25 LA TRAVESÍA DE SAMARIA
A FINALES DE JUNIO del año 27, debido a la oposición creciente de los dirigentes religiosos judíos, Jesús y los doce partieron de Jerusalén después de enviar sus tiendas y sus escasos efectos personales para que fueran guardados en la casa de Lázaro, en Betania. Se dirigieron al norte hacia Samaria, y el sábado se detuvieron en Betel. Predicaron allí durante varios días a la gente que venía de Gofna y Efraín. Un grupo de ciudadanos de Arimatea y Tamna vino para invitar a Jesús a que visitara sus pueblos. El Maestro y sus apóstoles pasaron más de dos semanas enseñando a los judíos y samaritanos de esta región, muchos de los cuales venían de lugares tan lejanos como Antipatris para escuchar la buena nueva del reino.
Los habitantes del sur de Samaria escucharon con placer a Jesús, y los apóstoles, a excepción de Judas Iscariote, consiguieron vencer muchos de los prejuicios que tenían contra los samaritanos. A Judas le resultaba muy difícil amar a estos samaritanos. La última semana de julio, Jesús y sus compañeros se prepararon para partir hacia las nuevas ciudades griegas de Fasaelis y Arquelais, cerca del Jordán.
1. LA PREDICACIÓN EN ARQUELAIS
Durante la primera mitad del mes de agosto, el grupo apostólico estableció su cuartel general en las ciudades griegas de Arquelais y Fasaelis, donde efectuaron su primera experiencia de predicación a una concurrencia compuesta casi exclusivamente de gentiles -griegos, romanos y sirios- ya que pocos judíos residían en estas dos ciudades griegas. Al ponerse en contacto con estos ciudadanos romanos, los apóstoles encontraron nuevas dificultades para proclamar el mensaje del reino venidero, y tropezaron con nuevas objeciones a las enseñanzas de Jesús. En una de las muchas conversaciones nocturnas con sus apóstoles, Jesús escuchó atentamente estas objeciones al evangelio del reino mientras los doce repasaban sus experiencias con la gente que se había beneficiado de su trabajo personal.
Felipe hizo una pregunta que fue representativa de sus dificultades. Felipe dijo: "Maestro, estos griegos y romanos menosprecian nuestro mensaje, pues dicen que estas enseñanzas sólo son adecuadas para los débiles y los esclavos. Aseguran que la religión de los paganos es superior a nuestra enseñanza, porque estimula a adquirir un carácter fuerte, robusto y dinámico. Afirman que queremos convertir a todos los hombres en unos especímenes debilitados de no resistentes pasivos, que desaparecerían rápidamente de la faz de la tierra. A ti te aprecian, Maestro, y admiten francamente que tu enseñanza es celestial e ideal, pero no quieren tomarnos en serio. Afirman que tu religión no es para este mundo, que los hombres no pueden vivir según lo que enseñas. Y ahora, Maestro, ¿qué vamos a decir a estos gentiles?"
Después de haber escuchado otras objeciones similares al evangelio del reino presentadas por Tomás, Natanael, Simón Celotes y Mateo, Jesús dijo a los doce:
"He venido a este mundo para hacer la voluntad de mi Padre y para revelar su carácter afectuoso a toda la humanidad. Ésta es, hermanos míos, mi misión. Y ésta es la única cosa que haré, independientemente de que mis enseñanzas sean mal comprendidas por los judíos o los gentiles de esta época o de otra generación. Pero no deberíais pasar por alto el hecho de que el amor divino también tiene sus disciplinas severas. El amor de un padre por su hijo obliga muchas veces al padre a refrenar las acciones imprudentes de su atolondrado descendiente. El hijo no siempre comprende los motivos sabios y afectuosos de la disciplina restrictiva del padre. Pero os aseguro que mi Padre del Paraíso gobierna de hecho un universo de universos con el poder predominante de su amor. El amor es la más grande de todas las realidades espirituales. La verdad es una revelación liberadora, pero el amor es la relación suprema. Cualquiera que sean los desatinos que vuestros compañeros humanos puedan cometer en la administración del mundo de hoy, el evangelio que os proclamo gobernará este mismo mundo en una era por venir. La meta última del progreso humano consiste en reconocer respetuosamente la paternidad de Dios y en materializar con amor la fraternidad de los hombres.
"¿Quién os ha dicho que mi evangelio sólo estaba destinado a los esclavos y a los débiles? ¿Acaso vosotros, mis apóstoles elegidos, parecéis débiles? ¿Tenía Juan aspecto de endeble? ¿Observáis que yo sea esclavo del miedo? Es verdad que el evangelio se predica a los pobres y a los oprimidos de esta generación. Las religiones de este mundo han olvidado a los pobres, pero mi Padre no hace acepción de personas. Además, los pobres de hoy son los primeros en hacer caso de la llamada al arrepentimiento y a aceptar la filiación. El evangelio del reino debe ser predicado a todos los hombres -judíos y gentiles, griegos y romanos, ricos y pobres, libres y esclavos- e igualmente a los jóvenes y a los viejos, a los hombres y a las mujeres.
"Aunque mi Padre es un Dios de amor y se deleita practicando la misericordia, no os dejéis absorber por la idea de que el servicio del reino debe ser de una facilidad monótona. La ascensión al Paraíso es la aventura suprema de todos los tiempos, la dura obtención de la eternidad. El servicio del reino en la tierra exigirá toda la valiente virilidad que vosotros y vuestros colaboradores podáis reunir. Muchos de vosotros seréis ejecutados por vuestra lealtad al evangelio de este reino. Es fácil morir en el campo de batalla cuando la presencia de vuestros camaradas de combate fortalece vuestra valentía, pero se requiere una forma superior y más profunda de valentía y de devoción humanas para dar la vida con serenidad y en solitario por el amor de una verdad guardada en vuestro corazón mortal.
"Hoy, los incrédulos pueden mofarse de vosotros porque predicáis un evangelio de no resistencia y porque vivís una vida sin violencia, pero sois los primeros voluntarios de una larga serie de creyentes sinceros en el evangelio de este reino, que asombrarán a toda la humanidad por su consagración heróica a estas enseñanzas. Ningún ejército del mundo ha desplegado nunca más coraje y bravura que los que mostraréis vosotros y vuestros leales sucesores cuando salgáis para proclamar al mundo entero la buena nueva -la paternidad de Dios y la fraternidad de los hombres. La valentía de la carne es la forma más baja de bravura. La bravura mental es un tipo más elevado de valentía humana, pero la bravura superior y suprema consiste en la fidelidad inflexible a las convicciones iluminadas de las realidades espirituales profundas. Una valentía así constituye el heroísmo del hombre que conoce a Dios. Y todos vosotros sois hombres que conocéis a Dios; sois, en verdad, los asociados personales del Hijo del Hombre."
Esto no es todo lo que Jesús dijo en esta ocasión, pero es la introducción de su discurso. Luego continuó hablando largamente para ampliar e ilustrar esta declaración. Éste fue uno de los discursos más apasionados que Jesús pronunció nunca ante los doce. El Maestro rara vez hablaba a sus apóstoles mostrando unos poderosos sentimientos, pero ésta fue una de las pocas ocasiones en las que se expresó con una seriedad manifiesta, acompañada de una marcada emoción.
El efecto sobre la predicación pública y el ministerio personal de los apóstoles fue inmediato; a partir de aquel mismo día, su mensaje adquirió un nuevo matiz en el que predominaba la valentía. Los doce continuaron adquiriendo el espíritu positivamente dinámico del nuevo evangelio del reino. Desde aquel día en adelante, ya no se ocuparon tanto de predicar las virtudes negativas y los preceptos pasivos de la enseñanza multifacética de su Maestro.
2. LA LECCIÓN SOBRE EL DOMINIO DE SÍ MISMO
El Maestro era un ejemplo perfeccionado de un hombre dueño de sí mismo. Cuando fue injuriado, no injurió; cuando sufrió, no profirió ninguna amenaza contra sus torturadores; cuando fue acusado por sus enemigos, simplemente se encomendó al juicio justo del Padre que está en los cielos.
En una de las conferencias nocturnas, Andrés le preguntó a Jesús: "Maestro, ¿debemos practicar la abnegación como Juan nos ha enseñado, o debemos procurar adquirir el autocontrol que tú enseñas? ¿En qué se diferencia tu enseñanza de la de Juan?" Jesús respondió: "En verdad, Juan os ha enseñado el camino de la rectitud de acuerdo con las luces y las leyes de sus antepasados; era la religión del examen de conciencia y de la abnegación. Pero yo vengo con un nuevo mensaje de olvido de sí mismo y de dominio de sí mismo. Os muestro el camino de la vida tal como mi Padre que está en los cielos me lo ha revelado.
"En verdad, en verdad os digo que aquel que se gobierna a sí mismo es más grande que el que conquista una ciudad. El dominio de sí mismo es la medida de la naturaleza moral de un hombre, y el indicador de su desarrollo espiritual. En el antiguo orden practicábais el ayuno y la oración. Como criaturas nuevas renacidas del espíritu, se os enseña a creer y a regocijaros. En el reino del Padre, debeis convertiros en criaturas nuevas; las cosas viejas deben desaparecer; observad que os muestro cómo todas las cosas deben renovarse. Por medio de vuestro amor recíproco vais a convencer al mundo de que habéis pasado de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida eterna.
"En el antiguo camino, intentáis suprimir, obedecer y conformaros a unas reglas de vida; en el nuevo camino, primero sois transformados por el Espíritu de la Verdad y, por ello, fortalecidos en vuestra alma interior mediante la constante renovación espiritual de vuestra mente; así estáis dotados con el poder de ejecutar, con certeza y alegría, la voluntad misericordiosa, aceptable y perfecta de Dios. No lo olvidéis -vuestra fe personal en las promesas extremadamente grandes y preciosas de Dios es la que os garantiza que os convertiréis en partícipes de la naturaleza divina. Así, mediante vuestra fe y la transformación del espíritu, os convertís en realidad en los templos de Dios, y su espíritu vive efectivamente dentro de vosotros. Así pues, si el espíritu reside dentro de vosotros, ya no sois unos esclavos ligados a la carne, sino unos hijos del espíritu, independientes y liberados. La nueva ley del espíritu os dota de la libertad del dominio de sí mismo, reemplazando la antigua ley del miedo, basada en la autoesclavitud y en el yugo de la abnegación.
"Muchas veces, cuando habéis hecho el mal, habéis pensado en imputar vuestros actos a la influencia del demonio, cuando en realidad simplemente os habéis descarriado a causa de vuestras propias tendencias naturales. ¿No os ha dicho el profeta Jeremías hace mucho tiempo que el corazón humano es más engañoso que nada, e incluso a veces desesperadamente perverso? ¡Qué fácil es engañaros a vosotros mismos y caer así en unos temores tontos, en deseos de todo tipo, placeres esclavizantes, malicia, envidia e incluso en un odio vengativo!
"La salvación se obtiene por la regeneración del espíritu y no por las acciones presuntuosas de la carne. Estáis justificados por la fe y sois aceptados por la gracia, no por el temor y la abnegación de la carne, aunque los hijos del Padre, que han nacido del espíritu, son siempre y para siempre dueños de su yo y de todo lo que se refiere a los deseos de la carne. Cuando sabéis que es la fe la que os salva, tenéis una verdadera paz con Dios. Y todos los que siguen el camino de esta paz celestial están destinados a ser santificados en el servicio eterno de los hijos, en constante progreso, del Dios eterno. En lo sucesivo, ya no es un deber, sino que es más bien vuestro elevado privilegio el purificaros de todos los males de la mente y del cuerpo, mientras buscáis la perfección en el amor de Dios.
"Vuestra filiación está fundada en la fe, y debéis permanecer impasibles ante el miedo. Vuestra alegría nace de la confianza en la palabra divina, y por consiguiente, no pondréis en duda la realidad del amor y de la misericordia del Padre. La bondad misma de Dios es la que conduce a los hombres a un arrepentimiento sincero y auténtico. Vuestro secreto para dominar el yo está ligado a vuestra fe en el espíritu interno, que siempre actúa por amor. Incluso esta fe salvadora no la tenéis por vosotros mismos; es también un regalo de Dios. Si sois los hijos de esta fe viviente, ya no sois los esclavos del yo, sino más bien los dueños triunfantes de vosotros mismos, los hijos liberados de Dios.
"Así pues, hijos míos, si habéis nacido del espíritu, estáis liberados para siempre de la esclavitud consciente de una vida de abnegación y de vigilancia contínua de los deseos de la carne, y sois trasladados al alegre reino del espíritu, en el que manifestáis espontáneamente los frutos del espíritu en vuestra vida diaria. Los frutos del espíritu son la esencia del tipo más alto de autocontrol agradable y ennoblecedor, e incluso lo máximo que un mortal terrestre puede alcanzar -el verdadero dominio de sí mismo."
3. LA DIVERSIÓN Y EL ESPARCIMIENTO
Por esta época se desarrolló un estado de gran tensión nerviosa y emocional entre los apóstoles y sus discípulos asociados inmediatos. Aún no se habían acostumbrado a convivir y a trabajar juntos. Cada vez tenían más dificultades para mantener unas relaciones armoniosas con los discípulos de Juan. El contacto con los gentiles y los samaritanos era una gran prueba para estos judíos. Y además de todo esto, las recientes declaraciones de Jesús habían aumentado la alteración de su estado mental. Andrés estaba casi fuera de sí; ya no sabía qué hacer, y por eso acudió al Maestro con sus problemas y perplejidades. Cuando Jesús terminó de escuchar el relato de las dificultades de su jefe apostólico, dijo: "Andrés, no puedes disuadir a los hombres de sus confusiones cuando llegan a un grado semejante de complicación, y cuando tantas personas con fuertes sentimientos están implicadas. No puedo hacer lo que me pides -no deseo participar en esas dificultades sociales personales- pero me uniré a vosotros para disfrutar de un período de tres días de descanso y esparcimiento. Dirígete a tus hermanos y anúnciales que todos vais a subir conmigo al Monte Sartaba, donde deseo descansar un día o dos.
"Ahora deberías dirigirte a cada uno de tus once hermanos y decirles en privado: `El Maestro desea que pasemos a solas con él un período de descanso y esparcimiento. Puesto que todos hemos experimentado recientemente mucha inquietud espiritual y tensión mental, sugiero que durante estas vacaciones no mencionemos para nada nuestras pruebas y dificultades. ¿Puedo contar contigo para que cooperes conmigo en este asunto?' Contacta así con cada uno de tus hermanos de manera privada y personal." Y Andrés hizo lo que el Maestro le había ordenado.
Éste fue un acontecimiento maravilloso en la experiencia de cada uno de ellos; jamás olvidaron el día que subieron a la montaña. A lo largo de todo el trayecto apenas dijeron una sola palabra de sus dificultades. Al llegar a la cima de la montaña, Jesús los sentó a su alrededor mientras les decía: "Hermanos míos, todos debéis aprender el valor del descanso y la eficacia del esparcimiento. Debéis comprender que el mejor método para resolver algunos problemas embrollados consiste en alejarse de ellos durante algún tiempo. Luego, cuando volveis renovados por el descanso o la adoración, sois capaces de atacar vuestras dificultades con una cabeza más despejada y una mano más firme, sin mencionar un corazón más resuelto. Además, muchas veces encontraréis que el tamaño y las proporciones de vuestro problema ha disminuido mientras descansábais vuestra mente y vuestro cuerpo."
Al día siguiente, Jesús asignó un tema de discusión a cada uno de los doce. Consagraron todo el día a los recuerdos y a hablar de asuntos no relacionados con su trabajo religioso. Se quedaron anonadados durante unos momentos cuando Jesús incluso descuidó dar las gracias -verbalmente- al romper el pan para su almuerzo del mediodía. Era la primera vez que lo veían omitir esta formalidad.
Cuando subieron a la montaña, la cabeza de Andrés estaba llena de problemas. El corazón de Juan estaba excesivamente perplejo. El alma de Santiago estaba dolorosamente perturbada. Mateo tenía mucha necesidad de fondos debido a la estancia del grupo entre los gentiles. Pedro estaba fatigado y había estado recientemente más temperamental que de costumbre. Judas sufría uno de sus ataques periódicos de susceptibilidad y egoísmo. Simón estaba excepcionalmente trastornado debido a sus esfuerzos por conciliar su patriotismo con el amor de la fraternidad de los hombres. Felipe estaba cada vez más confundido por la manera en que se desarrollaban los acontecimientos. El humor de Natanael había disminuido desde que habían entrado en contacto con las poblaciones gentiles, y Tomás se encontraba en medio de un grave período de depresión. Sólo los gemelos estaban en un estado normal y sin inquietudes. Todos se sentían extremadamente confusos en cuanto a la manera de llevarse pacíficamente con los discípulos de Juan.
Al tercer día, cuando empezaron a bajar de la montaña para regresar a su campamento, un gran cambio se había producido en ellos. Habían hecho el importante descubrimiento de que muchas perplejidades humanas no existen en realidad, de que muchas dificultades angustiosas son creadas por un miedo exagerado y producidas por un recelo desmedido. Habían aprendido que la mejor manera de tratar todas las confusiones de este tipo era alejarse de ellas; al irse, habían dejado que estos problemas se resolvieran por sí mismos.
El regreso de este descanso marcó el principio de un período de relaciones considerablemente mejores con los seguidores de Juan. Una gran parte de los doce cedió realmente a la hilaridad cuando notaron el cambio del estado mental de cada uno y observaron la ausencia de irritabilidad nerviosa que disfrutaban como consecuencia de sus tres días de vacaciones, alejados de los deberes rutinarios de la vida. Siempre existe el peligro de que la monotonía de los contactos humanos multiplique considerablemente las perplejidades y aumente las dificultades.
Pocos gentiles de las dos ciudades griegas de Arquelais y Fasaelis creyeron en el evangelio, pero los doce apóstoles adquirieron una valiosa experiencia con este extenso trabajo, el primero que realizaban con unas poblaciones compuestas exclusivamente de gentiles. Un lunes por la mañana hacia mediados de mes, Jesús le dijo a Andrés: "Entremos en Samaria." Y se pusieron en camino inmediatamente hacia la ciudad de Sicar, cerca del pozo de Jacob.
4. LOS JUDÍOS Y LOS SAMARITANOS
Durante más de seiscientos años, los judíos de Judea, y más tarde también los de Galilea, habían estado enemistados con los samaritanos. Este sentimiento nocivo entre los judíos y los samaritanos surgió de la manera siguiente: Unos setecientos años a. de J.C., Sargón, rey de Asiria, aplastó una revuelta en Palestina central y se llevó como cautivos a más de veinticinco mil judíos del reino septentrional de Israel, instalando en su lugar a un número casi igual de descendientes de los cutitas, sefarvitas y amatitas. Más tarde, Asurbanipal envió también otras colonias para que vivieran en Samaria.
La enemistad religiosa entre los judíos y los samaritanos databa desde el regreso de los judíos de su cautividad en Babilonia, cuando los samaritanos se esforzaron por impedir la reconstrucción de Jerusalén. Más adelante ofendieron a los judíos prestando su ayuda amistosa a los ejércitos de Alejandro. En agradecimiento por su amistad, Alejandro concedió un permiso a los samaritanos para que construyeran un templo en el Monte Gerizim, donde adoraron a Yahvé y a sus dioses tribales, y ofrecieron sacrificios muy semejantes a los de los servicios del templo de Jerusalén. Con este culto continuaron por lo menos hasta la época de los macabeos, cuando Juan Hircano destruyó su templo del Monte Gerizim. Durante sus trabajos a favor de los samaritanos después de la muerte de Jesús, el apóstol Felipe mantuvo numerosas reuniones en el lugar de este antiguo templo samaritano.
Los antagonismos entre los judíos y los samaritanos eran históricos y se habían afianzado con el paso del tiempo; desde la época de Alejandro, los dos grupos se habían relacionado cada vez menos. Los doce apóstoles no se oponían a predicar en las ciudades griegas y en otras ciudades gentiles de la Decápolis y Siria, pero fue una dura prueba para su fidelidad al Maestro cuando éste les dijo: "Entremos en Samaria." Sin embargo, durante el año y pico que habían pasado con Jesús, habían desarrollado una forma de lealtad personal que trascendía incluso su fe en las enseñanzas del Maestro y sus prejuicios contra los samaritanos.
5. LA MUJER DE SICAR
Cuando el Maestro y los doce llegaron al pozo de Jacob, Jesús estaba cansado del viaje y se detuvo cerca del pozo, mientras Felipe se llevaba a los apóstoles a Sicar para que le ayudaran a traer la comida y las tiendas, pues tenían la intención de permanecer algún tiempo en aquellos parajes. Pedro y los hijos de Zebedeo se hubieran quedado con Jesús, pero éste les rogó que se fueran con sus hermanos, diciendo: "No temáis por mí, estos samaritanos serán amistosos; sólo nuestros hermanos, los judíos, intentan hacernos daño." Eran casi las seis de aquella tarde de verano, cuando Jesús se sentó cerca del pozo para esperar el regreso de los apóstoles.
El agua del pozo de Jacob contenía menos minerales que la de los pozos de Sicar, y por eso era más apreciada como agua potable. Jesús tenía sed, pero no disponía de ningún medio para sacar el agua. Por eso, cuando una mujer de Sicar llegó con su cántaro y se dispuso a sacar agua del pozo, Jesús le dijo: "Dame de beber." Esta mujer de Samaria sabía que Jesús era judío debido a su apariencia y a su vestido, y supuso que era un judío de Galilea a causa de su acento. Se llamaba Nalda y era una hermosa criatura. Se quedó muy sorprendida de que un hombre judío le hablara así al lado del pozo y le pidiera de beber, porque en aquellos tiempos no se consideraba correcto que un hombre que se preciara hablara en público con una mujer, y mucho menos que un judío conversara con una samaritana. Por eso Nalda le preguntó a Jesús: "¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, a una mujer samaritana?" Jesús contestó: "En verdad te he pedido de beber, pero si solamente pudieras comprender, me pedirías un trago de agua viva." Entonces, Nalda dijo: "Pero Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es profundo; ¿de dónde tienes pues ese agua viva? ¿Eres más grande que nuestro padre Jacob que nos dio este pozo, del que bebió él mismo y también sus hijos y su ganado?"
Jesús respondió: "Todo el que bebe de este agua volverá a tener sed, pero cualquiera que beba el agua del espíritu vivo nunca tendrá sed. Este agua viva se volverá en él un manantial refrescante que brotará hasta la vida eterna." Nalda dijo entonces: "Dame de ese agua para no tener más sed, ni tener que venir hasta aquí para sacarla. Además, todo lo que una samaritana pueda recibir de un judío tan digno de elogios será un placer."
Nalda no sabía cómo interpretar la buena disposición de Jesús para hablar con ella. Veía en el rostro del Maestro la expresión de un hombre recto y santo, pero tomó su cordialidad por una familiaridad ordinaria, y malinterpretó su simbolismo como una manera de hacerle insinuaciones. Como era una mujer de moral descuidada, estaba dispuesta a volverse abiertamente coqueta cuando Jesús, mirándola directamente a los ojos, le dijo con una voz imperativa: "Mujer, ve a buscar a tu marido y traelo hasta aquí." Esta orden devolvió a Nalda su sentido común. Vio que había juzgado mal la bondad del Maestro; percibió que había interpretado mal el sentido de sus palabras. Estaba asustada; empezó a darse cuenta de que estaba en presencia de una persona excepcional, y buscando a ciegas en su mente una respuesta apropiada, dijo con gran confusión: "Pero Señor, no puedo llamar a mi marido, porque no tengo marido." Entonces dijo Jesús: "Has dicho la verdad porque, aunque una vez tuviste un marido, el hombre con quien vives ahora no es tu marido. Sería mejor que dejaras de jugar con mis palabras, y buscaras el agua viva que te he ofrecido hoy."
Ahora Nalda había recobrado la seriedad, y su lado bueno se había despertado. No era una mujer inmoral por haberlo elegido así plenamente. Había sido repudiada cruel e injustamente por su marido y, en esta situación desesperada, había consentido en vivir como esposa de cierto griego, pero sin casarse. Nalda se sentía ahora muy avergonzada por haberle hablado a Jesús con tanta ligereza, y se dirigió al Maestro muy arrepentida, diciendo: "Señor, me arrepiento de la manera en que te he hablado, pues percibo que eres un hombre santo o quizás un profeta." Y estaba a punto de solicitar al Maestro una ayuda directa y personal, cuando hizo lo que tantas personas han hecho antes y después de ella -eludió la cuestión de la salvación personal, orientándose hacia una discusión sobre teología y filosofía. Desvió rápidamente la conversación sobre sus propias necesidades espirituales hacia un debate teológico. Señalando al Monte Gerizim, continuó: "Nuestros padres adoraban en esta montaña, pero sin embargo, tú dirías que el lugar donde los hombres deberían adorar se encuentra en Jerusalén; ¿cuál es pues el lugar apropriado para adorar a Dios?"
Jesús percibió la tentativa del alma de la mujer por evitar un contacto directo y escrutador con su Hacedor, pero también vio que en su alma estaba presente el deseo de conocer la mejor manera de vivir. Después de todo, en el corazón de Nalda había una verdadera sed de agua viva; la trató pues con paciencia, diciéndole: "Mujer, déjame decirte que se acerca el día en que no adorarás al Padre ni en esta montaña ni en Jerusalén. Actualmente adoráis aquello que no conocéis, una mezcla de la religión de numerosos dioses paganos y de las filosofías gentiles. Los judíos saben al menos a quien adoran; han eliminado toda confusión, concentrando su adoración en un solo Dios, Yahvé. Deberías creerme cuando digo que se acerca la hora -e incluso ya está aquí - en que todos los adoradores sinceros adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque estos son precísamente los adoradores que busca el Padre. Dios es espíritu, y aquellos que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad. Tu salvación proviene no de saber cómo deberían adorar los demás o dónde deberían hacerlo, sino de recibir en tu propio corazón este agua viva que te ofrezco en este mismo momento."
Pero Nalda haría un esfuerzo más por esquivar la discusión del embarazoso problema de su vida personal en la tierra y del estado de su alma ante Dios. Una vez más recurrió a cuestiones sobre la religión en general, diciendo: "Sí, ya sé, Señor, que Juan ha predicado sobre la venida del Convertidor, aquel que será llamado el Libertador, y que cuando venga, nos proclamará todas las cosas..." y Jesús, interrumpiendo a Nalda, le dijo con una seguridad sorprendente: "Yo, que te hablo, soy esa persona."
Ésta era la primera declaración directa, positiva y sin disfraz de su naturaleza y filiación divinas que Jesús hacía en la tierra; y la hizo a una mujer, a una samaritana, a una mujer de reputación dudosa hasta ese momento a los ojos de los hombres. Pero los ojos divinos veían más a esta mujer como una víctima del pecado de los demás, que como una pecadora por su propio deseo, y ahora la veían como un alma humana que deseaba la salvación, la deseaba sinceramente y de todo corazón, y con eso bastaba.
Cuando Nalda estaba a punto de expresar su anhelo real y personal por las cosas mejores y por una manera más noble de vivir, en el momento en que se disponía a hablar del verdadero deseo de su corazón, los doce apóstoles regresaron de Sicar. Al encontrarse con esta escena, la de Jesús hablando tan íntimamente con esta mujer -esta mujer samaritana, y a solas- se quedaron más que sorprendidos. Depositaron rápidamente sus provisiones y se apartaron a un lado, sin que nadie se atreviera a censurarlo, mientras Jesús le decía a Nalda: "Mujer, continúa tu camino; Dios te ha perdonado. De ahora en adelante vivirás una nueva vida. Has recibido el agua viva; una nueva alegría brotará dentro de tu alma, y te convertirás en una hija del Altísimo." Al percibir la desaprobación de los apóstoles, la mujer abandonó su cántaro y huyó hacia la ciudad.
Al entrar en la ciudad, fue diciendo a todo el que encontró: "Ve al pozo de Jacob, y date prisa, pues allí verás a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿Podría ser el Convertidor?" Antes de ponerse el sol, un gran gentío se había reunido en el pozo de Jacob para escuchar a Jesús. Y el Maestro les contó más cosas sobre el agua de la vida, el don del espíritu interior.
Los apóstoles nunca dejaron de escandalizarse por la buena disposición de Jesús para hablar con las mujeres, con unas mujeres de reputación dudosa, e incluso con mujeres inmorales. A Jesús le resultaba muy difícil enseñar a sus apóstoles que las mujeres, incluso las calificadas de inmorales, tienen un alma que puede escoger a Dios como Padre suyo, y convertirse así en las hijas de Dios y en candidatas para la vida eterna. Incluso diecinueve siglos más tarde, mucha gente muestra la misma aversión para captar las enseñanzas del Maestro. La misma religión cristiana ha sido construída insistentemente alrededor del hecho de la muerte de Cristo, en lugar de hacerlo alrededor de la verdad de su vida. El mundo debería interesarse más por su vida feliz, reveladora de Dios, que por su muerte trágica y triste.
Al día siguiente, Nalda contó toda esta historia al apóstol Juan, pero éste nunca la reveló íntegramente a los otros apóstoles, y Jesús no habló detalladamente de esto a los doce.
Nalda le contó a Juan que Jesús le había dicho "todo lo que había hecho". Juan quiso muchas veces preguntarle a Jesús sobre esta charla con Nalda, pero nunca lo hizo. Jesús sólo le había dicho a Nalda una cosa sobre sí misma, pero su mirada clavada en sus ojos y la manera de tratarla, trajeron en un instante a su mente una revisión panorámica de toda su variada vida, de tal forma que asoció toda esta autorrevelación de su vida pasada con la mirada y las palabras del Maestro. Jesús nunca le dijo que había tenido cinco maridos. Había vivido con cuatro hombres diferentes desde que su marido la había repudiado, y este hecho, junto con todo su pasado, surgió tan vívidamente en su mente cuando se dio cuenta de que Jesús era un hombre de Dios, que posteriormente le repitió a Juan que Jesús le había dicho realmente todo sobre sí misma.
6. EL RENACIMIENTO RELIGIOSO EN SAMARIA
La tarde que Nalda hizo salir a la muchedumbre de Sicar para ver a Jesús, los doce acababan de regresar con los alimentos y rogaron a Jesús que comiera con ellos en lugar de hablarle a la gente, pues llevaban todo el día sin comer y tenían hambre. Pero Jesús sabía que pronto les envolvería la oscuridad, y por ello persistió en su determinación de hablarle a la gente antes de despedirla. Cuando Andrés intentó persuadirlo para que comiera algo antes de dirigirse a la multitud, Jesús le dijo: "Tengo un alimento para comer que vosotros no conoceis." Cuando los apóstoles escucharon esto, se dijeron entre ellos: "¿Alguien le ha traído algo de comer? ¿Puede ser que la mujer le haya dado alimentos además de bebida?" Cuando Jesús los escuchó hablando entre ellos, antes de dirigirse a la gente se volvió hacia los doce y les dijo: "Mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me ha enviado y realizar su obra. Deberíais dejar de decir que falta tanto o tanto tiempo para la cosecha. Contemplad a esta gente que sale de una ciudad samaritana para escucharnos; os digo que los campos ya se han puesto blancos para la cosecha. El que siega recibe su salario y recoge este fruto para la vida eterna; en consecuencia, los sembradores y los segadores se regocijan juntos, porque en esto reside la verdad del refrán: `uno siembra y el otro cosecha'. Ahora os envío a cosechar algo que no habéis trabajado; otros han trabajado, y vosotros estáis a punto de formar parte de su trabajo." Dijo esto refiriéndose a la predicación de Juan el Bautista.
Jesús y los apóstoles fueron a Sicar y predicaron dos días antes de establecer su campamento en el Monte Gerizim. Muchos habitantes de Sicar creyeron en el evangelio y pidieron ser bautizados, pero los apóstoles de Jesús aún no bautizaban.
La primera noche de campamento en el Monte Gerizim, los apóstoles suponían que Jesús les regañaría por su actitud hacia la mujer en el pozo de Jacob, pero él no hizo ninguna referencia a este asunto. En lugar de eso, les dio una charla memorable sobre "las realidades que son centrales en el reino de Dios". En cualquier religión, es muy fácil consentir que los valores se vuelvan desproporcionados y permitir que los hechos ocupen el lugar de la verdad en la teología personal. El hecho de la cruz se volvió el centro mismo del cristianismo posterior, pero ésta no es la verdad central de la religión que se puede deducir de la vida y de las enseñanzas de Jesús de Nazaret.
El tema de la enseñanza de Jesús en el Monte Gerizim fue el siguiente: deseaba que todos los hombres vieran a Dios como un Padre-amigo, así como él (Jesús) es un hermano-amigo. Les inculcó una y otra vez que el amor es la relación más grande en el mundo -en el universo-, al igual que la verdad es la proclamación más grande de la observación de estas relaciones divinas.
Jesús se manifestó tan plenamente a los samaritanos porque podía hacerlo sin peligro, y porque sabía que no volvería a visitar el corazón de Samaria para predicar el evangelio del reino.
Jesús y los doce acamparon en el Monte Gerizim hasta finales de agosto. Durante el día predicaban la buena nueva del reino -la paternidad de Dios- a los samaritanos en las ciudades, y pasaban la noche en el campamento. El trabajo que Jesús y los doce efectuaron en estas ciudades samaritanas dió muchas almas al reino y contribuyó ampliamente a preparar el terreno para la obra maravillosa de Felipe en estas regiones, después de la muerte y resurrección de Jesús, y después de que los apóstoles se dispersaran hasta los confines de la tierra, debido a la persecución encarnizada de los creyentes en Jerusalén.
7. LAS ENSEÑANZAS SOBRE LA ORACIÓN Y LA ADORACIÓN
En las conferencias nocturnas en el Monte Gerizim, Jesús enseñó muchas grandes verdades y recalcó particularmente las siguientes:
La verdadera religión es la actuación de un alma individual en sus relaciones conscientes con el Creador; la religión organizada es el intento del hombre por socializar la adoración de los practicantes individuales de la religión.
La adoración -la contemplación de lo espiritual- debe alternar con el servicio, el contacto con la realidad material. El trabajo debería alternar con el esparcimiento; la religión debería estar equilibrada con el humor. La filosofía profunda debería ser aliviada con la poesía rítmica. El esfuerzo por vivir -la tensión de la personalidad en el tiempo- debería ser mitigado con el reposo de la adoración. Las sensaciones de inseguridad procedentes del miedo al aislamiento de la personalidad en el universo, deberían ser contrarrestradas con la contemplación del Padre, a través de la fe, y con el intento de comprender al Supremo.
La oración está destinada a hacer que el hombre piense menos y comprenda más; no está destinada a incrementar el conocimiento, sino más bien a ampliar la perspicacia.
La adoración tiene la finalidad de anticipar la vida mejor del futuro, y luego reflejar estas nuevas significaciones espirituales en la vida presente. La oración es un sostén espiritual, pero la adoración es divinamente creativa.
La adoración es la técnica de buscar en el Uno la inspiración para servir a la multitud. La adoración es la vara que mide el grado en que el alma se ha desprendido del universo material, y se ha adherido de manera simultánea y segura a las realidades espirituales de toda la creación.
La oración es recordarse a sí mismo -un pensamiento sublime; la adoración es olvidarse de sí mismo -un superpensamiento. La adoración es una atención sin esfuerzo, el verdadero descanso ideal del alma, una forma de ejercicio espiritual sosegado.
La adoración es el acto de un fragmento que se identifica con el Todo, lo finito con lo Infinito, el hijo con el Padre, el tiempo en la operación de ajustarse al ritmo de la eternidad. La adoración es el acto de la comunión personal del hijo con el Padre divino, la aceptación de unas actitudes vivificantes, creativas, fraternales y románticas por parte del alma-espíritu del hombre.
Aunque los apóstoles sólo comprendieron una pequeña parte de las enseñanzas del Maestro en el campamento, otros mundos las comprendieron, y otras generaciones de la tierra las comprenderán.
CAPÍTULO 144
EN EL GILBOA Y LA DECÁPOLIS
DURANTE LOS MESES de septiembre y octubre se retiraron a un campamento aislado en las laderas del Monte Gilboa. Jesús pasó aquí el mes de septiembre a solas con sus apóstoles, enseñándoles e instruyéndoles en las verdades del reino.
Había varias razones para que Jesús y sus apóstoles se retiraran en aquel momento a la frontera de Samaria y la Decápolis. Los dirigentes religiosos de Jerusalén eran muy hostiles; Herodes Antipas aún mantenía a Juan en la cárcel, temiendo tanto ponerlo en libertad como ejecutarlo, y continuaba sospechando que existía algún tipo de complicidad entre Juan y Jesús. En estas condiciones, no era prudente planear una labor dinámica en Judea o en Galilea. Y había una tercera razón: la tensión lentamente creciente entre los jefes de los discípulos de Juan y los apóstoles de Jesús, que empeoraba a medida que aumentaba el número de creyentes.
Jesús sabía que el período de trabajo preliminar de enseñanza y predicación casi había terminado, que el paso siguiente sería el comienzo del pleno esfuerzo final de su vida en la tierra; no deseaba que la puesta en marcha de esta empresa fuera de ninguna manera penosa o embarazosa para Juan el Bautista. Por eso Jesús había decidido pasar algún tiempo aislado, repasando la enseñanza con sus apóstoles, y luego efectuar algún trabajo discreto en las ciudades de la Decápolis, hasta que Juan fuera ejecutado o puesto en libertad para unirse a ellos en un esfuerzo común.
1. EL CAMPAMENTO DE GILBOA
A medida que pasaba el tiempo, los doce se consagraban más a Jesús y estaban más comprometidos con el trabajo del reino. Su devoción era en gran parte una cuestión de lealtad personal. No captaban su enseñanza polifacética; no comprendían plenamente la naturaleza de Jesús ni el significado de su donación en la tierra.
Jesús indicó claramente a sus apóstoles que se habían retirado por tres razones:
1. Para confirmar la comprensión del evangelio del reino, por parte de los apóstoles, y su fe en él.
Para permitir que se calmara la oposición a su obra, tanto en Judea como en Galilea.
2.
3. Para esperar cuál sería el destino de Juan el Bautista.
Mientras se demoraban en el Gilboa, Jesús contó muchas cosas a los doce sobre sus primeros años de vida y sus experiencias en el Monte Hermón; también les reveló algo de lo sucedido en las colinas durante los cuarenta días que siguieron inmediatamente a su bautismo. Y les encargó formalmente que no contaran a nadie estas experiencias hasta después de que hubiera regresado al Padre.
Durante estas semanas de septiembre, descansaron, conversaron, relataron sus experiencias desde que Jesús les había llamado por primera vez al servicio, y emprendieron un esfuerzo serio para coordinar lo que el Maestro les había enseñado hasta ese momento. En cierta medida, todos tenían el sentimiento de que ésta sería su última oportunidad para descansar de manera prolongada. Se daban cuenta de que su próximo esfuerzo público, en Judea o en Galilea, marcaría el principio de la proclamación final del reino venidero, pero tenían poca o ninguna idea concreta sobre lo que este reino sería cuando llegara. Juan y Andrés pensaban que el reino ya había llegado. Pedro y Santiago creían que aún estaba por venir. Natanael y Tomás confesaban francamente que estaban perplejos. Mateo, Felipe y Simón Celotes estaban indecisos y confusos. Los gemelos se mantenían felizmente ignorantes de la controversia, y Judas Iscariote guardaba silencio, evasivo.
La mayor parte de este tiempo, Jesús estuvo a solas en la montaña, cerca del campamento. De vez en cuando se llevaba a Pedro, Santiago o Juan, pero muy a menudo se iba solo para orar o comulgar. Después del bautismo de Jesús y de los cuarenta días en las colinas de Perea, no es muy exacto calificar de oración estos períodos de comunión con su Padre, y tampoco es consistente decir que Jesús estaba adorando; pero es totalmente correcto sugerir que en estos períodos estaba en comunión personal con su Padre.
El tema central de las discusiones, a lo largo de todo el mes de septiembre, fue la oración y la adoración. Después de haber hablado de la adoración durante varios días, Jesús terminó pronunciando su memorable discurso sobre la oración, en respuesta a la petición de Tomás: "Maestro, enséñanos a orar."
Juan había enseñado una oración a sus discípulos, una oración para la salvación en el reino por venir. Aunque Jesús nunca prohibió a sus seguidores que utilizaran la forma de oración de Juan, los apóstoles percibieron muy pronto que su Maestro no aprobaba plenamente la práctica de expresar oraciones establecidas y formales. Sin embargo, los creyentes solicitaban constantemente que se les enseñara a orar. Los doce anhelaban saber el tipo de súplica que Jesús aprobaría. Debido principalmente a esta necesidad de una súplica sencilla para la gente corriente, Jesús consintió entonces en enseñarles, en respuesta a la petición de Tomás, una forma sugerente de oración. Jesús dio esta lección una tarde durante la tercera semana de la estancia del grupo en el Monte Gilboa.
2. EL DISCURSO SOBRE LA ORACIÓN
"En verdad, Juan os ha enseñado una forma sencilla de oración: `¡Oh Padre, límpianos del pecado, muéstranos tu gloria, revélanos tu amor y deja que tu espíritu santifique para siempre nuestro corazón. Amén!' Enseñó esta oración para que tuvierais algo que enseñar a las multitudes. No era su intención que utilizárais esta súplica establecida y formal como expresión de vuestra propia alma en oración.
"La oración es una expresión enteramente personal y espontánea de la actitud del alma hacia el espíritu; la oración debería ser la comunión de la filiación y la expresión de la hermandad. Cuando la oración es dictada por el espíritu, conduce al progreso espiritual cooperativo. La oración ideal es una forma de comunión espiritual que conduce a la adoración inteligente. La verdadera oración es la actitud sincera de tender la mano hacia el cielo para conseguir vuestros ideales.
"La oración es el aliento del alma y debería induciros a perseverar en vuestro intento por descubrir la voluntad del Padre. Si cualquiera de vosotros tiene un vecino y vais a verle a media noche, diciéndole: `Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío que está de viaje ha venido a verme, y no tengo nada que ofrecerle'; y si vuestro vecino responde, `No me molestes, porque la puerta ya está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados; por eso no puedo levantarme para darte el pan', vosotros insistiréis explicándole que vuestro amigo tiene hambre, y que no teneis ninguna comida que ofrecerle. Os digo que si vuestro vecino no quiere levantarse para daros el pan por amistad hacia vosotros, se levantará a causa de vuestra importunidad y os dará tantos panes como necesitéis. Así pues, si la perseverancia obtiene incluso los favores del hombre mortal, cuánto más vuestra perseverancia en el espíritu conseguirá para vosotros el pan de la vida de las manos complacientes del Padre que está en los cielos. Os lo digo otra vez: Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca encuentra; y al que llama a la puerta de la salvación se le abrirá.
"¿Qué padre de entre vosotros, si su hijo le hace una petición imprudente, dudaría en darle según la sabiduría paternal, en lugar de hacerlo en los términos de la demanda errónea del hijo? Si el niño necesita pan, ¿le daréis una piedra simplemente porque la ha pedido tontamente? Si vuestro hijo necesita un pez, ¿le daréis una serpiente de agua simplemente porque ha aparecido una en la red con el pescado, y el niño la pide neciamente? Si vosotros, que sois mortales y finitos, sabéis cómo responder a las peticiones y dar a vuestros hijos unos dones buenos y apropiados, ¿cuánto más, vuestro Padre celestial, dará el espíritu y numerosas bendiciones adicionales a aquellos que se lo pidan? Los hombres deberían orar siempre sin dejarse desanimar.
"Dejadme que os cuente la historia de cierto juez que vivía en una ciudad perversa. Este juez no temía a Dios ni tenía respeto por los hombres. Ahora bien, había en esta ciudad una viuda necesitada que iba contínuamente a la casa de este juez injusto, diciendo: `Protéjeme de mi adversario.' Durante algún tiempo no quiso prestarle atención, pero pronto se dijo para sus adentros: `Aunque no temo a Dios ni tengo consideración con los hombres, como esta viuda no deja de molestarme, la defenderé para que deje de cansarme con sus contínuas visitas.' Os cuento estas historias para animaros a perseverar en la oración, y no para daros a entender que vuestras súplicas modificarán al Padre justo y recto del cielo. En todo caso, vuestra insistencia no es para ganar el favor de Dios, sino para cambiar vuestra actitud terrestre y aumentar la capacidad de vuestra alma para recibir el espíritu.
"Pero cuando oráis, empleáis tan poca fe. Una fe auténtica desplazará las montañas de dificultades materiales que puedan encontrarse en el sendero de la expansión del alma y del progreso espiritual."
3. LA ORACIÓN DEL CREYENTE
Pero los apóstoles aún no estaban satisfechos; deseaban que Jesús les ofreciera una oración modelo que pudieran enseñar a los nuevos discípulos. Después de escuchar este discurso sobre la oración, Santiago Zebedeo dijo: "Muy bien, Maestro, pero esa forma de oración no la deseamos tanto para nosotros como para los nuevos creyentes que nos piden tan a menudo: `Enseñadnos a orar de manera aceptable al Padre que está en los cielos.'"
Cuando Santiago terminó de hablar, Jesús dijo: "Si aún continuáis deseando una oración así, os daré a conocer la que enseñé a mis hermanos y hermanas en Nazaret":
Padre nuestro que estás en los cielos,
Santificado sea tu nombre.
Que venga tu reino; que se haga tu voluntad
En la tierra al igual que en el cielo.
Danos hoy nuestro pan para mañana;
Vivifica nuestra alma con el agua de la vida.
Y perdónanos nuestras deudas
Como nosotros también hemos perdonado a nuestros deudores.
Sálvanos de la tentación, líbranos del mal,
Y haznos cada vez más perfectos como tú mismo.
No es de extrañar que los apóstoles desearan que Jesús les enseñara una oración modelo para los creyentes. Juan el Bautista había enseñado varias oraciones a sus seguidores; todos los grandes instructores habían formulado oraciones para sus alumnos. Los educadores religiosos de los judíos tenían unas veinticinco o treinta oraciones establecidas, que recitaban en las sinagogas e incluso en las esquinas de la calle. Jesús era particularmente contrario a orar en público. Hasta ese momento, los doce sólo lo habían escuchado rezar unas pocas veces. Observaban que pasaba las noches enteras orando o adorando, y tenían mucha curiosidad por conocer el método o la forma de sus súplicas. Se sentían acosados y sin saber qué contestar a las multitudes cuando éstas les pedían que les enseñaran a rezar, como Juan había enseñado a sus discípulos.
Jesús enseñó a los doce a orar siempre en secreto; a salir a solas en medio de los tranquilos contornos de la naturaleza, o a entrar en sus habitaciones y cerrar las puertas cuando se pusieran a orar.
Después de la muerte de Jesús y de su ascensión hacia el Padre, muchos creyentes adoptaron la costumbre de terminar este llamado Padre nuestro, añadiendo: "En el nombre del Señor Jesucristo." Más tarde aún, dos líneas se perdieron al copiarse esta oración, y se añadió una cláusula adicional que decía: "Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria, para siempre."
Jesús ofreció esta oración a los apóstoles, de manera colectiva, tal como la rezaban en el hogar de Nazaret. Nunca enseñó una oración personal formalista, sino únicamente súplicas colectivas, familiares o sociales. Y nunca lo hizo por su propia voluntad.
Jesús enseñó que la oración eficaz debe ser:
1.
2.
Altruista -no solamente para sí mismo.
Creyente -conforme a la fe.
Sincera -honrada de corazón.
Inteligente -conforme a la luz.
Confiada -sometida a la voluntad infinitamente sabia del Padre.
3.
4.
5.
Cuando Jesús pasaba noches enteras rezando en la montaña, lo hacía principalmente para sus discípulos, y en particular para los doce. El Maestro oraba muy poco para sí mismo, aunque practicaba mucho la adoración, cuya naturaleza era una comunión comprensiva con su Padre del Paraíso.
4. MÁS COSAS SOBRE LA ORACIÓN
Durante los días siguientes al discurso sobre la oración, los apóstoles continuaron haciéndole preguntas al Maestro sobre esta práctica cultual importantísima. Las instrucciones que Jesús impartió a los apóstoles durante aquellos días sobre la oración y la adoración, se pueden resumir y exponer en un lenguaje moderno de la manera siguiente:
La repetición seria y anhelante de una súplica cualquiera, cuando esa oración es la expresión sincera de un hijo de Dios y es manifestada con fe, por muy descaminada que esté o por muy imposible que sea de responder directamente, nunca deja de aumentar la capacidad de recepción espiritual del alma.
En todas las oraciones, recordad que la filiación es un don. Ningún niño tiene que hacer nada para conseguir la condición de hijo o de hija. El hijo terrestre surge a la existencia por voluntad de sus padres. De la misma manera, el hijo de Dios llega a la gracia y a la nueva vida del espíritu por voluntad del Padre que está en los cielos. Por eso, el reino de los cielos -la filiación divina- debe recibirse como lo recibiría un niño pequeño. La rectitud -el desarrollo progresivo del carácter- se adquiere, pero la filiación se recibe por la gracia y a través de la fe.
La oración condujo a Jesús a la supercomunión de su alma con los Gobernantes Supremos del universo de universos. La oración conducirá a los mortales de la tierra a la comunión de la verdadera adoración. La capacidad espiritual de recepción del alma determina la cantidad de bendiciones celestiales que uno puede apropiarse personalmente, y comprender conscientemente, como una respuesta a la oración.
La oración, y la adoración que la acompaña, es una técnica para apartarse de la rutina diaria de la vida, de los agobios monótonos de la existencia material. Es una vía para acercarse a la autorrealización espiritualizada y para conseguir la individualidad intelectual y religiosa.
La oración es un antídoto contra la introspección nociva. La oración, al menos tal como la enseñó el Maestro, es una ayuda benéfica para el alma. Jesús empleó convenientemente la influencia benéfica de la oración para sus propios semejantes. El Maestro oraba generalmente en plural, no en singular. Jesús solamente oró para sí mismo en las grandes crisis de su vida terrestre.
La oración es el aliento de la vida del espíritu en medio de la civilización material de las razas de la humanidad. La adoración es la salvación para las generaciones de mortales que persiguen los placeres.
Al igual que la oración se puede asemejar a la recarga de las baterías espirituales del alma, la adoración se puede comparar al acto de sintonizar el alma para captar las emisiones universales del espíritu infinito del Padre Universal.
La oración es la mirada sincera y anhelante que el hijo dirige a su Padre espiritual; es un proceso psicológico que consiste en intercambiar la voluntad humana por la voluntad divina. La oración es una parte del plan divino para transformar lo que es en lo que debería ser.
Una de las razones por las cuales Pedro, Santiago y Juan, que con tanta frecuencia acompañaron a Jesús en sus largas vigilias nocturnas, nunca lo escucharon rezar, es porque su Maestro raramente expresaba sus oraciones en un lenguaje hablado. Jesús efectuaba prácticamente todas sus oraciones en espíritu y en su corazón -en silencio.
De todos los apóstoles, Pedro y Santiago son los que estuvieron más cerca de comprender las enseñanzas del Maestro sobre la oración y la adoración.
5. OTRAS FORMAS DE ORACIÓN
De vez en cuando, durante el resto de su estancia en la tierra, Jesús atrajo la atención de los apóstoles sobre diversas formas adicionales de oración, pero sólo lo hizo para ilustrar otras cuestiones, y les recomendó que no enseñaran a las multitudes estas "oraciones en parábolas". Muchas de ellas procedían de otros planetas habitados, pero Jesús no reveló este hecho a los doce. Entre estas oraciones se encontraban las siguientes:
Padre nuestro en quien consisten los reinos del universo,
Que tu nombre sea elevado y tu carácter glorificado.
Tu presencia nos rodea, y tu gloria se manifiesta
Imperfectamente a través de nosotros, así como se muestra en perfección en el cielo.
Danos hoy las fuerzas vivificantes de la luz,
Y no dejes que nos desviemos por las sendas perversas de nuestra imaginación,
Porque tuya es la gloriosa presencia interior, el poder eterno,
Y para nosotros, el don eterno del amor infinito de tu Hijo.
Así sea, y es eternamente verdad.
Así sea, y es eternamente verdad.Otórganos tu naturaleza y danos tu carácter. Haz de nosotros tus hijos e hijas por la gracia
Y glorifica tu nombre a través de nuestro perfeccionamiento eterno.
Danos tu espíritu ajustador y controlador para que viva y resida en nosotros.Para que podamos hacer tu voluntad en esta esfera, como los ángeles ejecutan tus órdenes en la luz.
Sosténnos hoy en nuestro progreso a lo largo del camino de la verdad.
Líbranos de la inercia, del mal y de toda transgresión pecaminosa.
Sé paciente con nosotros, como nosotros mostramos misericordia a nuestros semejantes.
Derrama ampliamente el espíritu de tu misericordia en nuestros corazones de criaturas.
Guíanos con tu propia mano, paso a paso, por el incierto laberinto de la vida,
Y cuando llegue nuestro fin, recibe en tu propio seno nuestro espíritu fiel.
Así sea, que se haga tu voluntad y no nuestros deseos.
Padre nuestro celestial, perfecto y justo,
Guía y dirige hoy nuestro viaje.
Santifica nuestros pasos y coordina nuestros pensamientos.
Condúcenos siempre por los caminos del progreso eterno.
Llénanos de sabiduría hasta la plenitud del poder
Y vivifícanos con tu energía infinita.
Inspíranos con la conciencia divina de
La presencia y la guía de las huestes seráficas.
Guíanos siempre hacia arriba por el sendero de la luz;
Justifícanos plenamente el día del gran juicio.
Haznos semejantes a ti en gloria eterna
Y recíbenos a tu servicio perpétuo en el cielo.
Padre nuestro, que permaneces en el misterio,
Revélanos tu santo carácter.
Concede hoy a tus hijos de la tierra
Que vean el camino, la luz y la verdad.
Muéstranos el sendero del progreso eterno,
Y danos la voluntad de caminar en él.
Establece dentro de nosotros tu soberanía divina
Y otórganos así el completo dominio del yo.
No dejes que nos desviemos por los senderos de las tinieblas y de la muerte;
Condúcenos perpétuamente cerca de las aguas de la vida.
Escucha estas oraciones nuestras por tu propio bien;
Complácete en hacernos cada vez más semejantes a ti.
Al final, por el amor del Hijo divino,
Recíbenos en los brazos eternos.
Así sea, que se haga tu voluntad y no la nuestra.
Glorioso Padre y Madre, fundidos en un solo ascendiente,
Quisiéramos ser fieles a tu naturaleza divina.
Que tu propio yo viva de nuevo en nosotros y a través de nosotros
Mediante el don y el otorgamiento de tu espíritu divino,
Reproduciéndote así imperfectamente en esta esfera
Como te muestras de manera perfecta y majestuosa en el cielo.
Danos día tras día tu dulce ministerio de fraternidad
Y condúcenos en todo momento por el sendero del servicio afectuoso.
Sé siempre e incansablemente paciente con nosotros
Como nosotros mostramos tu paciencia a nuestros hijos.
Danos la sabiduría divina que hace bien todas las cosas
Y el amor infinito que es bondadoso con todas las criaturas.
Otórganos tu paciencia y tu misericordia,
Para que nuestra caridad envuelva a los débiles del mundo.
Y cuando termine nuestra carrera, haz de ella un honor para tu nombre,
Un placer para tu buen espíritu, y una satisfacción para los que ayudan a nuestra alma.
Que el bien eterno de tus hijos mortales no sea el que nosotros anhelamos, afectuoso Padre nuestro, sino el que tú deseas.
Que así sea.
Origen nuestro totalmente fiel y Centro todopoderoso nuestro,
Que el nombre de tu Hijo lleno de bondad sea santificado y venerado.
Tus generosidades y tus bendiciones han descendido sobre nosotros,
Dándonos fuerza para hacer tu voluntad y ejecutar tus mandatos.
Danos en todo momento el sustento del árbol de la vida;
Refréscanos día tras día con las aguas vivas del río de la vida.
Condúcenos paso a paso fuera de las tinieblas y hacia la luz divina.
Renueva nuestra mente mediante las transformaciones del espíritu interior,
Y cuando llegue finalmente nuestro fin mortal,
Recíbenos contigo y envíanos a la eternidad.
Corónanos con las diademas celestiales del servicio fructífero,
Y glorificaremos al Padre, al Hijo y a la Santa Influencia.
Que así sea, en todo un universo sin fin.
Padre nuestro que resides en los lugares secretos del universo,
Que tu nombre sea honrado, tu misericordia venerada, y tu juicio respetado.
Que el sol de la rectitud brille sobre nosotros a mediodía,
Mientras te suplicamos que guíes nuestros pasos descarriados en el crepúsculo.
Llévanos de la mano por los caminos que tú mismo has escogido,
Y no nos abandones cuando la senda sea dura y las horas sombrías.
No nos olvides como nosotros te olvidamos y abandonamos tan a menudo.
Pero sé misericordioso y ámanos como nosotros deseamos amarte.
Míranos desde arriba con benevolencia y perdónanos con misericordia
Como nosotros perdonamos en justicia a los que nos afligen y nos perjudican.
Que el amor, la devoción y la donación del Hijo majestuoso,
Nos proporcionen la vida eterna con tu misericordia y amor sin fin.
Que el Dios de los universos nos otorgue la plena medida de su espíritu;
Danos la gracia de someternos a las directrices de este espíritu.
Por el ministerio afectuoso de las leales huestes seráficas
Que el Hijo nos guíe y nos conduzca hasta el final de la era.
Haznos siempre cada vez más semejantes a ti mismo
Y cuando llegue nuestro fin, recíbenos en el abrazo eterno del Paraíso.
Que así sea, en nombre del Hijo donador
Para el honor y la gloria del Padre Supremo.
Aunque los apóstoles no tenían la libertad de exponer estas lecciones sobre la oración en sus enseñanzas públicas, todas estas revelaciones les resultaron muy provechosas en sus experiencias religiosas personales. Jesús utilizó como ejemplos estos modelos de oración y otros más en conexión con la instrucción íntima de los doce, y se ha concedido un permiso expreso para transcribir estos siete modelos de oración en este relato.
6. LA CONFERENCIA CON LOS APÓSTOLES DE JUAN
Hacia primeros de octubre, Felipe y algunos de sus compañeros apóstoles estaban en un pueblo cercano comprando provisiones, cuando se encontraron con algunos de los apóstoles de Juan el Bautista. Este encuentro fortuito en la plaza del mercado tuvo como resultado una conferencia de tres semanas, en el campamento de Gilboa, entre los apóstoles de Jesús y los apóstoles de Juan, porque Juan, siguiendo el ejemplo de Jesús, había nombrado recientemente como apóstoles a doce de sus principales discípulos. Juan había hecho esto debido a la insistencia de Abner, el jefe de sus leales partidarios. Jesús estuvo presente en el campamento de Gilboa toda la primera semana de esta conferencia conjunta, pero se ausentó durante las dos últimas.
A principios de la segunda semana de este mes, Abner había reunido a todos sus compañeros en el campamento de Gilboa y estaba preparado para deliberar con los apóstoles de Jesús. Durante tres semanas, estos veinticuatro hombres celebraron sus sesiones tres veces al día y seis días por semana. La primera semana, Jesús se mezcló con ellos en sus sesiones de la mañana, de la tarde y de la noche. Querían que el Maestro se reuniera con ellos y presidiera sus deliberaciones conjuntas, pero él se negó firmemente a participar en sus discusiones, aunque consintió en hablarles en tres ocasiones. Estas charlas de Jesús a los veinticuatro trataron de la comprensión, la cooperación y la tolerancia.
Andrés y Abner presidieron alternativamente estas reuniones conjuntas de los dos grupos apostólicos. Estos hombres tenían muchas dificultades que tratar y numerosos problemas que resolver. Una y otra vez quisieron someter sus inquietudes a Jesús, sin otro resultado que oírle decir: "Sólo me ocupo de vuestros problemas personales y puramente religiosos. Soy el representante del Padre para los individuos, no para los grupos. Si tenéis dificultades personales en vuestras relaciones con Dios, venid a mí; os escucharé y os aconsejaré para que solucionéis vuestro problema. Pero si os ponéis a coordinar las interpretaciones humanas divergentes de las cuestiones religiosas, y a socializar la religión, estáis destinados a solucionar todos esos problemas con vuestras propias decisiones. Sin embargo, contad siempre con mi simpatía y mi interés. Cuando lleguéis a vuestras conclusiones en relación con estos temas sin importancia espiritual, con tal que estéis todos de acuerdo, os prometo de antemano toda mi aprobación y mi cooperación sincera. Y ahora, para no estorbaros en vuestras deliberaciones, os dejo durante dos semanas. No os inquietéis por mí, pues regresaré a vosotros. Estaré ocupado en los asuntos de mi Padre, porque tenemos otros reinos además de éste."
Después de hablar así, Jesús descendió por la ladera de la montaña y no lo volvieron a ver durante dos semanas enteras. No supieron nunca donde había ido ni qué había hecho durante aquellos días. Se quedaron tan desconcertados por la ausencia del Maestro, que los veinticuatro necesitaron algún tiempo para ponerse a considerar seriamente sus problemas. Sin embargo, al cabo de una semana estaban sumergidos de nuevo en sus discusiones, y no podían recurrir a Jesús para que les ayudara.
El primer asunto que el grupo acordó fue adoptar la oración que Jesús les había enseñado tan recientemente. Votaron por unanimidad que aceptaban esta oración como la única que los dos grupos de apóstoles enseñarían a los creyentes.
A continuación decidieron que mientras Juan viviera, ya sea en la cárcel o fuera de ella, ambos grupos de doce apóstoles continuarían con su propio trabajo, y que cada tres meses celebrarían reuniones conjuntas de una semana en lugares a convenir de vez en cuando.
Pero el más grave de todos sus problemas era la cuestión del bautismo. Sus dificultades se habían agravado mucho más porque Jesús se había negado a pronunciarse sobre el tema. Finalmente acordaron lo siguiente: Mientras Juan viviera, o hasta que modificaran esta decisión de manera conjunta, sólo los apóstoles de Juan bautizarían a los creyentes, y sólo los apóstoles de Jesús completarían la instrucción de los nuevos discípulos. En consecuencia, desde aquel momento hasta después de la muerte de Juan, dos apóstoles de Juan acompañaron a Jesús y sus apóstoles para bautizar a los creyentes, pues el consejo conjunto había votado por unanimidad que el bautismo se convertiría en el paso inicial de la alianza exterior con los asuntos del reino.
A continuación acordaron que, si Juan moría, sus apóstoles se presentarían ante Jesús y se someterían a su dirección, y que dejarían de bautizar a menos que fueran autorizados por Jesús o sus apóstoles.
Después votaron que, en el caso de que Juan muriera, los apóstoles de Jesús empezarían a bautizar con agua, como símbolo del bautismo del Espíritu divino. La cuestión de si el arrepentimiento debía ligarse o no a la predicación del bautismo se dejó opcional; no se tomó ninguna decisión obligatoria para el grupo. Los apóstoles de Juan predicaban: "Arrepentíos y sed bautizados", y los apóstoles de Jesús proclamaban: "Creed y sed bautizados."
Ésta es la historia del primer intento de los seguidores de Jesús por coordinar los esfuerzos divergentes, ajustar las diferencias de opinión, organizar las empresas colectivas, regular las observancias externas y socializar las prácticas religiosas personales.
Examinaron otras muchas cuestiones menores y llegaron a un acuerdo unánime para solucionarlas. Estos veinticuatro hombres tuvieron una experiencia verdaderamente notable durante las dos semanas que se vieron obligados a enfrentarse con los problemas y a arreglar las dificultades sin Jesús. Aprendieron a discrepar, a discutir, a litigar, a orar y a transigir, y desde el principio al fin, a experimentar simpatía por el punto de vista de la otra persona y a mantener al menos cierto grado de
tolerancia por sus opiniones sinceras.
Jesús regresó la tarde de la discusión final sobre los asuntos Aquí me quedo
financieros; se enteró de sus deliberaciones, escuchó sus decisiones y dijo: "Éstas son pues vuestras conclusiones; ayudaré a cada uno de vosotros a llevar a cabo el espíritu de vuestras decisiones conjuntas."
Juan fue ejecutado dos meses y medio después, y durante todo este tiempo sus apóstoles permanecieron con Jesús y los doce. Todos trabajaron juntos y bautizaron a los creyentes durante este período de actividad en las ciudades de la Decápolis. El campamento de Gilboa se levantó el 2 de noviembre del año 27.
7. EN LAS CIUDADES DE LA DECÁPOLIS
Durante los meses de noviembre y diciembre, Jesús y los veinticuatro trabajaron tranquilamente en las ciudades griegas de la Decápolis, principalmente en Escitópolis, Gerasa, Abila y Gadara. Éste fue realmente el final del período preliminar durante el cual se hicieron cargo del trabajo y de la organización de Juan. La religión de una nueva revelación, al socializarse, siempre paga el precio de un compromiso con las formas y costumbres establecidas de la religión precedente que trata de salvar. El bautismo fue el precio que pagaron los discípulos de Jesús para incluir entre ellos, como grupo religioso socializado, a los seguidores de Juan el Bautista. Los discípulos de Juan, al unirse con los de Jesús, renunciaron a casi todo, excepto al bautismo con agua.
Jesús enseñó poco en público durante esta misión en las ciudades de la Decápolis. Pasó un tiempo importante enseñando a los veinticuatro y tuvo muchas sesiones especiales con los doce apóstoles de Juan. Con el tiempo llegaron a comprender mejor por qué Jesús no iba a visitar a Juan en la cárcel, y por qué no hacía ningún esfuerzo por conseguir su liberación. Pero nunca pudieron comprender por qué Jesús no realizaba obras milagrosas, por qué se negaba a manifestar los signos exteriores de su autoridad divina. Antes de venir al campamento de Gilboa, habían creído en Jesús principalmente a causa del testimonio de Juan, pero pronto empezaron a creer como resultado de su propio contacto con el Maestro y sus enseñanzas.
Durante estos dos meses, el grupo trabajó la mayoría del tiempo en parejas; uno de los apóstoles de Jesús salía con uno de los de Juan. El apóstol de Juan bautizaba, el apóstol de Jesús instruía, y los dos predicaban el evangelio del reino tal como ellos lo comprendían. Y conquistaron muchas almas entre estos gentiles y judíos apóstatas.
Abner, el jefe de los apóstoles de Juan, se convirtió en un fervoroso creyente en Jesús, y más tarde fue nombrado director de un grupo de setenta educadores, a quienes el Maestro encargó la predicación del evangelio.
8. EN EL CAMPAMENTO CERCA DE PELLA
A finales de diciembre, todos se trasladaron cerca del Jordán, en las proximidades de Pella, donde reanudaron la enseñanza y la predicación. Tanto los judíos como los gentiles acudían a este campamento para escuchar el evangelio. Una tarde, mientras Jesús enseñaba a la multitud, unos amigos íntimos de Juan trajeron al Maestro el último mensaje que recibiría del Bautista.
Juan llevaba ya un año y medio en la cárcel, y la mayor parte de este tiempo Jesús había trabajado de manera muy discreta; por eso no era de extrañar que Juan se sintiera inducido a preguntarse qué pasaba con el reino. Los amigos de Juan interrumpieron la enseñanza de Jesús para decirle: "Juan el Bautista nos ha enviado para preguntarte: ¿Eres realmente el Libertador, o tenemos que esperar a otro?"
Jesús hizo una pausa para decir a los amigos de Juan: "Volved y haced saber a Juan que no ha sido olvidado. Contadle lo que habéis visto y oído, que la buena nueva se predica a los pobres." Después de hablar un poco más con los mensajeros de Juan, Jesús se volvió de nuevo hacia la multitud y dijo: "No creais que Juan duda del evangelio del reino. Sólo hace averiguaciones para tranquilizar a sus discípulos, que son también mis discípulos. Juan no es débil. A vosotros que habéis escuchado predicar a Juan antes de que Herodes lo encarcelara, dejadme que os pregunte: ¿Qué habéis visto en Juan -a una caña sacudida por el viento? ¿A un hombre de humor cambiante, vestido con prendas suaves? Por regla general, los que están vestidos de manera suntuosa y viven exquisitamente están en las cortes de los reyes y en las mansiones de los ricos. Pero ¿qué habéis visto al contemplar a Juan? ¿A un profeta? Sí, os lo digo, y mucho más que un profeta. De Juan estaba escrito: `He aquí que envío a mi mensajero por delante de tu presencia; él preparará el camino delante de ti.'
"En verdad, en verdad os digo que de aquellos que han nacido de mujer no ha surgido ninguno más grande que Juan el Bautista; sin embargo, incluso el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él, porque ha nacido del espíritu y sabe que se ha convertido en un hijo de Dios."
Muchos de los que escucharon a Jesús aquel día se sometieron al bautismo de Juan, manifestando así públicamente su entrada en el reino. Desde aquel día en adelante, los apóstoles de Juan permanecieron firmemente unidos a Jesús. Este suceso marcó la verdadera unión de los seguidores de Juan y de Jesús.
Después de conversar con Abner, los mensajeros se marcharon hacia Macaerus para contar todo esto a Juan. Éste se sintió muy confortado, y su fe se fortaleció con las palabras de Jesús y el mensaje de Abner.
Aquella tarde, Jesús continuó su enseñanza, diciendo: "¿Con qué compararé a esta generación? Muchos de vosotros no recibiréis ni el mensaje de Juan ni mi enseñanza. Sois como los niños que juegan en la plaza del mercado, que llaman a sus compañeros para decirles: `Hemos tocado la flauta para vosotros y no habéis bailado; hemos gemido y no os habéis afligido.' Lo mismo sucede con algunos de vosotros. Juan ha venido, sin comer ni beber, y han dicho que tenía al demonio. El Hijo del Hombre viene, comiendo y bebiendo, y esas mismas personas dicen: `¡Observad, es un comilón y un bebedor de vino, un amigo de los publicanos y de los pecadores!' En verdad, la sabiduría es justificada por sus hijos.
"Parecería que el Padre que está en los cielos ha ocultado algunas de estas verdades a los sabios y a los arrogantes, mientras que las ha revelado a los niños. Pero el Padre hace bien todas las cosas; el Padre se revela al universo mediante los métodos de su propia elección. Venid pues, todos los que os afanáis y lleváis una carga pesada, y encontraréis descanso para vuestra alma. Haced vuestro el yugo divino, y experimentaréis la paz de Dios, que sobrepasa toda comprensión."
9. LA MUERTE DE JUAN EL BAUTISTA
Juan el Bautista fue ejecutado, por orden de Herodes Antipas, la noche del 10 de enero del año 28. Al día siguiente, algunos discípulos de Juan, que habían ido a Macaerus, oyeron hablar de su ejecución; se presentaron ante Herodes y solicitaron su cuerpo, que colocaron en un sepulcro, y lo enterraron más tarde en Sebaste, la patria de Abner. Al día siguiente, 12 de enero, partieron hacia el norte en dirección al campamento de los apóstoles de Juan y de Jesús, cerca de Pella, y contaron a Jesús la muerte de Juan. Cuando Jesús escuchó su informe, despidió a la multitud, convocó a los veinticuatro y les dijo: "Juan ha muerto. Herodes lo ha hecho decapitar. Esta noche, reuníos en consejo y arreglad vuestros asuntos convenientemente. Ya no habrá más dilaciones. Ha llegado la hora de proclamar el reino abiertamente y con poder. Mañana iremos a Galilea."
En consecuencia, el 13 de enero del año 28 por la mañana temprano, Jesús y los apóstoles, acompañados por unos veinticinco discípulos, se dirigieron a Cafarnaum y aquella noche se alojaron en la casa de Zebedeo.
CAPÍTULO 145
CUATRO DÍAS MEMORABLES EN CAFARNAUM
JESÚS y los apóstoles llegaron a Cafarnaum el martes 13 de enero al anochecer. Como de costumbre, establecieron su cuartel general en la casa de Zebedeo, en Betsaida. Ahora que Juan el Bautista había sido ejecutado, Jesús se preparó para lanzarse abiertamente a su primera gira de predicación pública en Galilea. La noticia del regreso de Jesús se difundió rápidamente por toda la ciudad, y a primeras horas del día siguiente, María, la madre de Jesús, salió apresuradamente hacia Nazaret para visitar a su hijo José.
Jesús pasó el miércoles, el jueves y el viernes en la casa de Zebedeo instruyendo a sus apóstoles como preparación para su primera gran gira de predicación pública. También recibió y enseñó, tanto individualmente como en grupo, a muchos investigadores serios. Por medio de Andrés, arregló las cosas para hablar en la sinagoga el sábado siguiente.
Al final de la tarde del viernes, Rut, la hermana menor de Jesús, le hizo una visita en secreto. Pasaron casi una hora juntos en una barca anclada a poca distancia de la costa. Ningún ser humano se enteró nunca de esta visita, salvo Juan Zebedeo, a quien se le recomendó que no se lo dijera a nadie. Rut era el único miembro de la familia de Jesús que creía, de manera firme y constante, en la divinidad de la misión terrestre de su hermano; y lo creyó desde su más temprana conciencia espiritual, pasando por todo el ministerio extraordinario de Jesús, su muerte, su resurrección y su ascensión. Finalmente, Rut pasó a los mundos del más allá sin haber dudado nunca del carácter sobrenatural de la misión en la carne de su hermano-padre. En lo que respecta a su familia terrestre, la pequeña Rut fue el principal consuelo de Jesús durante las penosas pruebas de su juicio, su rechazo y su crucifixión.
l. LA REDADA DE PECES
El viernes por la mañana de esta misma semana, cuando Jesús estaba enseñando al lado de la playa, la gente se apiñó junto a él tan cerca del borde del agua, que hizo señas a unos pescadores que estaban en una barca cercana para que vinieran a rescatarlo. Subió a la barca y continuó enseñando durante más de dos horas a la multitud reunida. Esta barca tenía el nombre de "Simón"; era la antigua embarcación de pesca de Simón Pedro y había sido construida por las mismas manos de Jesús. Aquella precisa mañana, la barca estaba siendo utilizada por David Zebedeo y dos socios, que acababan de volver a la costa después de una noche de pesca infructuosa en el lago. Estaban limpiando y reparando sus redes cuando Jesús les pidió que vinieran en su ayuda.
Después de que Jesús hubo terminado de enseñar a la gente, dijo a David: "Como os habéis retrasado por venir a ayudarme, permitidme ahora trabajar con vosotros. Vamos a pescar. Dirigíos hacia esa parte profunda y dejad caer vuestras redes para hacer una captura." Pero Simón, uno de los ayudantes de David, respondió: "Maestro, es inútil. Hemos faenado toda la noche y no hemos cogido nada; sin embargo, puesto que tú lo ordenas, vamos a salir y arrojaremos las redes." Simón consintió en seguir las instrucciones de Jesús porque David, su patrón, se lo indicó con un gesto. Cuando llegaron al lugar señalado por Jesús, lanzaron sus redes y reunieron tal cantidad de peces que tuvieron miedo de que se rompieran las redes; tanto fue así que hicieron señas a sus asociados de la costa para que vinieran a ayudarlos. Cuando llenaron totalmente las tres barcas de peces, casi hasta el punto de hundirse, el tal Simón se postró a los pies de Jesús, diciendo: "Apártate de mí, Maestro, porque soy un pecador." Simón y todos los implicados en este episodio se quedaron atónitos con esta redada de peces. A partir de aquel día, David Zebedeo, este Simón, y sus asociados abandonaron sus redes y siguieron a Jesús.
Pero ésta no fue en ningún sentido una pesca milagrosa. Jesús era un atento observador de la naturaleza; era un pescador experto y conocía las costumbres de los peces en el Mar de Galilea. En esta ocasión, se limitó a dirigir a estos hombres hacia el lugar donde los peces se encontraban a aquella hora del día. Pero los seguidores de Jesús siempre consideraron este suceso como un milagro.
2. LA TARDE EN LA SINAGOGA
El sábado siguiente, en los oficios de la tarde en la sinagoga, Jesús predicó su sermón sobre "La voluntad del Padre que está en los cielos". Por la mañana, Simón Pedro había predicado sobre "El reino". En la reunión del jueves por la noche en la sinagoga, Andrés había enseñado sobre el tema "El nuevo camino". En aquel momento concreto, la gente que creía en Jesús era más numerosa en Cafarnaum que en cualquier otra ciudad de la tierra.
Cuando Jesús enseñó en la sinagoga aquel sábado por la tarde, siguiendo la costumbre cogió su primer texto en la ley, y leyó en el Libro del Éxodo: "Servirás al Señor tu Dios, y él bendecirá tu pan y tu agua, y toda enfermedad será apartada de ti." El segundo texto lo escogió en los Profetas, leyendo en Isaías: "Levántate y resplandece, porque ha venido tu luz, y la gloria del Señor se ha levantado sobre ti. La oscuridad puede cubrir la tierra y las profundas tinieblas envolver a la gente, pero el espíritu del Señor se levantará sobre ti y verán que la gloria divina te acompaña. Incluso los gentiles vendrán hacia esta luz, y muchos grandes pensadores se rendirán ante su resplandor."
Este sermón fue un esfuerzo por parte de Jesús para exponer claramente el hecho de que la religión es una experiencia personal. Entre otras cosas, el Maestro dijo:
"Sabéis bien que, aunque un padre de buen corazón ama a su familia como un todo, los considera así como grupo a causa de su sólido afecto por cada uno de los miembros de esa familia. Hay que dejar de acercarse al Padre que está en los cielos como un hijo de Israel, y hacerlo como un hijo de Dios. Como grupo, sois en efecto los hijos de Israel, pero como individuos, cada uno de vosotros es un hijo de Dios. He venido, no para revelar el Padre a los hijos de Israel, sino más bien para traer al creyente individual este conocimiento de Dios y la revelación de su amor y de su misericordia, como una experiencia personal auténtica. Todos los profetas os han enseñado que Yahvé cuida a su pueblo, que Dios ama a Israel. Pero yo he venido en medio de vosotros para proclamar una verdad más grande, una verdad que muchos de los últimos profetas también captaron, la verdad de que Dios os ama -a cada uno de vosotros- como individuos. Durante todas estas generaciones, habéis tenido una religión nacional o racial; yo he venido ahora para daros una religión personal.
"Pero incluso esto no es una idea nueva. Muchos de los que tenéis inclinaciones espirituales habéis conocido esta verdad, puesto que algunos profetas así os lo han enseñado. ¿No habéis leído en las Escrituras lo que dice el profeta Jeremías?: `En aquellos días ya no volverán a decir: los padres han comido uvas verdes y son los hijos los que tienen la dentera. Cada cual morirá por su propia iniquidad; todo hombre que coma uvas verdes tendrá dentera. Mirad, se acercan los días en que haré un nuevo pacto con mi pueblo, no según el pacto que hice con sus padres cuando los sacé de la tierra de Egipto, sino según el nuevo camino. Incluso escribiré mi ley en sus corazones. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Cuando llegue ese día, los hombres ya no dirán a sus vecinos: ¿conoces al Señor? ¡No! Porque todos me conocerán personalmente, desde el más humilde hasta el más grande.'
"¿No habéis leído estas promesas? ¿No creéis en las Escrituras? ¿No comprendéis que las palabras del profeta se están cumpliendo en lo que contempláis hoy mismo? ¿No os ha exhortado Jeremías a que hagáis de la religión un asunto del corazón, a que os relacionéis con Dios como individuos? ¿No os ha dicho el profeta que el Dios de los cielos analizaría el corazón de cada cual? ¿Y no se os ha advertido que el corazón humano es, por naturaleza, más engañoso que nada, y con mucha frecuencia desesperadamente perverso?
"¿No habéis leído también el pasaje donde Ezequiel enseñó a vuestros padres que la religión debe convertirse en una realidad en vuestra experiencia individual? Ya no utilizaréis el proverbio que dice: `Los padres han comido uvas verdes y son los hijos los que tienen la dentera.' `Tan cierto como que estoy vivo', dice el Señor Dios, `he aquí que todas las almas me pertenecen; tanto el alma del padre como el alma del hijo. Sólo el alma que peque morirá'. Y luego, Ezequiel predijo incluso el día de hoy cuando habló en nombre de Dios, diciendo: `Os daré también un nuevo corazón, y pondré dentro de vosotros un espíritu nuevo.'
"Debéis dejar de temer que Dios castiga a una nación por el pecado de un individuo. El Padre que está en los cielos tampoco castigará a uno de sus hijos creyentes por los pecados de una nación, aunque un miembro particular de una familia pueda sufrir a menudo las consecuencias materiales de los errores familiares y de las transgresiones colectivas. ¿No os dais cuenta de que la esperanza de tener una nación mejor -o un mundo mejor- está ligada al progreso y a la iluminación del individuo?"
Luego el Maestro describió que, una vez que los hombres disciernen esta libertad espiritual, el Padre que está en los cielos quiere que sus hijos de la tierra empiecen la ascensión eterna de la carrera hacia el Paraíso, que consiste en una respuesta consciente de la criatura al impulso divino del espíritu interior por encontrar al Creador, conocer a Dios y tratar de volverse semejante a él.
Este sermón fue de una gran ayuda para los apóstoles. Todos comprendieron mucho mejor que el evangelio del reino es un mensaje destinado al individuo, y no a la nación.
Aunque los habitantes de Cafarnaum estaban familiarizados con las enseñanzas de Jesús, se quedaron asombrados con su sermón de este sábado. Enseñó, en verdad, como alguien que tiene autoridad, y no como los escribas.
En el preciso momento en que Jesús terminaba de hablar, un joven de la asamblea que se había perturbado mucho con sus palabras, cayó víctima de un violento ataque epiléptico, acompañado de grandes gritos. Al final de la crisis, cuando estaba recobrando la conciencia, habló en un estado de ensueño, diciendo: "¿Qué vamos a hacer contigo, Jesús de Nazaret? Eres el santo de Dios; ¿has venido para destruirnos?" Jesús pidió a la gente que permaneciera tranquila, cogió al joven por la mano, y le dijo: "Sal de ese estado"; y se despertó inmediatamente.
Este joven no estaba poseído por un espíritu impuro o un demonio; era víctima de una epilepsia corriente. Pero le habían enseñado que su afección se debía a que estaba poseído por un espíritu maligno. Creía en lo que le habían dicho y se comportaba de acuerdo con ello en todo lo que pensaba o decía sobre su enfermedad. Toda la gente creía que estos fenómenos estaban causados directamente por la presencia de los espíritus impuros. En consecuencia, creyeron que Jesús había echado un demonio de este hombre. Pero Jesús no lo curó de su epilepsia en aquel momento. Este joven no se curó realmente hasta más tarde, aquel mismo día, después de la puesta del sol. Mucho después del día de Pentecostés, el apóstol Juan, que fue el último que escribió sobre las actividades de Jesús, evitó toda referencia a estas pretendidas "expulsiones de demonios", y lo hizo así debido al hecho de que estos casos de posesión demoníaca no volvieron a producirse después de Pentecostés.
Como resultado de este vulgar incidente, por todo Cafarnaum se divulgó rápidamente la noticia de que Jesús había echado un demonio de un hombre, y que lo había curado milagrosamente en la sinagoga al final de su sermón de la tarde. El sábado era el momento propicio para que este rumor sorprendente se propagara de manera rápida y eficaz. Esta noticia llegó también a todas las poblaciones más pequeñas que rodeaban a Cafarnaum, y mucha gente se la creyó.
La esposa y la suegra de Simón Pedro hacían la mayor parte de la cocina y del trabajo doméstico en la gran casa de Zebedeo, donde Jesús y los doce habían establecido su cuartel general. La casa de Pedro estaba cerca de la de Zebedeo. Jesús y sus amigos se detuvieron allí al regresar de la sinagoga, porque la madre de la esposa de Pedro llevaba varios días enferma con fiebre y escalofríos. Sucedió por casualidad que la fiebre se le quitó mientras Jesús estaba de pie al lado de la enferma, sosteniendo su mano, acariciándole la frente y diciéndole palabras de consuelo y de aliento. Jesús aún no había tenido tiempo de explicar a sus apóstoles que no se había producido ningún milagro en la sinagoga; con este incidente tan fresco y vívido en su memoria, y al recordar el agua y el vino de Caná, tomaron esta coincidencia como otro milagro, y algunos de ellos salieron precipitadamente para difundir la noticia por toda la ciudad.
Amata, la suegra de Pedro, padecía de paludismo. En aquel momento no fue curada milagrosamente por Jesús. Su curación no se realizó hasta varias horas más tarde, después de la puesta del sol, en conexión con el extraordinario acontecimiento que se produjo en el patio delantero de la casa de Zebedeo.
Estos casos son típicos de la manera en que una generación en busca de prodigios, y un pueblo propenso a ver milagros, se aferraban indefectiblemente a todas estas coincidencias como pretexto para proclamar que Jesús había efectuado otro milagro.
3. LA CURACIÓN A LA PUESTA DEL SOL
En el momento en que Jesús y sus apóstoles se disponían a compartir su cena, casi al final de este sábado memorable, todo Cafarnaum y sus alrededores estaban alborotados a causa de estas pretendidas curaciones milagrosas; y todos los que estaban enfermos o afligidos empezaron a prepararse para ir a ver a Jesús, o para que sus amigos los transportaran hasta allí, en cuanto se pusiera el sol. Según las enseñanzas judías, ni siquiera estaba permitido buscar la salud durante las horas sagradas del sábado.
Así pues, tan pronto como el sol desapareció por el horizonte, decenas de hombres, mujeres y niños afligidos empezaron a dirigirse hacia la casa de Zebedeo en Betsaida. Un hombre salió con su hija paralítica en cuanto el sol se ocultó por detrás de la casa de su vecino.
Los acontecimientos de todo este día habían preparado el escenario para este espectáculo extraordinario a la puesta del sol. Incluso el texto que Jesús había utilizado en su sermón de la tarde daba a entender que la enfermedad debía ser desterrada; ¡y había hablado con un poder y una autoridad sin precedentes! ¡Su mensaje era tan apremiante! Aunque no había apelado a la autoridad humana, había hablado directamente a la conciencia y al alma de los hombres. Aun cuando no había recurrido a la lógica, a las argucias legales o a las aserciones ingeniosas, había efectuado un poderoso llamamiento directo, claro y personal al corazón de sus oyentes.
Este sábado fue un gran día en la vida terrestre de Jesús, y en la vida de un universo. Para todo el universo local, la pequeña ciudad judía de Cafarnaum fue, en todos los sentidos, la verdadera capital de Nebadón. El puñado de judíos de la sinagoga de Cafarnaum no eran los únicos seres que escucharon esta importante declaración con la que Jesús concluyó su sermón: "El odio es la sombra del miedo, y la venganza, la máscara de la cobardía." Sus oyentes tampoco podrían olvidar sus palabras benditas, cuando declaró: "El hombre es el hijo de Dios, y no un hijo del diablo."
Poco después de la puesta del sol, mientras Jesús y los apóstoles permanecían todavía alrededor de la mesa de la cena, la esposa de Pedro escuchó voces en el patio delantero y, al acercarse a la puerta, vio que se estaba congregando un gran número de enfermos, y que el camino de Cafarnaum estaba atestado de gente que venía a buscar la curación de manos de Jesús. Al contemplar este espectáculo, fue inmediatamente a informar a su marido, el cual se lo dijo a Jesús.
Cuando el Maestro salió a la entrada principal de la casa de Zebedeo, sus ojos se encontraron con una masa humana aquejada y afligida. Contempló a casi mil seres humanos enfermos y doloridos; al menos éste era el número de personas reunidas delante de él. Pero no todos los presentes estaban afligidos; algunos habían venido para ayudar a sus seres queridos en este esfuerzo por conseguir la curación.
El espectáculo de estos mortales afligidos, hombres, mujeres y niños, que sufrían en gran parte a consecuencia de las equivocaciones y transgresiones de sus propios Hijos a quienes había confiado la administración del universo, conmovió particularmente el corazón humano de Jesús y puso a prueba la misericordia divina de este benévolo Hijo Creador. Pero Jesús sabía bien que nunca podría construir un movimiento espiritual duradero sobre la base de unos prodigios puramente materiales. Había seguido la conducta permanente de abstenerse de exhibir sus prerrogativas de creador. Lo sobrenatural o lo milagroso no habían acompañado a su enseñanza desde el episodio de Caná; sin embargo, esta multitud afligida conmovió su corazón compasivo y apeló poderosamente a su afecto comprensivo.
Una voz procedente del patio delantero exclamó: "Maestro, pronuncia la palabra, devuélvenos la salud, cura nuestras enfermedades y salva nuestras almas." Apenas se habían pronunciado estas palabras cuando una inmensa comitiva de serafines, controladores físicos, Portadores de Vida y medianos, que siempre acompañaban a este Creador encarnado de un universo, se prepararon para actuar con poder creativo si su Soberano daba la señal. Éste fue uno de esos momentos, en la carrera terrestre de Jesús, en los que la sabiduría divina y la compasión humana estaban tan entrelazadas en el juicio del Hijo del Hombre, que buscó refugio recurriendo a la voluntad de su Padre.
Cuando Pedro imploró al Maestro que atendiera aquellas peticiones de ayuda, Jesús paseó su mirada sobre la muchedumbre de afligidos, y contestó: "He venido al mundo para revelar al Padre y establecer su reino. He vivido mi vida hasta este momento con esa finalidad. Por lo tanto, si fuera la voluntad de Aquel que me ha enviado, y si no es incompatible con mi dedicación a proclamar el evangelio del reino de los cielos, desearía que mis hijos se curaran... y..." pero las demás palabras de Jesús se perdieron en el alboroto.
Jesús había transferido la responsabilidad de esta decisión curativa a la autoridad de su Padre. Es evidente que la voluntad del Padre no interpuso ninguna objeción, pues apenas había pronunciado el Maestro estas palabras, el conjunto de personalidades celestiales que servían bajo las órdenes del Ajustador del Pensamiento Personalizado de Jesús se puso poderosamente en movimiento. La enorme comitiva descendió en medio de aquella multitud abigarrada de mortales afligidos, y en unos instantes, 683 hombres, mujeres y niños recuperaron la salud, fueron perfectamente curados de todas sus enfermedades físicas y de otros desórdenes materiales. Una escena semejante no se había visto nunca en la tierra antes de aquel día, ni tampoco después. Para aquellos de nosotros que estaban presentes y contemplaron esta oleada creativa de curaciones, fue en verdad un espectáculo conmovedor.
Pero de todos los seres que se quedaron asombrados con esta explosión repentina e inesperada de curación sobrenatural, Jesús era el más sorprendido. En el instante en que su interés y su compasión humanos estaban centrados en la escena de sufrimiento y aflicción desplegada allí ante sus ojos, olvidó tener en cuenta en su mente humana las advertencias exhortatorias de su Ajustador Personalizado; éste le había advertido que, bajo ciertas condiciones y en ciertas circunstancias, era imposible limitar el elemento tiempo en las prerrogativas creadoras de un Hijo Creador. Jesús deseaba que estos mortales que sufrían se curaran, si no se infringía con ello la voluntad de su Padre. El Ajustador Personalizado de Jesús decidió instantáneamente que un acto así de energía creativa no transgrediría en aquel momento la voluntad del Padre del Paraíso; con esta decisión -y teniendo en cuenta que Jesús había expresado previamente el deseo curativo- el acto creativo existió. Aquello que un Hijo Creador desea y su Padre lo quiere, EXISTE. Una curación física y masiva de mortales como ésta no volvió a producirse en toda la vida posterior de Jesús en la tierra.
Como era de esperar, la noticia de esta curación a la puesta del sol, en Betsaida de Cafarnaum, se difundió por toda Galilea y Judea, y por regiones más lejanas. Los temores de Herodes se despertaron una vez más; envió a unos observadores para que le informaran sobre la obra y las enseñanzas de Jesús, y para que averiguaran si se trataba del antiguo carpintero de Nazaret o de Juan el Bautista resucitado de entre los muertos.
Durante el resto de su carrera terrestre, y a causa principalmente de esta demostración involuntaria de curación física, Jesús se convirtió en lo sucesivo tanto en un médico como en un predicador. Es cierto que continuó enseñando, pero su trabajo personal consistía sobre todo en ayudar a los enfermos y a los afligidos, mientras que sus apóstoles se ocupaban de predicar en público y de bautizar a los creyentes.
Pero la mayoría de los que recibieron la curación física sobrenatural, o creativa, durante esta demostración de energía divina después de ponerse el sol, no obtuvieron un beneficio espiritual permanente de esta extraordinaria manifestación de misericordia. Unos pocos fueron edificados realmente gracias a este ministerio físico, pero esta asombrosa erupción de curación creativa, independiente del tiempo, no hizo avanzar el reino espiritual en el corazón de los hombres.
Las curaciones milagrosas que acompañaron de vez en cuando la misión de Jesús en la tierra no formaban parte de su plan para proclamar el reino. Fueron accidentalmente inherentes a la presencia en la tierra de un ser divino con unas prerrogativas creadoras casi ilimitadas, en asociación con una combinación sin precedentes de misericordia divina y de compasión humana. Pero estos pretendidos milagros dieron muchos problemas a Jesús, en el sentido de que le proporcionaron una publicidad que ocasionaba prejuicios y le aportaron una notoriedad que no deseaba.
4. LA NOCHE SIGUIENTE
Durante toda la noche que siguió a esta gran explosión de curaciones, la multitud alegre y feliz invadió la casa de Zebedeo, y el entusiasmo emotivo de los apóstoles de Jesús alcanzó los niveles más altos. Desde el punto de vista humano, éste fue probablemente el día más grande de todos los días inolvidables de su asociación con Jesús. En ningún momento anterior ni posterior se elevaron sus esperanzas hasta tales alturas de expectativa confiada. Sólo unos días antes, cuando aún se encontraban en el interior de las fronteras de Samaria, Jesús les había dicho que había llegado la hora en que el reino debía ser proclamado con poderío, y ahora sus ojos habían contemplado lo que suponían que era la realización de esta promesa. Estaban emocionados con la idea de lo que vendría después, si esta asombrosa manifestación de poder curativo no era más que el principio. Habían desterrado sus dudas prolongadas sobre la divinidad de Jesús. Estaban literalmente embriagados con el éxtasis de su aturdido encantamiento.
Pero cuando buscaron a Jesús, no pudieron encontrarlo. El Maestro estaba muy perturbado por lo que había sucedido. Estos hombres, mujeres y niños que habían sido curados de diversas enfermedades se quedaron hasta horas avanzadas de la noche, esperando que Jesús regresara para poder expresarle su gratitud. A medida que pasaban las horas y el Maestro permanecía recluído, los apóstoles no podían comprender su conducta; su alegría hubiera sido completa y perfecta si no hubiera sido por esta ausencia continuada. Cuando Jesús regresó entre ellos, ya era tarde, y prácticamente todos los beneficiarios del episodio curativo se habían ido a sus casas. Jesús rehusó las felicitaciones y la adoración de los doce y de los demás que se habían quedado para saludarlo, limitándose a decir: "No os regocijéis porque mi Padre tenga el poder de curar el cuerpo, sino más bien porque tiene la fuerza de salvar el alma. Vamos a descansar, pues mañana tenemos que ocuparnos de los asuntos del Padre."
Una vez más, doce hombres decepcionados, perplejos y con el corazón entristecido se fueron a descansar; pocos de ellos, exceptuando a los gemelos, durmieron mucho aquella noche. Tan pronto como el Maestro hacía algo que alegraba el alma y regocijaba el corazón de sus apóstoles, parecía que inmediatamente hacía añicos sus esperanzas y demolía completamente los fundamentos de su coraje y entusiasmo. Cuando estos pescadores desconcertados se miraban entre sí a los ojos, sólo tenían un pensamiento: "No podemos comprenderlo. ¿Qué significa todo esto?"
5. EL DOMINGO POR LA MAÑANA TEMPRANO
Jesús tampoco durmió mucho aquel sábado por la noche. Se dió cuenta de que el mundo estaba lleno de sufrimiento físico y repleto de dificultades materiales. Meditaba sobre el grave peligro de verse obligado a consagrar tal cantidad de su tiempo al cuidado de los enfermos y afligidos, que su misión de establecer el reino espiritual en el corazón de los hombres se vería obstaculizada por el ministerio de las cosas físicas, o al menos subordinada a dicho ministerio. Debido a que estos pensamientos y otros similares ocuparon la mente mortal de Jesús durante la noche, aquel domingo por la mañana se levantó mucho antes del amanecer y se fue solo a uno de sus lugares favoritos para comulgar con el Padre. En esta mañana temprano, Jesús escogió como tema de oración la sabiduría y el juicio para impedir que su compasión humana, unida a su misericordia divina, se sintieran tan influenciadas en presencia del sufrimiento humano, que todo su tiempo estuviera ocupado con el ministerio físico, descuidando el ministerio espiritual. Aunque no deseaba evitar por completo ayudar a los enfermos, sabía que también tenía que hacer un trabajo más importante, el de la enseñanza espiritual y la educación religiosa.
Jesús salía tan a menudo a orar en las colinas porque no había habitaciones privadas donde poder llevar a cabo sus devociones personales.
Pedro no pudo dormir aquella noche; por eso, poco después de que Jesús se hubiera ido a orar, despertó muy temprano a Santiago y a Juan, y los tres salieron para encontrar a su Maestro. Después de buscarlo durante más de una hora, descubrieron a Jesús y le suplicaron que les contara la razón de su extraña conducta. Deseaban saber por qué parecía estar disgustado por la poderosa efusión del espíritu de curación, cuando toda la gente estaba encantada y sus apóstoles tan llenos de alegría.
Durante más de cuatro horas, Jesús se esforzó por explicar a estos tres apóstoles lo que había sucedido. Les enseñó lo que había acontecido y les explicó los peligros de este tipo de manifestaciones. Jesús les confió el motivo por el que había salido a orar. Intentó indicar claramente a sus asociados personales las verdaderas razones por las cuales el reino del Padre no se podía construir sobre la realización de prodigios y las curaciones físicas. Pero no podían comprender su enseñanza.
Mientras tanto, el domingo por la mañana temprano, otra multitud de almas afligidas y muchos curiosos empezaron a congregarse alrededor de la casa de Zebedeo. Gritaban que querían ver a Jesús. Andrés y los apóstoles estaban tan perplejos que, mientras Simón Celotes hablaba a la asamblea, Andrés salió a buscar a Jesús con algunos de sus compañeros. Cuando hubo localizado a Jesús en compañía de los tres, Andrés dijo: "Maestro, ¿por qué nos dejas solos con la multitud? Mira, todo el mundo te busca; nunca han buscado antes tantas personas tu enseñanza. En este mismo momento, la casa está rodeada de gente que ha venido de cerca y de lejos a causa de tus obras poderosas. ¿No vas a volver con nosotros para aportarles tu ministerio?"
Cuando Jesús escuchó esto, contestó: "Andrés, ¿no te he enseñado a ti y a los demás que mi misión en la tierra es revelar al Padre, y que mi mensaje es proclamar el reino de los cielos? ¿Entonces cómo puede ser que quieras que me desvíe de mi trabajo para contentar a los curiosos y satisfacer a los que buscan signos y prodigios? ¿No hemos estado entre esa gente todos estos meses? ¿Y se han congregado en multitudes para escuchar la buena nueva del reino? ¿Por qué vienen ahora a acosarnos? ¿No es para buscar la curación de su cuerpo físico, en vez de venir porque han recibido la verdad espiritual para la salvación de su alma? Cuando los hombres se sienten atraídos hacia nosotros a causa de las manifestaciones extraordinarias, muchos no vienen buscando la verdad y la salvación sino más bien la curación de sus dolencias físicas, y para conseguir la liberación de sus dificultades materiales.
"Todo este tiempo he estado en Cafarnaum, y tanto en la sinagoga como al lado del mar, he proclamado la buena nueva del reino a todos los que tenían oídos para oir y un corazón para recibir la verdad. No es voluntad de mi Padre que vuelva con vosotros para entretener a esos curiosos y dedicarme al ministerio de las cosas materiales, con exclusión de las espirituales. Os he ordenado para que prediquéis el evangelio y ayudéis a los enfermos, pero no debo dejarme absorber por las curaciones, dejando de lado mi enseñanza. No, Andrés, no voy a volver con vosotros. Id y decidle a la gente que crean en lo que les hemos enseñado, y que se regocijen en la libertad de los hijos de Dios. Y preparaos para nuestra partida hacia las otras ciudades de Galilea, donde el camino ya ha sido preparado para la predicación de la buena nueva del reino. Ésta es la finalidad para la que he venido desde donde se encuentra el Padre. Así pues, id y preparad nuestra partida inmediata, mientras espero aquí vuestro regreso."
Cuando Jesús hubo hablado, Andrés y sus compañeros apóstoles emprendieron tristemente el camino de vuelta a la casa de Zebedeo, despidieron a la multitud reunida y se prepararon rápidamente para el viaje, como Jesús les había ordenado. Así pues, el domingo por la tarde 18 de enero del año 28, Jesús y los apóstoles empezaron su primera gira de predicación realmente pública y manifiesta en las ciudades de Galilea. Durante este primer periplo, predicaron el evangelio del reino en muchas ciudades, pero no visitaron Nazaret.
Aquel domingo por la tarde, poco después de que Jesús y sus apóstoles hubieran salido para Rimón, sus hermanos Santiago y Judá se presentaron en la casa de Zebedeo para verlo. Hacia el mediodía de aquel día, Judá había buscado por todas partes a su hermano Santiago y le había insistido para que fueran a ver a Jesús. Pero cuando Santiago consintió por fin en acompañar a Judá, Jesús ya se había marchado.
Los apóstoles eran reacios a abandonar el gran interés que se había despertado en Cafarnaum. Pedro calculó que no menos de mil creyentes podían haber sido bautizados en el reino. Jesús los escuchó con paciencia, pero no consintió en volver. Durante un rato prevaleció el silencio, y luego Tomás se dirigió a sus compañeros apóstoles diciendo: "¡Vamos! El Maestro ha hablado. No importa que no podamos comprender plenamente los misterios del reino de los cielos, pues de una cosa estamos seguros: Seguimos a un instructor que no busca ninguna gloria para sí mismo." Y, a regañadientes, salieron a predicar la buena nueva en las ciudades de Galilea.