dirigieron
apresuradamente a la casa de sus parientes donde se habían alojado en familia
durante la semana pascual, pero sus indagaciones revelaron que nadie había
visto a Jesús. Después de buscarlo todo el día sin encontrar su rastro,
regresaron a casa de sus parientes para pasar la noche.
En la segunda
conferencia, Jesús se había atrevido a hacer preguntas y participó en las
discusiones del templo de una manera sorprendente, aunque siempre compatible
con su juventud. A veces, sus preguntas incisivas ponían un poco en aprietos a
los maestros eruditos de la ley judía, pero mostraba tal espíritu de cándida
honradez, unido a una sed evidente de aprender, que la mayoría de los maestros
del templo estaban dispuestos a tratarle con consideración. Pero cuando se
atrevió a poner en duda que fuera justo condenar a muerte a un gentil
embriagado que se había extraviado fuera del patio de los gentiles, penetrando inadvertidamente
en los recintos prohibidos supuestamente sagrados del templo, uno de los
maestros más intolerantes se impacientó por las críticas implícitas del
muchacho, lo miró con el ceño fruncido y le preguntó cuántos años tenía. Jesús
replicó: "Me faltan poco más de cuatro meses para cumplir los trece
años." "Entonces", añadió el maestro ahora encolerizado,
"¿por qué estás aquí, si no tienes edad para ser un hijo de la ley?"
Cuando Jesús explicó que había sido consagrado durante la Pascua y que era un
estudiante graduado de las escuelas de Nazaret, los
maestros replicaron al unísono, con aire burlón: "Deberíamos haberlo
sabido; es de Nazaret." Pero el presidente
afirmó que Jesús no tenía la culpa de que los dirigentes de la sinagoga de Nazaret lo hubieran graduado formalmente a los doce años,
en lugar de a los trece; aunque algunos de sus detractores se levantaron y se
fueron, se decidió que el muchacho podía continuar tranquilamente como alumno
en las discusiones del templo.
Cuando terminó
esta segunda jornada en el templo, Jesús fue otra vez a Betania
para pasar la noche. Y salió de nuevo al jardín para meditar y orar. Era
evidente que su mente estaba ocupada en la meditación de problemas importantes.
5. EL TERCER DÍA EN EL TEMPLO
Durante el
tercer día de Jesús en el templo con los escribas y maestros, se congregaron
numerosos espectadores que habían oído hablar de este joven de Galilea, para
disfrutar de la experiencia de ver a un muchacho confundir a los sabios de la
ley. Simón también vino desde Betania para observar
lo que hacía el muchacho. Durante toda la jornada, José y María continuaron
buscando ansiosamente a Jesús e incluso entraron varias veces en el templo,
pero nunca se les ocurrió escudriñar los diversos grupos de discusión, aunque
en una ocasión se encontraron casi al alcance de su voz fascinante.
Antes de
terminar el día, toda la atención del principal grupo de debate del templo se
había concentrado en las preguntas de Jesús. Entre sus muchas preguntas se
encontraban éstas:
1.
¿Qué hay realmente en el santo de los santos, detrás del
velo?
2.
¿Por qué las madres de Israel deben estar separadas de los
creyentes varones en el templo?
3.
Si Dios es un padre que ama a sus hijos, ¿por qué toda esta
carnicería de animales para obtener el favor divino? ¿Se ha interpretado
erróneamente la enseñanza de Moisés?
4.
Puesto que el templo está consagrado al culto del Padre
celestial, ¿no es incongruente tolerar la presencia de aquellos que se dedican
al trueque y al comercio mundanos?
5.
¿Será el Mesías esperado un príncipe temporal que ocupará el
trono de David, o actuará como la luz de la vida en el establecimiento de un
reino espiritual?
A lo largo de
todo el día, los espectadores se maravillaron con estas preguntas, pero ninguno
estaba más asombrado que Simón. Durante más de cuatro horas, este joven de Nazaret acosó a aquellos maestros judíos con preguntas que
daban que pensar y sondeaban el corazón. Hizo pocos comentarios a las
observaciones de sus mayores. Trasmitía sus enseñanzas con las preguntas que
hacía. Por medio del planteamiento hábil y sutil de sus preguntas, conseguía
simultáneamente desafiar sus enseñanzas y sugerir las suyas propias. En su
manera de preguntar combinaba con tal encanto la sagacidad y el humor, que se
hacía amar incluso por aquellos que se indignaban más o menos por su juventud.
Siempre era totalmente honrado y considerado cuando efectuaba estas preguntas
penetrantes. Durante esta tarde memorable en el templo, mostró su reticencia
característica, confirmada en todo su ministerio público posterior, a sacar
ventaja desleal de un adversario. Como adolescente, y más tarde como hombre,
parecía estar completamente libre de todo deseo egoísta de ganar una discusión
simplemente por el placer de triunfar sobre sus compañeros por medio de la
lógica. Una sola cosa le interesaba de manera suprema: proclamar la verdad
eterna y efectuar así una revelación más completa del Dios eterno.
Cuando terminó
el día, Simón y Jesús regresaron a Betania. Durante
la mayor parte del camino, el hombre y el niño guardaron silencio. Jesús se
detuvo de nuevo en la cima del Olivete, pero al
contemplar la ciudad y su templo no lloró; solamente inclinó la cabeza en un
gesto de devoción silenciosa.
Después de la
cena en Betania, rehusó una vez más unirse a la
alegre reunión; en lugar de eso, salió al jardín, donde permaneció hasta altas
horas de la noche. Se esforzó inútilmente en elaborar un plan definido para
abordar el problema de su misión en la vida, y para escoger la mejor manera de
trabajar para revelar, a sus compatriotas espiritualmente ciegos, un concepto
más hermoso del Padre celestial, y liberarlos así de su terrible esclavitud a
la ley, a los ritos, a las ceremonias y a las tradiciones arcaicas. Pero la luz
esclarecedora no se le presentó a este joven que buscaba la verdad.
6. EL CUARTO DÍA EN EL TEMPLO
Jesús se había
olvidado, extrañamente, de sus padres terrenales. Incluso en el desayuno,
cuando la madre de Lázaro comentó que sus padres debían estar llegando ahora al
hogar, Jesús no pareció darse cuenta de que estarían un poco preocupados porque
él se había quedado atrás.
De nuevo se
dirigió hacia el templo, pero no se detuvo en la cima del Olivete
para meditar. Durante las discusiones de la mañana, dedicaron mucho tiempo a la
ley y a los profetas, y los maestros se asombraron de que Jesús conociera tan
bien las escrituras, tanto en hebreo como en griego. Pero estaban más perplejos
por su juventud que por su conocimiento de la verdad.
En la
conferencia de la tarde, apenas habían empezado a responder a su pregunta sobre
la finalidad de la oración cuando el presidente invitó al muchacho a que se
acercara, y una vez sentado a su lado, le pidió que expusiera su propio punto
de vista respecto a la oración y la adoración.
La noche
anterior, los padres de Jesús habían oído hablar de un extraño joven que se
batía muy hábilmente con los intérpretes de la ley, pero no se les había
ocurrido que este muchacho pudiera ser su hijo. Casi habían decidido dirigirse
a la casa de Zacarías, pues imaginaban que Jesús podría haber ido allí para ver
a Isabel y a Juan. Pensando que Zacarías quizás estuviera en el templo, se
detuvieron allí camino de la Ciudad de Judá. Mientras
deambulaban por los patios del templo, imaginad su sorpresa y asombro cuando
reconocieron la voz del muchacho extraviado, y lo vieron sentado entre los
maestros del templo.
José se quedó
mudo, pero María dio rienda suelta a su temor y ansiedad largo tiempo
reprimidos; se abalanzó hacia el joven, que ahora se había levantado para
saludar a sus sorprendidos padres, y le dijo: "Hijo mío, ¿por qué nos has
tratado así? Hace ya más de tres días que tu padre y yo te buscamos
angustiados. ¿Qué te ha llevado a abandonarnos?" Fue un momento de
tensión. Todas las miradas se volvieron hacia Jesús para ver qué iba a
contestar. Su padre lo miraba con desaprobación pero no dijo nada.
Hay que recordar
que se suponía que Jesús era un hombre joven. Había terminado la escolaridad
normal de un niño, había sido reconocido como hijo de la ley y había recibido
la consagración como ciudadano de Israel. Sin embargo, su madre le regañaba
duramente delante de todo el público reunido, precísamente
en mitad del esfuerzo más serio y sublime de su joven vida, poniendo fin de
manera poco gloriosa a una de las mayores oportunidades que jamás se le habían
presentado de enseñar la verdad, predicar la rectitud y revelar el carácter
amoroso de su Padre celestial.
Pero el joven se
mostró a la altura de las circunstancias. Si tenéis en cuenta con imparcialidad
todos los factores que se combinaron para dar lugar a esta situación, estaréis
mejor preparados para examinar la sabiduría de la respuesta del chico a la
reprimenda inintencionada de su madre. Después de
reflexionar un momento, Jesús le dijo: "¿Por qué me habéis buscado durante
tanto tiempo? ¿Acaso no esperábais encontrarme en la
casa de mi Padre, puesto que ha llegado la hora de que me ocupe de los asuntos
de mi Padre?"
Todo el mundo se
asombró de la manera de hablar del muchacho. Todos se alejaron en silencio y lo
dejaron a solas con sus padres. El joven suavizó enseguida la embarazosa
situación de los tres diciendo tranquilamente: "Vamos, padres míos, cada
cual ha hecho lo que consideraba mejor. Nuestro Padre que está en los cielos ha
ordenado estas cosas; regresemos a casa."
Partieron en
silencio y por la noche llegaron a Jericó. Sólo se detuvieron una vez, en la
cima del Olivete, donde el joven levantó su cayado
hacia el cielo y, temblando de los pies a la cabeza con la agitación de una
intensa emoción, dijo: "Oh Jerusalén, Jerusalén
y sus habitantes, ¡cuán esclavizados estáis -sometidos al yugo romano y
víctimas de vuestras propias tradiciones- pero volveré para purificar el templo
y liberar a mi pueblo de esta esclavitud!"
Durante los tres
días de viaje hasta Nazaret, Jesús no dijo casi nada;
sus padres tampoco hablaron mucho en su presencia. Estaban realmente
desorientados por la conducta de su hijo primogénito, pero atesoraron sus palabras
en su corazón, aunque no pudieran comprender plenamente su significado.
Al llegar al
hogar, Jesús hizo una breve declaración a sus padres, reiterándoles su afecto y
dándoles a entender que no tenían que temer pues no volvería a ocasionarles nuevas
ansiedades con su conducta. Concluyó esta importante declaración diciendo:
"Aunque debo hacer la voluntad de mi Padre celestial, también obedeceré a
mi padre terrenal. Esperaré a que llegue mi hora."
Aunque
mentalmente Jesús rehusaba muchas veces aprobar los esfuerzos bien
intencionados, pero descaminados, de sus padres por dictarle el rumbo de sus
reflexiones o establecer el plan de su obra en la tierra, sin embargo, de todas
las maneras compatibles con su consagración a hacer la voluntad de su Padre del
Paraíso, se conformaba con mucho agrado a los deseos de su padre terrenal y a
las costumbres de su familia carnal. Incluso cuando no podía aprobarlos, hacía
todo lo posible por conformarse a ellos. Era un artista en la cuestión de
conciliar su consagración al deber con sus obligaciones de lealtad familiar y
de servicio a la sociedad.
José estaba
perplejo, pero María, después de reflexionar sobre estas experiencias, se
sintió fortificada, acabando por considerar las palabras de Jesús en el Olivete como proféticas de la misión mesiánica de su hijo
como liberador de Israel. Se dedicó con renovada energía a moldear los
pensamientos de Jesús dentro de canales nacionalistas y patrióticos, y recurrió
a la ayuda de su hermano, el tío favorito de Jesús. De todas las maneras
posibles, la madre de Jesús se dedicó a la tarea de preparar a su hijo
primogénito para que asumiera el mando de los que querían restaurar el trono de
David y rechazar para siempre la esclavitud política del yugo de los gentiles.