LOS DOS AÑOS CRUCIALES
DE TODAS LAS experiencias de la vida terrestre de Jesús, su
decimocuarto y decimoquinto años fueron los más cruciales. Los dos años
comprendidos entre el momento en que empezó a tomar conciencia de su divinidad
y de su destino, y el momento en que logró un alto grado de comunicación con su
Ajustador interior, fueron los más penosos de su extraordinaria vida en Urantia. Este período de dos años es el que debería
llamarse la gran prueba, la verdadera tentación. Ningún joven humano que haya
experimentado las primeras confusiones y los problemas de adaptación de la
adolescencia, ha tenido que someterse nunca a una prueba más crucial que la que
Jesús atravesó durante su paso de la infancia a la juventud.
Este importante
período en el desarrollo juvenil de Jesús empezó con el final de la visita a
Jerusalén y su regreso a Nazaret. Al principio, María
estaba feliz con la idea de haber recobrado a su hijo, de que Jesús había
vuelto al hogar para ser un hijo obediente -aunque nunca hubiera sido otra
cosa- y que en adelante sería más receptivo a los planes que ella forjaba para
su vida futura. Pero no se iba a calentar durante mucho tiempo al sol de las
ilusiones maternas y del orgullo familiar no reconocido; muy pronto se iba a
desilusionar mucho más. El muchacho vivía cada vez más en compañía de su padre;
cada vez acudía menos a ella con sus problemas. Al mismo tiempo, sus padres
comprendían cada vez menos sus frecuentes alternancias entre los asuntos de
este mundo y las meditaciones sobre su relación con los asuntos de su Padre.
Francamente, no lo comprendían, pero lo amaban sinceramente.
A medida que
Jesús crecía, su compasión y su amor por el pueblo judío se hicieron más
profundos, pero con el paso de los años, se fue acentuando en su mente un justo
resentimiento contra la presencia, en el templo del Padre, de los sacerdotes
nombrados por razones políticas. Jesús tenía un gran respeto por los fariseos
sinceros y los escribas honestos, pero sentía un gran menosprecio por los
fariseos hipócritas y los teólogos deshonestos; miraba con desdén a todos los
jefes religiosos que no eran sinceros. Cuando examinaba a fondo la conducta de
los dirigentes de Israel, a veces se sentía tentado a ver con buenos ojos la
posibilidad de convertirse en el Mesías que esperaban los judíos, pero nunca
cedió a esta tentación.
El relato de sus
hazañas entre los sabios del templo en Jerusalén era gratificante para todo Nazaret, en especial para sus antiguos maestros de la
escuela de la sinagoga. Durante algún tiempo, los elogios hacia Jesús
estuvieron en boca de todos. Todo el pueblo contaba su sabiduría infantil y su
conducta ejemplar, y predecía que estaba destinado a convertirse en un gran
jefe de Israel; por fin saldría de Nazaret de Galilea
un maestro realmente superior. Todos esperaban el momento en que cumpliera los
quince años para que se le permitiera leer regularmente las escrituras en la
sinagoga el día del sábado.
1. SU DECIMOCUARTO AÑO (AÑO 8 d. de J.C.)
Este año 8 es,
según el calendario, el de su decimocuarto cumpleaños. Había aprendido muy bien
a hacer yugos y a trabajar bien con la lona y el cuero. También se estaba
convirtiendo rápidamente en un experto carpintero y ebanista. Este verano subía
con frecuencia a la cima de la colina, situada al noroeste de Nazaret, para orar y meditar. Gradualmente, se iba haciendo
más conciente de la naturaleza de su donación en la tierra.
Hacía poco más
de cien años que esta colina había sido el "alto lugar de Baal", y
ahora se encontraba allí la tumba de Simeón, un santo varón famoso en Israel.
Desde la cumbre de la colina de Simeón, Jesús dominaba con la vista todo Nazaret y la región circundante. Divisaba Meguido y recordaba la historia del ejército egipcio que
ganó allí su primera gran victoria en Asia; y cómo posteriormente, un ejército
semejante derrotó a Josías, el rey de Judea. No lejos
de allí podía divisar Taanac, donde Débora y Barac derrotaron a Sísara. En la
distancia podía ver las colinas de Dotán donde, según
le habían enseñado, los hermanos de José lo vendieron como esclavo a los
egipcios. Luego, al volver la vista hacia Ebal y Gerizim, rememoraba las tradiciones de Abraham, Jacob y Abimelec. Así es como recordaba y repasaba en su mente los
acontecimientos históricos y tradicionales del pueblo de su padre José.
Continuó con sus
cursos superiores de lectura bajo la dirección de los profesores de la
sinagoga, y también se ocupaba de la educación familiar de sus hermanos y
hermanas a medida que iban alcanzando la edad apropiada.
A primeros de este
año, José empezó a ahorrar los ingresos procedentes de sus propiedades de Nazaret y Cafarnaum, para pagar
el largo ciclo de estudios de Jesús en Jerusalén; se había planeado que Jesús
iría a Jerusalén en agosto del año siguiente, cuando cumpliera los quince años.
Desde los
comienzos de este año, José y María tuvieron dudas frecuentes sobre el destino
de su hijo primogénito. Era ciertamente un muchacho brillante y amable, pero
muy difícil de comprender y muy arduo de sondear; además, nunca había sucedido
nada de extraordinario o de milagroso. Su madre, orgullosa, había permanecido
decenas de veces en una expectativa sin aliento, esperando ver a su hijo
realizar alguna acción milagrosa o sobrehumana; pero sus esperanzas siempre
terminaban en una cruel decepción. Todo esto era desalentador e incluso
descorazonador. La gente piadosa de aquellos tiempos creía sinceramente que los
profetas y los hombres de la promesa demostraban siempre su vocación, y
establecían su autoridad divina, realizando milagros y haciendo prodigios. Pero
Jesús no hacía nada de esto; por ello, la confusión de sus padres aumentaba sin
cesar a medida que consideraban su futuro.
El mejoramiento
de la situación económica de la familia de Nazaret se
reflejaba de muchas maneras en el hogar, especialmente en el aumento del número
de tablillas blancas y lisas que se utilizaban como pizarras para escribir; la
escritura la efectuaban con un carboncillo. A Jesús también se le permitió
reanudar sus clases de música, pues le encantaba tocar el arpa.
Se puede decir
en verdad que, a lo largo de este año, Jesús "creció en el favor de los
hombres y de Dios". Las perspectivas de la familia parecían buenas y el
futuro se presentaba resplandeciente.
2. LA MUERTE DE JOSÉ
Todo fue bien
hasta aquel martes fatal 25 de septiembre, cuando un mensajero de Séforis trajo a esta casa de Nazaret
la trágica noticia de que José había sufrido graves lesiones al caerse una grúa
de pescante, mientras trabajaba en la residencia del gobernador. El mensajero
de Séforis se había detenido en el taller antes de
llegar al domicilio de José. Informó a Jesús del accidente de su padre, y los
dos juntos fueron a la casa para comunicar la triste noticia a María. Jesús
deseaba ir inmediatamente al lado de su padre, pero María no quería saber nada
que no fuera salir corriendo para estar junto a su marido. Decidió que iría a Séforis en compañía de Santiago, que por entonces tenía
diez años, mientras que Jesús permanecería en la casa con los niños más
pequeños hasta su regreso, pues no conocía la gravedad de las heridas de José.
Pero José había muerto a consecuencia de sus lesiones antes de que llegara
María. Lo trajeron a Nazaret y al día siguiente fue
enterrado con sus antepasados.
Justo en el
momento en que las perspectivas eran buenas y el futuro parecía sonreírles, una
mano aparentemente cruel golpeaba al cabeza de familia de Nazaret.
Los asuntos de este hogar saltaron en pedazos y todos los planes con respecto a
Jesús y su futura educación quedaron destruidos. Este joven carpintero, que
acababa de cumplir catorce años, tomó conciencia de que no sólo tenía que
cumplir la misión recibida de su Padre celestial, o sea revelar la naturaleza
divina en la tierra y en la carne, sino que su joven naturaleza humana tenía
que asumir también la responsabilidad de cuidar de su madre viuda y de sus
siete hermanos y hermanas -sin contar la que aún no había nacido. Este joven de
Nazaret se convertía ahora en el único sostén y
consuelo de esta familia tan súbitamente afligida. Así se permitió que
sucedieran en Urantia unos acontecimientos de tipo
natural que forzaron a este joven del destino a asumir bien pronto unas
responsabilidades considerables, pero altamente pedagógicas y disciplinarias.
Se convirtió en el jefe de una familia humana, en el padre de sus propios
hermanos y hermanas; tenía que sostener y proteger a su madre y actuar como
guardián del hogar de su padre, el único hogar que llegaría a conocer mientras
estuvo en este mundo.
Jesús aceptó de
buena gana las responsabilidades que cayeron tan repentinamente sobre él y las
asumió fielmente hasta el final. Al menos un gran problema y una dificultad
prevista en su vida se habían resuelto trágicamente -ya no se esperaba que
fuera a Jerusalén para estudiar con los rabinos. Siempre fue verdad que Jesús
"no era el discípulo de nadie". Siempre estaba dispuesto a aprender
incluso del niño más humilde, pero su autoridad para enseñar la verdad nunca la
obtuvo de fuentes humanas.
Aún no sabía
nada de la visita de Gabriel a su madre antes de su nacimiento; sólo lo supo
por Juan el día de su bautismo, al comienzo de su ministerio público.
A medida que
pasaban los años, este joven carpintero de Nazaret
valoraba cada vez mejor las instituciones de la sociedad y las costumbres de la
religión con un criterio invariable: ¿Qué hacen por el alma humana? ¿Traen a
Dios más cerca del hombre? ¿Llevan al hombre hacia Dios? Aunque este joven no
descuidaba por completo los aspectos recreativos y sociales de la vida, cada
vez consagraba más su tiempo y sus energías a dos únicas metas: cuidar a su
familia y prepararse para hacer en la tierra la voluntad celestial de su Padre.
Este año, los
vecinos cogieron la costumbre de dejarse caer por la casa durante las noches de
invierno, para escuchar a Jesús tocar el arpa, oír sus historias (pues el
muchacho era un excelente narrador) y escuchar cómo leía las escrituras en
griego.
Los asuntos
económicos de la familia continuaron rodando bastante bien, porque disponían de
una suma considerable de dinero en el momento de la muerte de José. Jesús no
tardó en demostrar que poseía un juicio penetrante para los negocios y
sagacidad financiera. Era desprendido, pero moderado, y ahorrativo, pero
generoso. Demostró ser un administrador prudente y eficaz de los bienes de su
padre.
Pero a pesar de
todo lo que hacían Jesús y los vecinos de Nazaret
para traer alegría a la casa, María, e incluso los niños, estaban llenos de
tristeza. José ya no estaba. Había sido un marido y un padre excepcional, y
todos lo echaban de menos. Su muerte les parecía aun más trágica cuando
pensaban que no habían podido hablar con él o recibir su última bendición.
3. EL DECIMOQUINTO AÑO (AÑO 9 d. de J.C.)
A mediados de
este decimoquinto año -contamos el tiempo de acuerdo con el calendario del
siglo veinte, y no según el año judío- Jesús había cogido firmemente las
riendas de la administración de los asuntos de su familia. Antes de finalizar
este año, sus ahorros casi habían desaparecido, y se encontraron en la
necesidad de vender una de las casas de Nazaret que
José poseía en común con su vecino Jacobo.
Rut, la más
pequeña de la familia, nació la noche del miércoles 17 de abril del año 9. En
la medida de sus posibilidades, Jesús se esforzó por ocupar el lugar de su
padre, consolando y cuidando a su madre durante esta prueba penosa y
particularmente triste. Durante cerca de veinte años (hasta que empezó su
ministerio público) ningún padre ha podido amar y educar a su hija con más
afecto y fidelidad de como Jesús cuidó a la pequeña Rut. Fue igualmente un buen
padre para todos los demás miembros de su familia.
Durante este
año, Jesús formuló por primera vez la oración que enseñó posteriormente a sus
apóstoles, y que muchos conocen con el nombre de "Padre Nuestro". En
cierto modo, fue una evolución del culto familiar; tenían muchas fórmulas de
alabanza y diversas oraciones formales. Después de la muerte de su padre, Jesús
trató de enseñar a los niños mayores a que se expresaran de manera individual
en sus oraciones -como a él tanto le gustaba hacer- pero no podían comprender
su pensamiento y retrocedían invariablemente a sus formas de rezar aprendidas
de memoria. En este esfuerzo por estimular a sus hermanos y hermanas mayores
para que dijeran oraciones individuales, Jesús trató de mostrarles el camino
con frases sugerentes; y pronto se descubrió que, sin intención alguna por su
parte, todos utilizaban una forma de rezar ampliamente basada en las ideas
directrices que Jesús les había enseñado.
Al final, Jesús
renunció a la idea de que cada miembro de la familia formulara oraciones
espontáneas. Una noche de octubre, se sentó cerca de la pequeña lámpara
rechoncha, junto a la mesa baja de piedra; cogió una tablilla de cedro pulido
de unos cincuenta centímetros de lado, y con un trozo de carboncillo escribió
la oración que sería en adelante la súplica modelo de toda la familia.
Durante este
año, Jesús estuvo muy inquieto debido a sus reflexiones confusas. Sus
responsabilidades familiares habían alejado, de manera bastante eficaz, toda
idea de desarrollar enseguida un plan que se adecuara al mandato recibido en la
visita de Jerusalén para que "se ocupara de los asuntos de su Padre".
Jesús razonaba, con acierto, que velar por la familia de su padre terrenal
debía tener prioridad sobre cualquier otro deber, que mantener a su familia
debía ser su primera obligación.
En el transcurso
de este año, Jesús encontró en el llamado Libro de Enoc
un pasaje que le incitó más tarde a adoptar la expresión "Hijo del
Hombre" para designarse durante su misión donadora en Urantia.
Había estudiado cuidadosamente la idea del Mesías judío y estaba firmemente
convencido de que él no estaba destinado a ser ese Mesías. Deseaba intensamente
ayudar al pueblo de su padre, pero nunca pensó en ponerse al frente de los
ejércitos judíos para liberar Palestina de la dominación extranjera. Sabía que
nunca se sentaría en el trono de David en Jerusalén. Tampoco creía que su
misión como liberador espiritual o educador moral se limitaría exclusivamente
al pueblo judío. Así pues, la misión de su vida no podía ser de ninguna manera
el cumplimiento de los deseos intensos y de las supuestas profecías mesiánicas
de las escrituras hebreas, al menos no de la manera en que los judíos comprendían
estas predicciones de los profetas. Asímismo, estaba
seguro de que nunca debería aparecer como el Hijo del Hombre descrito por el
profeta Daniel.
Pero cuando le
llegara la hora de presentarse públicamente como educador del mundo, ¿cómo se
llamaría a sí mismo? ¿De qué manera definiría su misión? ¿Con qué nombre lo
llamarían las gentes que se pondrían a creer en sus enseñanzas?
Mientras le daba
vueltas a estos problemas en su cabeza, encontró en la biblioteca de la
sinagoga de Nazaret, entre los libros apocalípticos
que había estado estudiando, el manuscrito llamado "El Libro de Enoc". Aunque estaba seguro que no había sido escrito
por el Enoc de los tiempos pasados, le resultó muy
interesante, y lo leyó y releyó muchas veces. Había un pasaje que le impresionó
particularmente, aquel en el que aparecía la expresión "Hijo del
Hombre". El autor del pretendido Libro de Enoc
continuaba hablando de este Hijo del Hombre, describiendo la obra que debería
hacer en la tierra y explicando que este Hijo del Hombre, antes de descender a
esta tierra para aportar la salvación a la humanidad, había cruzado los atrios
de la gloria celestial con su Padre, el Padre de todos; y había renunciado a
toda esta grandeza y a toda esta gloria para descender a la tierra y proclamar
la salvación a los mortales necesitados. A medida que Jesús leía estos pasajes
(sabiendo muy bien que gran parte del misticismo oriental incorporado en estas
enseñanzas era falso), sentía en su corazón y reconocía en su mente que, de
todas las predicciones mesiánicas de las escrituras hebreas y de todas las
teorías sobre el libertador judío, ninguna estaba tan cerca de la verdad como
esta historia incluída en el Libro de Enoc, el cual sólo estaba parcialmente acreditado; allí
mismo y en ese momento decidió adoptar como título inaugural "el Hijo del
Hombre". Y esto fue lo que hizo cuando empezó posteriormente su obra
pública. Jesús tenía una habilidad infalible para reconocer la verdad, y nunca
dudaba en abrazarla, sin importarle la fuente de la que parecía emanar.
Por esta época
ya tenía decididas muchas cosas relacionadas con su futuro trabajo en el mundo,
pero no dijo nada de estas cuestiones a su madre, que seguía aferrada a la idea
de que él era el Mesías judío.
Jesús pasó ahora
por la gran confusión de su época juvenil. Después de haber definido un poco la
naturaleza de su misión en la tierra, o sea "ocuparse de los asuntos de su
Padre" -mostrar la naturaleza amorosa de su Padre hacia toda la humanidad-
empezó a examinar de nuevo las numerosas declaraciones de las escrituras
referentes a la venida de un libertador nacional, de un rey o educador judío.
¿A qué acontecimiento se referían estas profecías? Él mismo, ¿era o no era
judío? ¿Pertenecía o no a la casa de David? Su madre afirmaba que sí; su padre
había indicado que no. Él decidió que no. Pero, ¿habían confundido los profetas
la naturaleza y la misión del Mesías?
Después de todo,
¿sería posible que su madre tuviera razón? En la mayoría de los casos, cuando
en el pasado habían surgido diferencias de opinión, era ella quien había tenido
razón. Si él era un nuevo educador y no el Mesías, ¿cómo podría reconocer al
Mesías judío si éste aparecía en Jerusalén durante el tiempo de su misión
terrestre, y cuál sería entonces su relación con este Mesías judío? Después de
que hubiera emprendido la misión de su vida, ¿cuáles serían sus relaciones con
su familia, con la religión y la comunidad judías, con el Imperio Romano, con
los gentiles y sus religiones? El joven galileo le
daba vueltas en su mente a cada uno de estos importantes problemas y los
examinaba seriamente mientras continuaba trabajando en el banco de carpintero,
ganándose laboriosamente su propia vida, la de su madre y la de otras ocho
bocas hambrientas.
Antes de
finalizar este año, María vio que los fondos de la familia disminuían.
Transfirió la venta de las palomas a Santiago. Poco después compraron una
segunda vaca y, con la ayuda de Miriam, empezaron a vender leche a sus vecinos
de Nazaret.
Los profundos
períodos de meditación de Jesús, sus frecuentes desplazamientos a lo alto de la
colina para orar y todas las ideas extrañas que insinuaba de vez en cuando,
alarmaron considerablemente a su madre. A veces pensaba que el joven estaba
fuera de sí, pero luego dominaba sus temores al recordar que, después de todo,
era un hijo de la promesa y, de alguna manera, diferente a los demás jóvenes.
Pero Jesús
estaba aprendiendo a no expresar todos sus pensamientos, a no exponer todas sus
ideas al mundo, ni siquiera a su propia madre. A partir de este año, sus
informaciones sobre lo que pasaba por su mente fueron reduciéndose cada vez
más; es decir, hablaba menos sobre cosas que las personas corrientes no podían
comprender, y que podían conducirle a ser considerado como un tipo raro o
diferente de la gente común. Según las apariencias, se volvió vulgar y
convencional, aunque anhelaba encontrar a alguien que pudiera comprender sus
problemas. Deseaba vivamente tener un amigo fiel y de confianza, pero sus
problemas eran demasiado complejos para que pudieran ser comprendidos por sus
compañeros humanos. La singularidad de esta situación excepcional le obligó a
soportar solo el peso de su carga.
4. EL PRIMER SERMÓN EN LA SINAGOGA
A partir de los
quince años, Jesús podía ocupar oficialmente el púlpito de la sinagoga el día
del sábado. En muchas ocasiones anteriores, cuando faltaban oradores, habían
pedido a Jesús que leyera las escrituras, pero ahora había llegado el día en
que la ley le permitía oficiar el servicio. Por consiguiente, el primer sábado
después de su decimoquinto cumpleaños, el chazán
arregló las cosas para que Jesús dirigiera los oficios matutinos de la
sinagoga. Cuando todos los fieles de Nazaret
estuvieron congregados, el joven, que ya había seleccionado un texto de las
escrituras, se levantó y comenzó a leer:
"El
espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque el Señor me ha ungido; me ha
enviado para traer buenas nuevas a los mansos, para vendar a los doloridos,
para proclamar la libertad a los cautivos y liberar a los presos espirituales;
para proclamar el año de la gracia de Dios y el día del ajuste de cuentas de
nuestro Dios; para consolar a todos los afligidos y darles belleza en lugar de
ceniza, el óleo de la alegría en lugar del luto, un canto de alabanza en vez de
un espíritu angustiado, para que puedan ser llamados árboles de rectitud, la
plantación del Señor, destinada a glorificarlo.
"Buscad el
bien y no el mal para que podáis vivir, y así el Señor, el Dios de los
ejércitos, estará con vosotros. Aborreced el mal y amad el bien; estableced el
juicio en la puerta. Quizá el Señor Dios será benévolo con el remanente de José.
"Lavaos,
purificaos; la maldad de vuestras obras quitadla de delante de mis ojos; dejad
de hacer el mal y aprended a hacer el bien; buscad la justicia, socorred al
oprimido. Defended al huérfano y amparad a la viuda.
"¿Con qué
me presentaré ante el Señor, para inclinarme ante el Señor de toda la tierra?
¿Vendré ante él con holocaustos, con becerros de un año? ¿Le agradarán al Señor
millares de carneros, decenas de millares de ovejas, o ríos de aceite? ¿Daré mi
primogénito por mi transgresión, el fruto de mi
cuerpo por el pecado de mi alma? ¡No!, porque el Señor nos ha mostrado, oh hombres, lo que es bueno. ¿Y qué os pide el Señor si no
que seáis justos, que améis la misericordia y que caminéis humildemente con
vuestro Dios?
"¿Con
quién, entonces, compararéis a Dios que está sentado en el círculo de la
tierra? Levantad los ojos y mirad quién ha creado todos estos mundos, quién
produce sus huestes por multitudes y las llama a todas por su nombre. Él hace
todas estas cosas por la grandeza de su poder, y debido a la fuerza de su
poder, ninguna fallará. Él da vigor al débil, y multiplica las fuerzas de los
que están fatigados. No temáis, porque estoy con vosotros; no desmayéis, porque
soy vuestro Dios. Os fortificaré y os ayudaré; sí, os sustentaré con la diestra
de mi justicia, porque yo soy el Señor vuestro Dios. Y sostendré vuestra mano
derecha, diciéndoos: no temáis, porque yo os ayudaré.
"Y tú eres
mi testigo, dice el Señor, y mi siervo a quien he escogido para que todos
puedan conocerme, creerme y entender que yo soy el Eterno. Yo, sólo yo, soy el
Señor, y fuera de mí no hay salvador".
Cuando terminó
de leer así, se sentó, y la gente se fue a sus casas meditando las palabras que
les había leído con tanto agrado. Sus paisanos nunca lo habían visto tan
magníficamente solemne; nunca lo habían oído con una voz tan seria y tan
sincera; nunca lo habían visto tan varonil y decidido, con tanta autoridad.
Ese sábado por
la tarde Jesús subió con Santiago a la colina de Nazaret,
y cuando regresaron a casa, con un carboncillo escribió los Diez Mandamientos
en griego sobre dos tablillas. Más tarde, Marta coloreó y adornó estas
tablillas y estuvieron colgadas mucho tiempo en la pared, encima del pequeño
banco de trabajo de Santiago.
5. LA LUCHA FINANCIERA
Jesús y su
familia volvieron gradualmente a la vida simple de sus primeros años. Sus ropas
e incluso sus alimentos se simplificaron. Tenían leche, mantequilla y queso en
abundancia. Según la estación, disfrutaban de los productos de su huerto, pero
cada mes que pasaba les obligaba a practicar una mayor frugalidad. Su desayuno
era muy simple; los mejores alimentos los reservaban para la cena. Sin embargo,
la falta de riqueza entre estos judíos no implicaba una inferioridad social.
Este joven ya
poseía una comprensión casi completa de cómo vivían los hombres de su tiempo.
Sus enseñanzas posteriores muestran hasta qué punto comprendía bien la vida en
el hogar, en el campo y en el taller; revelan plenamente su contacto íntimo con
todas las fases de la experiencia humana.
El chazán de Nazaret continuaba
aferrado a la creencia de que Jesús estaba destinado a convertirse en un gran
educador, probablemente en el sucesor del famoso Gamaliel
de Jerusalén.
Todos los planes
de Jesús para su carrera aparentemente se habían desbaratado. Tal como se
desarrollaban las cosas, el futuro no parecía muy brillante. Sin embargo, no
vaciló ni se desanimó. Continuó viviendo día tras día, desempeñando bien su
deber cotidiano y cumpliendo fielmente con las responsabilidades inmediatas de
su posición social en la vida. La vida de Jesús es el consuelo eterno de todos
los idealistas decepcionados.
El salario
diario de un carpintero corriente disminuía poco a poco. A finales de este año,
y trabajando de sol a sol, Jesús sólo podía ganar el equivalente de un cuarto
de dólar al día. Al año siguiente les resultó difícil pagar los impuestos
civiles, sin mencionar las contribuciones a la sinagoga y el impuesto de medio siclo para el templo. Durante este año, el recaudador de
impuestos intentó arrancarle a Jesús una renta suplementaria, e incluso le
amenazó con llevarse su arpa.
Temiendo que el
ejemplar de las escrituras en griego pudiera ser descubierto y confiscado por
los recaudadores de impuestos, Jesús lo donó a la biblioteca de la sinagoga de Nazaret el día de su decimoquinto cumpleaños, como su
ofrenda de madurez al Señor.
El gran disgusto
de su decimoquinto año se produjo cuando Jesús fue a Séforis
para recibir el veredicto de Herodes, relacionado con la apelación que habían
interpuesto ante él por la controversia sobre la cantidad de dinero que le
debían a José en el momento de su muerte accidental. Jesús y María habían
esperado recibir una considerable suma de dinero, pero el tesorero de Séforis les había ofrecido una cantidad irrisoria. Los
hermanos de José apelaron ante el mismo Herodes, y ahora Jesús se encontraba en
el palacio y oyó a Herodes decretar que a su padre no se le debía nada en el
momento de su muerte. A causa de esta decisión tan injusta, Jesús nunca más
confió en Herodes Antipas. No es extraño que en una
ocasión se refiriera a Herodes como "ese zorro".
Durante este año
y los siguientes, el duro trabajo en el banco de carpintero privó a Jesús de la
posibilidad de relacionarse con los viajeros de las caravanas. Un tío suyo ya
se había hecho cargo de la tienda de provisiones de la familia y Jesús
trabajaba todo el tiempo en el taller de la casa, donde estaba cerca para
ayudar a María con la familia. Por esta época empezó a enviar a Santiago a la
parada de las caravanas para obtener información sobre los acontecimientos
mundiales, intentando así mantenerse al corriente de las noticias del día.
A medida que
crecía hacia la madurez, pasó por los mismos conflictos y confusiones que todos
los jóvenes normales de todos los tiempos anteriores y posteriores. La rigurosa
experiencia de tener que mantener a su familia era una salvaguardia segura
contra el exceso de tiempo libre para dedicarlo a la meditación ociosa o
abandonarse a las tendencias místicas.
Éste fue el año
en que Jesús arrendó una gran parcela de terreno justo al norte de su casa, que
dividieron en huertos familiares. Cada uno de los hermanos mayores tenía un
huerto individual, y se hicieron una viva competencia en sus esfuerzos
agrícolas. Durante la temporada de cultivo de las legumbres, su hermano mayor
pasó cada día algún tiempo con ellos en el huerto. Mientras Jesús trabajaba en
el huerto con sus hermanos y hermanas menores, acarició muchas veces la idea de
que todos podían vivir en una granja en el campo, donde podrían disfrutar de la
libertad y la independencia de una vida sin trabas. Pero no estaban creciendo
en el campo, y Jesús, que era un joven totalmente práctico a la vez que
idealista, atacó su problema de manera vigorosa e inteligente según se
presentaba. Hizo todo lo que estuvo en su mano para adaptarse con su familia a
las realidades de su situación, y acomodar su condición para la mayor
satisfacción posible de sus deseos individuales y colectivos.
En un momento
determinado, Jesús tuvo la débil esperanza de que podría
reunir los recursos suficientes para justificar la tentativa de comprar una
pequeña granja, con tal que pudieran recaudar la considerable suma de dinero
que le debían a su padre por sus trabajos en el palacio de Herodes. Había
pensado muy seriamente en este proyecto de establecer a su familia en el campo.
Pero cuando Herodes se negó a pagarles el dinero que le debían a José,
abandonaron el deseo de poseer una casa en el campo. Tal como estaban las
cosas, se las ingeniaron para disfrutar de muchas de las experiencias de la
vida campesina, pues ahora tenían tres vacas, cuatro ovejas, un montón de
polluelos, un asno y un perro, además de las palomas. Incluso los más pequeños
tenían sus tareas regulares que hacer dentro del plan de administración bien
organizado que caracterizaba la vida familiar de este hogar de Nazaret.
Al finalizar su
decimoquinto año, Jesús concluyó la travesía de este período peligroso y
difícil de la existencia humana, de esta época de transición entre los años más
placenteros de la infancia y la conciencia de la edad adulta que se aproxima,
con sus mayores responsabilidades y oportunidades para adquirir una experiencia
avanzada en el desarrollo de un carácter noble. El período de crecimiento
mental y físico había terminado, y ahora empezaba la verdadera carrera de este
joven de Nazaret.
CAPÍTULO 127
LOS AÑOS DE ADOLESCENCIA
AL EMPEZAR LOS AÑOS de su adolescencia, Jesús se encontró
como jefe y único sostén de una familia numerosa. Pocos años después de la
muerte de su padre, habían perdido todas sus propiedades. A medida que pasaba
el tiempo, se volvió cada vez más consciente de su preexistencia; al mismo
tiempo empezó a comprender más plenamente que estaba presente en la tierra y en
la carne con la finalidad expresa de revelar su Padre Paradisiaco
a los hijos de los hombres.
Ningún adolescente
que haya vivido o que podrá vivir en este mundo o en cualquier otro mundo, ha
tenido ni tendrá nunca que resolver unos problemas más graves o desenredar unas
dificultades más complicadas. Ningún joven de Urantia
tendrá nunca que pasar por unos conflictos más probatorios o por unas
situaciones más penosas que las que Jesús mismo tuvo que soportar durante el
arduo período comprendido entre sus quince y sus veinte años de edad.
Tras haber
saboreado así la experiencia efectiva de vivir estos años de adolescencia en un
mundo acosado por el mal y perturbado por el pecado, el Hijo del Hombre llegó a
poseer un conocimiento pleno de la experiencia que vive la juventud de todos
los dominios de Nebadon. Así se convirtió para
siempre en el refugio comprensivo de los adolescentes angustiados y perplejos
de todos los tiempos, en todos los mundos del universo local.
De manera lenta
pero segura, y por medio de la experiencia efectiva, este Hijo divino va
ganando el derecho a convertirse en el soberano de su universo, en el
gobernante supremo e incontestable de todas las inteligencias creadas en todos
los mundos del universo local, en el refugio comprensivo de los seres de todos
los tiempos, cualquiera que sea el grado de sus dones y experiencias personales.
1. EL DECIMOSEXTO AÑO (AÑO 10 d. de J.C.)
El Hijo
encarnado pasó por la infancia y experimentó una niñez
exentas de acontecimientos notables. Luego emergió de la penosa y
probatoria etapa de transición entre la infancia y la juventud -se convirtió en
el Jesús adolescente.
Este año alcanzó
su máxima estatura física. Era un joven viril y bien parecido. Se volvió cada
vez más formal y serio, pero era amable y compasivo. Tenía una mirada bondadosa
pero inquisitiva; su sonrisa era siempre simpática y alentadora. Su voz era
musical pero con autoridad; su saludo cordial, pero sin afectación. En todas
las ocasiones, incluso en los contactos más comunes, parecía ponerse de
manifiesto la esencia de una doble naturaleza, la humana y la divina. Siempre mostraba
esta combinación de amigo compasivo y de maestro con autoridad. Y estos rasgos
de su personalidad comenzaron a manifestarse muy pronto, incluso desde los años
de su adolescencia.
Este joven
físicamente fuerte y robusto también había adquirido el crecimiento completo de
su intelecto humano, no la experiencia total del pensamiento humano, sino la
plena capacidad para ese desarrollo intelectual. Poseía un cuerpo sano y bien
proporcionado, una mente aguda y analítica, una disposición de ánimo generosa y
compasiva, un temperamento un poco fluctuante pero dinámico; todas estas
cualidades se estaban organizando en una personalidad fuerte, sorprendente y
atractiva.
A medida que
pasaba el tiempo, su madre y sus hermanos y hermanas tenían más dificultades
para comprenderlo; tropezaban con lo que decía e interpretaban mal sus
acciones. Todos eran incapaces de comprender la vida de su hermano mayor,
porque su madre les había dado a entender que estaba destinado a ser el
libertador del pueblo judío. Después de haber recibido estas insinuaciones de
María como secretos de familia, imaginad su confusión cuando Jesús desmentía
francamente todas estas ideas e intenciones.
Este año Simón
empezó a ir a la escuela, y la familia se vio obligada a vender otra casa.
Santiago se encargó ahora de la enseñanza de sus tres hermanas, dos de las
cuales eran lo bastante mayores como para empezar a estudiar en serio. En
cuanto Rut creció, la pusieron en manos de Miriam y Marta. Habitualmente, las
muchachas de las familias judías recibían poca educación, pero Jesús sostenía
(y su madre estaba de acuerdo) que las chicas tenían que ir a la escuela lo
mismo que los varones, y puesto que la escuela de la sinagoga no las admitiría,
lo único que se podía hacer era habilitar una escuela en casa especialmente
para ellas.
Durante todo
este año, Jesús no pudo separarse de su banco de carpintero. Afortunadamente
tenía mucho trabajo; lo realizaba de una manera tan superior que nunca se
encontraba en paro, aunque la faena escaseara por aquella región. A veces tenía
tanto que hacer que Santiago lo ayudaba.
A finales de
este año tenía casi decidido que, después de haber criado a los suyos y de
verlos casados, emprendería su trabajo público como maestro de la verdad y
revelador del Padre celestial para el mundo. Sabía que no se convertiría en el
Mesías judío esperado, y llegó a la conclusión de que era prácticamente inútil
discutir estos asuntos con su madre. Decidió permitirle que siguiera
manteniendo todas las ilusiones que quisiera, puesto que todo lo que él había
dicho en el pasado había hecho poca o ninguna mella en ella; recordaba que su
padre nunca había podido decir algo que la hiciera cambiar de opinión. A partir
de este año habló cada vez menos con su madre, o con otras personas, sobre
estos problemas. Su misión era tan especial que nadie en el mundo podía darle
consejos para realizarla.
A pesar de su
juventud, era un verdadero padre para su familia. Pasaba todas las horas que
podía con los pequeños, y éstos lo amaban sinceramente. Su madre sufría al
verlo trabajar tan duramente; le apenaba que estuviera día tras día atado al
banco de carpintero para ganar la vida de la familia, en lugar de estar en
Jerusalén estudiando con los rabinos, tal como habían planeado con tanto
cariño. Aunque María no podía comprender muchas cosas de su hijo, lo amaba de
verdad; lo que más apreciaba era la buena voluntad con que asumía la
responsabilidad del hogar.
2. EL DECIMOSÉPTIMO AÑO (AÑO 11 d. de J.C.)
Por esta época
se produjo una agitación considerable, especialmente en Jerusalén y Judea, a
favor de una rebelión contra el pago de los impuestos a Roma. Estaba creándose
un fuerte partido nacionalista, que poco después se conocería como los celotes.
Los celotes, al contrario que los fariseos, no estaban dispuestos a esperar la
llegada del Mesías. Proponían resolver la situación mediante una revuelta
política.
Un grupo de
organizadores de Jerusalén llegó a Galilea y fueron teniendo mucho éxito hasta
que se presentaron en Nazaret. Cuando fueron a ver a
Jesús, éste los escuchó atentamente y les hizo muchas preguntas, pero rehusó
incorporarse al partido. No quiso explicar en detalle todas las razones que le
impedían adherirse, y su negativa tuvo por efecto que muchos de sus jóvenes
amigos de Nazaret tampoco se afiliaran.
María hizo lo
que pudo para inducirle a que se afiliara, pero no logró hacerle cambiar de
parecer. Llegó incluso a insinuarle que su negativa a abrazar la causa
nacionalista, como ella se lo ordenaba, equivalía a una insubordinación, a una
violación de la promesa que había hecho, cuando regresaron de Jerusalén, de que
obedecería a sus padres; pero en respuesta a esta insinuación, Jesús se limitó
a poner una mano cariñosa en su hombro y mirándola a la cara le dijo:
"Madre, ¿cómo puedes?" Y María se retractó.
Uno de los tíos
de Jesús (Simón, el hermano de María) ya se había unido a este grupo, y
posteriormente llegó a convertirse en oficial de la sección galilea. Durante
varios años, se produjo cierto distanciamiento entre Jesús y su tío.
Pero el alboroto
se estaba fraguando en Nazaret. La actitud de Jesús
en este asunto había dado como resultado la creación de una división entre los
jóvenes judíos de la ciudad. Aproximadamente la mitad se había unido a la
organización nacionalista, y la otra mitad empezó a formar un grupo opuesto de
patriotas más moderados, esperando que Jesús asumiera la dirección. Se quedaron
asombrados cuando rehusó el honor que le ofrecían, alegando como excusa sus
pesadas responsabilidades familiares, lo que todos reconocían. Pero la
situación se complicó aún más cuando poco después se presentó Isaac, un judío
rico prestamista de los gentiles, que propuso mantener a la familia de Jesús si
éste abandonaba sus herramientas de trabajo y asumía la dirección de estos
patriotas de Nazaret.
Jesús, que
apenas tenía entonces diecisiete años, tuvo que enfrentarse con una de las
situaciones más delicadas y difíciles de su joven vida. Siempre es difícil para
los dirigentes espirituales relacionarse con las cuestiones patrióticas,
especialmente cuando éstas se complican con unos opresores extranjeros que
recaudan impuestos; en este caso era doblemente cierto, puesto que la religión
judía estaba implicada en toda esta agitación contra Roma.
La posición de
Jesús era aún más delicada porque su madre, su tío e incluso su hermano menor
Santiago, lo instaban a abrazar la causa nacionalista. Los mejores judíos de Nazaret ya se habían afiliado, y los jóvenes que aún no se
habían incorporado al movimiento lo harían en cuanto Jesús cambiara de opinión.
Sólo tenía un consejero sabio en todo Nazaret, su
viejo maestro el chazán, que le aconsejó sobre cómo
responder al comité de ciudadanos de Nazaret cuando
vinieran a pedirle su respuesta a la petición pública que se había hecho. En
toda la juventud de Jesús, ésta fue la primera vez que tuvo que recurrir
conscientemente a una estratagema pública. Hasta entonces, siempre había
contado con una exposición sincera de la verdad para esclarecer la situación,
pero ahora no podía proclamar toda la verdad. No podía insinuar que era más que
un hombre; no podía revelar su idea de la misión que le aguardaba cuando fuera
más maduro. A pesar de estas limitaciones, su fidelidad religiosa y su lealtad
nacional estaban puestas en entredicho directamente. Su familia se encontraba
agitada, sus jóvenes amigos divididos y todo el contingente judío de la ciudad
alborotado. ¡Y pensar que él era el culpable de todo esto! Qué lejos estaba de
su intención causar cualquier alboroto y mucho menos una perturbación de este
tipo.
Había que hacer
algo. Tenía que aclarar su postura, y lo hizo de manera valiente y diplomática,
para satisfacción de muchos aunque no de todos. Se atuvo a los términos de su
argumento original, sosteniendo que su primer deber era hacia su familia, que
una madre viuda y ocho hermanos y hermanas necesitaban algo más que lo que
simplemente se podía comprar con el dinero -lo necesario para la vida
material-, que tenían derecho a los cuidados y a la dirección de un padre, y
que en conciencia no podía eximirse de la obligación que un cruel accidente
había arrojado sobre él. Elogió a su madre y al mayor de sus hermanos por estar
dispuestos a exonerarlo de esta responsabilidad, pero reiteró que la fidelidad a
la memoria de su padre le impedía dejar a la familia, independientemente de la
cantidad de dinero que se recibiera para su sostén material, expresando
entonces su inolvidable afirmación de que "el dinero no puede amar".
En el transcurso de esta declaración, Jesús hizo varias alusiones veladas a la
"misión de su vida", pero explicó que, con independencia de que fuera
o no compatible con la acción militar, había renunciado a ella así como a todo
lo demás para poder cumplir fielmente sus obligaciones hacia su familia. En Nazaret todos sabían muy bien que era un buen padre para su
familia, y como esto era algo que tocaba la sensibilidad de todo judío bien
nacido, la alegación de Jesús encontró una respuesta favorable en el corazón de
muchos de sus oyentes. Algunos otros que no tenían las mismas disposiciones,
fueron desarmados por un discurso que Santiago pronunció en ese momento, aunque
no figuraba en el programa. Aquel mismo día, el chazán
había hecho que Santiago ensayara su alocución, pero esto era un secreto entre
ellos.
Santiago declaró
que estaba seguro de que Jesús ayudaría a liberar a su pueblo si él (Santiago)
tuviera suficiente edad como para asumir la responsabilidad de la familia; si
consentían en permitir a Jesús que permaneciera "con nosotros para ser
nuestro padre y educador, la familia de José no sólo os dará un dirigente, sino
en poco tiempo cinco nacionalistas leales, porque ¿no somos cinco varones que
estamos creciendo y que saldremos de la tutela de nuestro hermano-padre para
servir a nuestra nación?" De esta manera el muchacho llevó a un final
bastante feliz una situación muy tensa y amenazadora.
La crisis se
había superado por el momento, pero este incidente nunca se olvidó en Nazaret. La agitación persistió; Jesús ya no volvió a
contar con el favor universal; las diferencias de sentimiento nunca llegaron a
superarse del todo. Este hecho, complicado con otros acontecimientos
posteriores, fue uno de los motivos principales por los que Jesús se trasladó
años más tarde a Cafarnaum. En adelante, los
sentimientos respecto al Hijo del Hombre permanecieron divididos en Nazaret.
Santiago terminó
este año sus estudios en la escuela y empezó a trabajar a tiempo completo en el
taller de carpintería de la casa. Se había convertido en un obrero diestro con
las herramientas y se hizo cargo de la fabricación de los yugos y arados, mientras
que Jesús empezó a hacer más trabajos delicados de ebanistería y de terminación
de interiores.
Durante este año
Jesús progresó mucho en la organización de su mente. Gradualmente había
conciliado su naturaleza divina con su naturaleza humana, y efectuó toda esta
organización intelectual con la fuerza de sus propias decisiones y con la única
ayuda de su Monitor interior, un Monitor semejante al que llevan dentro de su
mente todos los mortales normales en todos los mundos donde se ha donado un Hijo.
Hasta ahora no había sucedido nada sobrenatural en la carrera de este joven,
excepto la visita de un mensajero enviado por su hermano mayor Manuel, que se
le apareció una vez durante la noche en Jerusalén.
< de d. 12 (AÑO AÑO DECIMOOCTAVO EL>
En el transcurso de este año, todas las
propiedades de la familia, excepto la casa y el huerto, fueron liquidadas. Se
vendió la última parcela de una propiedad en Cafarnaum
(excepto una parte de otra propiedad), que ya estaba hipotecada. Las ganancias
se emplearon para pagar los impuestos, comprar algunas herramientas nuevas para
Santiago, y pagar una parte de la antigua tienda de reparaciones y
abastecimientos de la familia, cercana a la parada de las caravanas. Jesús se
proponía ahora comprar de nuevo esta tienda, pues Santiago ya tenía edad para
trabajar en el taller de la casa y ayudar a María en el hogar. Liberado por el
momento de la presión financiera, Jesús decidió llevar a Santiago a la Pascua.
Partieron para Jerusalén un día antes para estar solos, y fueron por el camino
de Samaria. Iban a pie y Jesús informó a Santiago sobre los lugares históricos
que iban atravesando, como su padre lo había hecho con él cinco años antes en
un viaje similar.
Al pasar por
Samaria observaron muchos espectáculos extraños. Durante este viaje conversaron
sobre muchos de sus problemas personales, familiares y nacionales. Santiago era
un muchacho con fuertes tendencias religiosas, y aunque no estaba plenamente de
acuerdo con su madre sobre lo poco que conocía de los planes relacionados con
la obra de la vida de Jesús, esperaba impaciente el momento en que sería capaz
de asumir la responsabilidad de la familia, para que Jesús pudiera empezar su
misión. Apreciaba mucho que Jesús lo llevara a la Pascua, y hablaron sobre el
futuro con más profundidad de lo que nunca lo habían hecho antes.
Jesús reflexionó
mucho mientras atravesaban Samaria, especialmente en Betel y cuando estuvieron
bebiendo en el pozo de Jacob. Examinó con su hermano las tradiciones de
Abraham, Isaac y Jacob. Preparó bien a Santiago para lo que iba a presenciar en
Jerusalén, tratando así de atenuar una conmoción semejante a la que él mismo
había experimentado en su primera visita al templo. Pero Santiago no era tan
sensible a algunos de estos espectáculos. Hizo comentarios sobre la manera
superficial e indiferente con que algunos de los sacerdotes efectuaban sus
deberes, pero en conjunto disfrutó enormemente de su estancia en Jerusalén.
Jesús llevó a
Santiago a Betania para la cena pascual. Simón había
fallecido y descansaba con sus antepasados, y Jesús ocupó el lugar del cabeza
de familia para la Pascua, pues había traído del templo el cordero pascual.
Después de la
cena pascual, María se sentó a charlar con Santiago mientras que Marta, Lázaro
y Jesús estuvieron hablando hasta muy entrada la noche. Al día siguiente
asistieron a los oficios del templo, y Santiago fue recibido en la comunidad de
Israel. Aquella mañana, al detenerse en la cima del Olivete
para mirar el templo, Santiago expresó su admiración mientras que Jesús
contemplaba Jerusalén en silencio. Santiago no podía comprender el
comportamiento de su hermano. Aquella noche regresaron de nuevo a Betania, y al día siguiente habrían partido para su casa,
pero Santiago insistía en volver a visitar el templo, explicando que quería
escuchar a los maestros. Y aunque esto era cierto, deseaba en secreto oir a Jesús participar en los debates, tal como se lo había
oído contar a su madre. Así pues fueron al templo y escucharon los debates,
pero Jesús no hizo ninguna pregunta. Todo aquello parecía pueril e
insignificante para esta mente de hombre y Dios en vías de despertarse -sólo
podía apiadarse de ellos. A Santiago le decepcionó que Jesús no dijera nada. A
sus preguntas, Jesús se limitó a responder: "Mi hora aún no ha
llegado".
Al día siguiente
emprendieron el viaje de vuelta por Jericó y el valle del Jordán. Jesús contó
muchas cosas por el camino, entre ellas su primer viaje por esta carretera
cuando tenía trece años.
A su regreso a Nazaret, Jesús empezó a trabajar en el viejo taller de
reparaciones de la familia, y se sintió muy contento de poder encontrarse a
diario con tanta gente de todas partes del país y de las comarcas circundantes.
Jesús amaba realmente a la gente -a la gente común y corriente. Cada mes pagaba
la mensualidad de la compra del taller, y con la ayuda de Santiago, continuó
manteniendo a la familia.
Varias veces al
año, cuando no había visitantes que lo hicieran, Jesús continuaba leyendo las
escrituras del sábado en la sinagoga y muchas veces comentaba la lección; pero
habitualmente seleccionaba los pasajes de tal manera que no necesitaban
comentarios. Era tan hábil ordenando la lectura de los distintos pasajes, que
éstos se iluminaban entre sí. Siempre que hacía buen tiempo, nunca dejaba de
llevar a sus hermanos y hermanas a pasear por la naturaleza las tardes del
sábado.
Por esa época,
el chazán inauguró una tertulia de discusiones
filosóficas para jóvenes; éstos se reunían en la casa de los diversos miembros
y a menudo en la del chazán. Jesús llegó a ser un
miembro eminente de este grupo. De este manera pudo
recobrar una parte del prestigio local que había perdido al producirse las
recientes controversias nacionalistas.
Su vida social,
aunque restringida, no estaba descuidada por completo. Contaba con muy buenos
amigos y fieles admiradores entre los jóvenes y las muchachas de Nazaret.
En septiembre,
Isabel y Juan vinieron a visitar a la familia de Nazaret.
Juan, que había perdido a su padre, se proponía regresar a las colinas de Judea
para dedicarse a la agricultura y a la cría de ovejas, a menos que Jesús le
aconsejara quedarse en Nazaret para dedicarse a la
carpintería o a cualquier otro oficio. Juan y su madre no sabían que la familia
de Nazaret estaba prácticamente sin dinero. Cuanto
más hablaban María e Isabel de sus hijos, más estaban convencidas de que sería
bueno que los dos jóvenes trabajaran juntos y se vieran con más frecuencia.
Jesús y Juan
tuvieron varias conversaciones a solas y hablaron de algunos asuntos muy
íntimos y personales. Al concluir esta visita, los dos decidieron no volver a
verse hasta que se encontraran en su ministerio público, después de que
"el Padre celestial los hubiera llamado" para cumplir con su misión.
Juan se quedó enormemente impresionado por lo que vio en Nazaret,
y comprendió que debía regresar a su casa y trabajar para mantener a su madre.
Se convenció de que participaría en la misión de la vida de Jesús, pero vio que
Jesús iba a estar ocupado muchos años cuidando a su familia. Por eso estaba
mucho más contento de regresar a su hogar, dedicarse a cuidar su pequeña granja
y atender las necesidades de su madre. Juan y Jesús no volvieron a verse nunca
más hasta el día en que el Hijo del Hombre se presentó para ser bautizado en el
Jordán.
La tarde del
sábado 3 de diciembre de este año, la muerte golpeó por segunda vez a esta
familia de Nazaret. El pequeño Amós, su hermanito,
murió después de una semana de enfermedad con fiebre alta. Después de atravesar
este período doloroso con su hijo primogénito como único sostén, María
reconoció finalmente y en todos los sentidos que Jesús era el verdadero jefe de
la familia; y era en verdad un jefe valioso.
Durante cuatro
años, su nivel de vida había declinado constantemente; año tras año se sentían
cada vez más atenazados por la pobreza. Hacia el final de este año se
enfrentaron con una de las experiencias más difíciles de todas sus árduas luchas. Santiago todavía no había empezado a ganar
mucho, y los gastos de un entierro sumados a todo lo demás les hizo
tambalearse. Pero Jesús se limitó a decir a su madre ansiosa y afligida:
"Madre María, la tristeza no nos ayudará; todos hacemos lo mejor que
podemos, y la sonrisa de mamá quizás podría inspirarnos para hacerlo aún mejor.
Día tras día nos sentimos fortalecidos en nuestras tareas con la esperanza de
tener más adelante tiempos mejores". Su optimismo práctico y sólido era
realmente contagioso; todos los niños vivían en un ambiente donde se esperaban
tiempos y cosas mejores. Esta valentía llena de esperanza contribuyó
poderosamente a desarrollar en ellos unos caracteres fuertes y nobles, a pesar
de su pobreza deprimente.
Jesús poseía la
facultad de movilizar eficazmente todos los poderes de su mente, de su alma y
de su cuerpo para efectuar la tarea que tenía entre manos. Podía concentrar su
mente profunda en el problema concreto que deseaba resolver, y esto, unido a su
paciencia incansable, le permitió soportar con serenidad las pruebas de una
existencia mortal difícil -vivir como si estuviera "viendo a Aquel que es
invisible".
4. EL DECIMONOVENO AÑO (AÑO 13 d. de J.C.)
Por esta época,
Jesús y María se entendieron mucho mejor. Ella lo consideraba menos como un
hijo; se había vuelto para ella como un padre para sus hijos. La vida cotidiana
hervía de dificultades prácticas e inmediatas. Hablaban con menos frecuencia de
la obra de su vida, porque a medida que pasaba el tiempo, todos sus
pensamientos estaban mútuamente consagrados al
mantenimiento y a la educación de su familia de cuatro niños y tres niñas.
A principios de
este año, Jesús había conseguido que su madre aceptara plenamente sus métodos
para educar a los niños -la orden positiva de hacer el bien en lugar del
antiguo método judío de prohibir hacer el mal. En su casa y durante toda su
carrera de enseñanza pública, Jesús utilizó invariablemente la fórmula de
exhortación positiva. Siempre y en todas partes decía: "Haréis esto,
deberíais hacer aquello". Nunca empleaba la manera negativa de enseñar,
derivada de los antiguos tabúes. Evitaba resaltar el mal prohibiéndolo,
mientras que realzaba el bien ordenando su ejecución. En esta casa, la hora de
la oración era el momento de debatir todos los asuntos relacionados con el
bienestar de la familia.
Jesús empezó a
disciplinar sabiamente a sus hermanos y hermanas a una edad tan temprana que
nunca tuvo necesidad de castigarlos mucho para conseguir su pronta y sincera
obediencia. La única excepción era Judá, a quien en
diversas ocasiones, Jesús estimó necesario imponer un castigo por sus
infracciones a las reglas del hogar. En tres ocasiones en que se juzgó oportuno
castigar a Judá por haber violado deliberadamente las
reglas de conducta de la familia, y haberlo confesado, su castigo fue dictado
por la decisión unánime de los niños mayores y aprobado por el mismo Judá antes de serle infligido.
Aunque Jesús era
muy metódico y sistemático en todo lo que hacía, había también, en todas sus
decisiones administrativas, una elasticidad de interpretación refrescante y una
adaptación individual que impresionaba enormemente a todos los niños por el
espíritu de justicia con que actuaba su hermano-padre. Nunca castigó
arbitrariamente a sus hermanos y hermanas; esta justicia constante y esta
consideración personal hicieron que Jesús fuese muy querido por toda su
familia.
A veces
enfurecidos mediante la persuasión y la no resistencia, y muchas veces lo
consiguieron; por el contrario, aunque José y Judá
aceptaban estas enseñanzas en el hogar, se apresuraban a defenderse cuando eran
agredidos por sus compañeros; Judá en particular era
culpable de violar el espíritu de estas enseñanzas. Pero la no resistencia no
era una regla de la familia. No se imponía ningún castigo por violar las
enseñanzas personales.
Todos los niños
en general, pero sobre todo las niñas, consultaban a Jesús acerca de sus
aflicciones infantiles y confiaban en él como lo harían en un padre cariñoso.
A medida que
crecía, Santiago se iba convirtiendo en un joven bien equilibrado y de buen
carácter, pero no tenía tantas tendencias espirituales como Jesús. Era mucho
mejor estudiante que José, y éste, aunque era un buen trabajador, tenía aún
menos tendencias espirituales. José era constante y no llegaba al nivel
intelectual de los otros niños. Simón era un muchacho bien intencionado, pero
demasiado soñador. Fue lento para establecerse en la vida y causó considerables
inquietudes a Jesús y María, pero siempre fue un chico bueno y bien
intencionado. Judá era un cizañero. Tenía los ideales
más elevados, pero poseía un temperamento inestable. Era tan decidido y
dinámico como su madre o más aún, pero carecía mucho del sentido de la medida y
de la discreción que ella tenía.
Miriam era una
hija bien equilibrada y sensata, con una aguda apreciación de las cosas nobles
y espirituales. Marta pensaba y actuaba lentamente, pero era una chica muy
eficiente y digna de confianza. La pequeña Rut era la alegría de la casa;
aunque hablaba sin reflexionar, tenía un corazón de lo más sincero. Adoraba
literalmente a su hermano mayor y padre, pero no la mimaban. Era una niña
hermosa, pero no tan bien parecida como Miriam, que era la belleza de la
familia, si no de la ciudad.
A medida que
pasaba el tiempo, Jesús contribuyó mucho a liberalizar y modificar las
enseñanzas y las prácticas de la familia relativas a la observancia del sábado
y a otros muchos aspectos de la religión; María dio su sincera aprobación a
todos estos cambios. Por esta época Jesús se había convertido en el jefe
incontestable de la casa.
Judá empezó a ir a la escuela este año, y Jesús se vió obligado a vender su arpa para costear los gastos. Así
desapareció el último de sus placeres recreativos. Le gustaba mucho tocar el
arpa cuando tenía la mente cansada y el cuerpo fatigado, pero se consoló con la
idea de que al menos el arpa no caería en manos del cobrador de impuestos.
5. REBECA, LA HIJA DE ESDRAS
Aunque Jesús era
pobre, su posición social en Nazaret no había disminuído en absoluto. Era uno de los jóvenes más
destacados de la ciudad y muy considerado por la mayoría de las muchachas.
Puesto que Jesús era un espléndido ejemplar de madurez física e intelectual, y
dada su reputación como guía espiritual, no era de extrañar que Rebeca, la hija
mayor de Esdras, un rico mercader y negociante de Nazaret,
descubriera que se estaba enamorando poco a poco de este hijo de José. Primero
confió sus sentimientos a Miriam, la hermana de Jesús, y Miriam a su vez se lo
comentó a su madre. María se alarmó mucho. ¿Estaba a punto de perder a su hijo,
que ahora era el cabeza indispensable de la familia? ¿Nunca se terminarían las
dificultades? ¿Qué podría ocurrir después? Entonces se detuvo para meditar en
el efecto que tendría el matrimonio sobre la futura carrera de Jesús. No muy a
menudo, pero al menos de vez en cuando, recordaba el hecho de que Jesús era un
"hijo de la promesa". Después de discutir este asunto, María y Miriam
decidieron hacer un esfuerzo para ponerle fin antes de que Jesús se enterara;
fueron a ver directamente a Rebeca, le expusieron toda la historia y le
contaron francamente su creencia de que Jesús era un hijo del destino, que iba
a convertirse en un gran guía religioso, tal vez en el Mesías.
Rebeca escuchó
atentamente; se quedó pasmada con el relato y estuvo más decidida que nunca a
unir su destino con el de este hombre de su elección y compartir su carrera de
dirigente. Discurría (en su interior) que un hombre así tendría aún más
necesidad de una esposa fiel y eficiente. Interpretó los esfuerzos de María por
disuadirla como una reacción natural ante el temor de perder al jefe y único
sostén de su familia; pero sabiendo que su padre aprobaba la atracción que
sentía por el hijo del carpintero, suponía acertadamente que aquel
proporcionaría con mucho gusto a la familia la renta suficiente con la que
compensar ampliamente la pérdida de los ingresos de Jesús. Cuando su padre
aceptó este proyecto, Rebeca mantuvo otras conversaciones con María y Miriam,
pero al no conseguir su apoyo, tuvo el atrevimiento de acudir directamente a
Jesús. Lo hizo con la cooperación de su padre, que invitó a Jesús a su casa
para la celebración del decimoséptimo cumpleaños de Rebeca.
Jesús escuchó
con atención y simpatía la narración de todo lo sucedido, primero por parte del
padre de Rebeca, y luego por ella misma. Contestó con amabilidad que ninguna
cantidad de dinero podría reemplazar su obligación personal de criar a la
familia de su padre, "de cumplir con el deber humano más sagrado -la
lealtad a la propia carne y a la propia sangre". El padre de Rebeca se
sintió profundamente conmovido por las palabras de devoción familiar de Jesús y
se retiró de la entrevista. Su único comentario a su esposa María fue: "No
podemos tenerlo como hijo; es demasiado noble para nosotros".
Entonces empezó
la memorable conversación con Rebeca. Hasta ese momento de su vida, Jesús había
hecho poca distinción en sus relaciones con los niños y las niñas, con los
jóvenes y las muchachas. Su mente había estado demasiado ocupada con los
problemas urgentes de los asuntos prácticos de este mundo y con la
contemplación misteriosa de su carrera eventual "relacionada con los
asuntos de su Padre", como para haber considerado nunca seriamente la
consumación del amor personal en el matrimonio humano. Pero ahora se encontraba
frente a otro de los problemas que cualquier ser humano corriente tiene que
afrontar y resolver. En verdad fue "probado en todas las cosas igual que
vosotros".
Después de
escuchar con atención, agradeció sinceramente a Rebeca la admiración que le
expresaba, y añadió: "Esto me alentará y me confortará todos los días de
mi vida". Le explicó que no era libre de tener, con una mujer, otras
relaciones que las de simple consideración fraternal y la de pura amistad.
Precisó que su deber primero y supremo era criar a la familia de su padre, que
no podía pensar en el matrimonio hasta que completara esta tarea; y entonces
añadió: "Si soy un hijo del destino, no debo asumir obligaciones para toda
la vida hasta el momento en que mi destino se haga manifiesto".
A Rebeca se le
rompió el corazón. No quiso ser consolada, y pidió insistentemente a su padre
que se fueran de Nazaret, hasta que éste consintió
finalmente en mudarse a Séforis. En los años que
siguieron, Rebeca sólo tuvo una respuesta para los numerosos hombres que la
pidieron en matrimonio. Vivía con una sola finalidad -esperar la hora en que
aquel que era para ella el hombre más grande que hubiera vivido nunca, empezara
su carrera como maestro de la verdad viviente. Lo siguió con devoción durante
los años extraordinarios de su ministerio público. Estuvo presente (sin que
Jesús lo advirtiera) el día que entró triunfalmente en Jerusalén; y se hallaba
"entre las otras mujeres" al lado de María, aquella tarde fatídica y
trágica en que el Hijo del Hombre fue suspendido en la cruz. Porque para ella,
como para innumerables mundos de arriba, él era "el único enteramente
digno de ser amado y el más grande entre diez mil".
6. SU VIGÉSIMO AÑO (AÑO 14 d. de J.C.)
La historia del
amor de Rebeca por Jesús se murmuraba en Nazaret y
posteriormente en Cafarnaum, de manera que, aunque en
los años siguientes muchas mujeres amaron a Jesús como los hombres lo amaban,
nunca más tuvo que rechazar la propuesta personal de la devoción de otra mujer
de bien. A partir de este momento, el amor humano por Jesús tuvo más bien la
naturaleza de una consideración respetuosa y adoradora. Hombres y mujeres lo
amaban con devoción por lo que él era, sin el menor matiz de satisfacción
personal y sin el deseo de posesión afectiva. Pero durante muchos años, cada
vez que se contaba la historia de la personalidad humana de Jesús, se
mencionaba la devoción de Rebeca.
Miriam, que
conocía bien la historia de Rebeca y sabía cómo su hermano había renunciado
incluso al amor de una hermosa doncella (sin percibir el factor de la carrera
futura que sería su destino), llegó a idealizar a Jesús y a amarlo con un afecto
tierno y profundo, tanto filial como fraternal.
Aunque
difícilmente podían permitírselo, Jesús tenía un extraño deseo de ir a
Jerusalén para la Pascua. Conociendo su reciente experiencia con Rebeca, su
madre lo animó sabiamente a que hiciera el viaje. Sin ser muy consciente de
ello, lo que Jesús más deseaba era tener la oportunidad de hablar con Lázaro y
visitar a Marta y María. Después de su propia familia, estas tres personas eran
las que más amaba.
En este viaje a
Jerusalén fue por el camino de Meguido, Antípatris y Lida, recorriendo en
parte la misma ruta que atravesó cuando fue traído a Nazaret
a su regreso de Egipto. Empleó cuatro días para llegar a la Pascua y reflexionó
mucho en los acontecimientos del pasado que se habían producido en Meguido y sus alrededores, el campo de batalla
internacional de Palestina.
Jesús atravesó
Jerusalén, deteniéndose solamente para contemplar el templo y las multitudes de
visitantes. Sentía una extraña y creciente aversión por este templo construido
por Herodes, con sus sacerdotes elegidos por razones políticas. Lo que deseaba
por encima de todo era ver a Lázaro, Marta y María. Lázaro tenía la misma edad
que Jesús y ahora era el cabeza de familia; en el momento de esta visita, la
madre de Lázaro había fallecido también. Marta era poco más de un año mayor que
Jesús, mientras que María era dos años más joven. Y Jesús era el ideal que los
tres idolatraban.
Durante esta
visita se produjo una de sus manifestaciones periódicas de rebelión contra la tradición
-la expresión de un resentimiento contra aquellas prácticas ceremoniales que
Jesús consideraba que representaban falsamente a su Padre celestial. Al no
saber que Jesús iba a venir, Lázaro se había preparado para celebrar la Pascua
con unos amigos en un pueblo vecino, más abajo en el camino de Jericó. Jesús
proponía ahora que celebraran la fiesta allí donde estaban, en la casa de
Lázaro. "Pero", dijo Lázaro, "no tenemos cordero pascual".
Entonces Jesús emprendió una disertación prolongada y convincente para mostrar
que el Padre celestial no se interesaba realmente por aquellos rituales
infantiles y desprovistos de sentido. Después de una oración ferviente y
solemne, se levantaron y Jesús dijo: "Dejad que las mentes infantiles e
ignorantes de mi pueblo sirvan a su Dios como Moisés ordenó; es mejor que lo
hagan. Pero nosotros, que hemos visto la luz de la vida, dejemos de acercarnos
a nuestro Padre a través de las tinieblas de la muerte. Seamos libres al
conocer la verdad del amor eterno de nuestro Padre".
Aquella tarde, a
la hora del crepúsculo, los cuatro se sentaron y participaron en la primera
fiesta de la Pascua que unos judíos piadosos hubieran celebrado nunca sin
cordero pascual. El pan ácimo y el vino habían sido preparados para esta Pascua,
y Jesús sirvió a sus compañeros estos símbolos, llamándolos "el pan de la
vida" y el "agua de la vida". Comieron en solemne conformidad
con las enseñanzas que acababan de impartirse. Jesús cogió la costumbre de
practicar este rito sacramental en cada una de sus visitas posteriores a Betania. Cuando volvió a su casa, se lo contó todo a su
madre. Ésta se escandalizó al principio, pero gradualmente fue comprendiendo su
punto de vista; sin embargo, se sintió muy aliviada cuando Jesús le aseguró que
no tenía la intención de introducir en su familia esta nueva idea de la Pascua.
Año tras año continuó comiendo la Pascua con los niños en el hogar "según
la ley de Moisés".
Fue durante este
año cuando María tuvo una larga conversación con Jesús acerca del matrimonio.
Le preguntó francamente si se casaría en el caso de que estuviera libre de sus
responsabilidades familiares. Jesús le explicó que, puesto que el deber
inmediato le impedía el matrimonio, había pensado poco en este tema. Se expresó
como dudando de que llegara a casarse nunca; dijo que todas estas cosas tenían
que esperar "mi hora", el momento en que "el trabajo de mi Padre
tendrá que empezar". Habiendo decidido ya mentalmente que no iba a ser
padre de hijos carnales, dedicó muy poco tiempo a pensar en el tema del
matrimonio humano.
Este año
reemprendió la tarea de unir más su naturaleza humana y su naturaleza divina en
una individualidad humana simple y eficaz. Su estado moral y su comprensión
espiritual continuaron creciendo.
Aunque todas sus
propiedades de Nazaret (a excepción de su casa) se
habían vendido, este año recibieron una pequeña ayuda financiera por la venta
de una participación en una propiedad de Cafarnaum.
Esto era lo último que quedaba de todos los bienes de José. Este trato
inmobiliario en Cafarnaum se efectuó con un
constructor de barcas llamado Zebedeo.
José terminó sus
estudios este año en la escuela de la sinagoga y se preparó para empezar a
trabajar en el pequeño banco del taller de carpintería de su domicilio. Aunque
la herencia de su padre se había agotado, las perspectivas de salir de la
pobreza habían mejorado, porque ahora eran tres los que trabajaban con
regularidad.
Jesús se hace
hombre rápidamente, no simplemente un hombre joven sino un adulto. Ha aprendido
bien a llevar sus responsabilidades. Sabe cómo seguir adelante en presencia de
los contratiempos. Resiste con valentía cuando sus planes se contrarían y sus
proyectos se frustran temporalmente. Ha aprendido a ser equitativo y justo
incluso en presencia de la injusticia. Está aprendiendo a ajustar sus ideales
de vida espiritual con las exigencias prácticas de la existencia terrestre.
Está aprendiendo a hacer planes para alcanzar una meta idealista superior y
distante, mientras trabaja duramente con el fin de satisfacer las necesidades
más cercanas e inmediatas. Está adquiriendo con firmeza el arte de ajustar sus
aspiraciones a las exigencias convencionales de las circunstancias humanas.
Casi ha dominado la técnica de utilizar la energía del impulso espiritual para
mover el mecanismo de las realizaciones materiales. Aprende lentamente a vivir
la vida celestial mientras continúa con su existencia terrenal. Depende cada
vez más de las directrices finales de su Padre celestial, mientras que asume el
papel paternal de orientar y dirigir a los niños de su familia terrestre. Se
está volviendo experto en el arte de arrancar la victoria de las mismas garras
de la derrota; está aprendiendo a transformar las dificultades del tiempo en
triunfos de la eternidad.
Así, a medida
que pasan los años, este joven de Nazaret continúa
experimentando la vida tal como se vive en la carne mortal de los mundos del
tiempo y del espacio. Vive en Urantia una vida
completa, representativa y plena. Dejó este mundo conociendo bien la
experiencia que sus criaturas atraviesan durante los cortos y árduos años de su primera vida, la vida en la carne. Y toda
esta experiencia humana es propiedad eterna del Soberano del Universo. Él es
nuestro hermano comprensivo, nuestro amigo compasivo, nuestro soberano
experimentado y nuestro padre misericordioso.
Siendo niño
acumuló un enorme conjunto de conocimientos; cuando joven ordenó, clasificó y
correlacionó esta información. Ahora como hombre del mundo, empieza a organizar
estas posesiones mentales con vistas a utilizarlas en su futura enseñanza,
ministerio y servicio para sus compañeros mortales de este mundo y de todas las
demás esferas habitadas de todo el universo de Nebadon.
Nacido en el
mundo como un niño del planeta, ha vivido su vida infantil y ha pasado por las
etapas sucesivas de la adolescencia y de la juventud. Ahora se encuentra en el
umbral de la plena edad adulta, con la rica experiencia de la vida humana, con
la comprensión completa de la naturaleza humana y lleno de compasión por las
flaquezas de la naturaleza humana. Se está volviendo experto en el arte divino
de revelar su Padre del Paraíso a las criaturas mortales de todos los tiempos y
de todos los estados de progreso.
Ahora, como un
hombre en posesión de todas sus facultades -como un adulto del mundo- se
prepara para continuar su misión suprema de revelar Dios a los hombres y de
conducir los hombres a Dios.